Omar

18 Mar

Continúa el octavo especial de cine asiático de Ultramundo. Después de Un toque de violencia, llega Omar una nueva incursión en los conflictos que desgarran al mundo, si bien dibujado en escala de grises y un acertado sentido de la humanidad. Aquí el original, pertinentemente decorado con fotografías y la esmerada maquetación de los responsables de la web.

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“Lo que está sucediendo en Gaza es el horror. Ojalá que haya compasión en los corazones de los que matan y desaparezca este veneno asesino que solo crea más odio y violencia. Que aquellos israelíes y palestinos que solo sueñan con paz y convivencia puedan un día compartir su solución.”

Javier Bardem

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Omar

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Omar

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Año: 2013.

Director: Hany Abu-Assad.

Reparto: Adam BakriLeem LubanyWaleed Zuaiter, Samer BisharatIyad Hourani.

Tráiler

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            Uno de los mayores temores que atenazaban el ánimo de Said, protagonista de Paradise Now y mártir en ciernes en pro de la causa por la liberación de Palestina, era el del estigma de la colaboración forzosa con el enemigo israelí. Desde su punto de vista, la colaboración significaba el punto más cruel de la dominación sionista sobre el pueblo palestino, puesto que, haciendo palanca en las debilidades de éste, corrompía por completo su dignidad hasta reducirlo a un guiñapo en sus manos, despojado del último bastión de orgullo que todavía conservaba en esa cárcel a cielo abierto del campo de refugiados: su identidad nacional, su identidad personal. De este modo, Said, que había heredado la deshonra de su padre, colaboracionista con el estado hebreo, experimentaba en el filme un tour de force arraigado en el absurdo más recalcitrante y a través del cual llegaba a la conclusión incontestable de que su inmolación en Tel Aviv, medida de represalia proyectada por la resistencia para vengar a los muertos sufridos durante un ataque aéreo, era la única salida adecuada para limpiar su nombre y el de su malhadado progenitor.

            Después de salir escarmentado de Hollywood merced a The Courier, el cineasta palestino Hany Abu-Assad decidía retornar a su patria y a su zona de confort cinematográfico con Omar. Curiosamente, no sería descabellado leer esta aventura americana de Abu-Assad como una demostración práctica de la idea de colaboracionismo descrita por su personaje Said, puesto que el precio de contar con los medios, la promoción y la parafernalia de Hollywood, empleados en una película de acción de lo más convencional, se saldaba con la venta de su espíritu artístico, la posesión más valiosa de todo creador. Omar presenta un nuevo capítulo de esta eterna e insaciable espiral de sangre y venganza que entrelaza en el Próximo Oriente a esos enemigos íntimos que son Israel y Palestina, siempre divididos por barreras físicas –el control de frontera que abría Paradise Now, el muro de la vergüenza en Cisjordania que hace lo propio en la presente- y barreras culturales; cicatrices que desgajan el rostro de un territorio compartido y disputado.

El propio Abu-Assad asegura haber escrito la estructura primordial del argumento en una sola noche y el guion entero en cuatro días, lo que expone a las claras su retorno a espacios más proclives a sus inquietudes y conocimientos. Y es que el tema de la colaboración y de la traición hacia uno mismo y los suyos es el eje central alrededor del cual orbita el relato de un joven, el Omar del título (Adam Bakri), que se encuentra atrapado entre el chantaje psicológico y emocional al que le someten los servicios secretos de Israel –dueños de su libertad tras capturarlo y acusarlo de participar en el asesinato de un soldado-, la lealtad que le debe a sus amigos de toda la vida y compañeros de lucha, y su amor incontenible por Nadia (Leem Lubany), la hermana de uno de ellos, erigido en líder de los operativos de insurgencia.

Por tanto, Omar se inscribe en ese realista contexto cisjordano contemporáneo descrito en una amplia escala de grises en el que se enclavaba su aplaudida Paradise Now –recibiría una nominación al Óscar a mejor película de habla no inglesa, que repetirá con ésta– y, en general, su filmografía anterior a ella. Un microcosmos donde el combate del Otro se ha transformado sin remedio en una forma de vida inscrita en un paisaje de ruinas, vallas, armas y desolación, tan corriente en la existencia diaria de sus habitantes como trabajar en la panadería, ligotear con las chicas o ir a la cafetería a bromear con los compadres. Así, los temidos terroristas palestinos que participan en un mísero y lejano tiroteo nocturno con las tropas de ocupación en la franja, no son más que tres de estos chavales cuyo parco futuro se ensambla, de una u otra manera, con el interminable devenir de la guerra contra Israel, sea como combatiente, sea como colaborador, sea como víctima, sea como prisionero tácito tras ese muro que constituye más una construcción ofensiva que defensiva.

En consecuencia, Abu-Assad retrata a los protagonistas como son, en el fondo identificables en muchos de sus intereses y aficiones con cualquier otro joven de su edad, como ya lo eran los Said y Khader de Paradise Now. Con sabiduría narrativa, el director y guionista aplica en esta tarea uno de los principios fundamentales que, de acuerdo con la antropología, sirven para definir al ser humano: el humor, por desgracia materia existencial frecuentemente obviada en aras de una crudeza mal entendida -no está de más recordar, por ejemplo, la vitalidad y la frescura que el humor, combinado también con el ineludible deseo sexual del hombre, era capaz de otorgarle al retrato de una tragedia personal como la del parapléjico Jean-Dominique Bauby de La escafandra y la mariposa-. Los personajes y las situaciones de Omar respiran naturalidad y humanidad gracias a las intromisiones de una comicidad que no respeta ni ideales ni épicas ni romanticismo ni mitología. Empero, Abu-Assad tampoco apurará su causticidad al nivel que lo hacía en su propósito de desnudar el estrepitoso ridículo que gobernaba los dos primeros tercios de Paradise Now o el que, por otro lado, exhibía la cinta palestina Intervención divina, la reciente producción francesa Un cerdo en Gaza e, incluso, ya ambientada en la distante Europa y centrada en el yihadismo islamista, la sanguinaria y pertinente cinta británica Four Lions y la despiadada israelí Big Bad Wolves, plasmación alegórica de unas disposiciones culturales y coyunturales comunes a la nación de David y proclives a la paranoia y la violencia.

En otro orden de cosas, intuyo que para lograr una adhesión y empatía más estrecha por parte del espectador occidental, Abu-Assad no desdeña recurrir asimismo a una herramienta clásica de Hollywood, como es la de la belleza de los actores. El cineasta suele realizar una selección del reparto muy concreta, además de dotar a los protagonistas de una estética y un vestuario perfectamente agradable y admisible para el ojo extranjero. Aquí, los agraciados Adam Bakri y Leem Lubany, debutantes en el largometraje, son los encargados de encarnar el romance melodramático que vertebra en buena medida el suspense dramático del filme, el cual, no obstante, al igual que la vertiente de intriga político-militar, adoptará giros un tanto forzados en su desarrollo –ese generosísimo sacrificio sentimental digno del Hollywood más artificial y empalagoso-, aunque sin menoscabar del todo el potencial conmovedor y la credibilidad del conjunto de la obra.

            En definitiva, Omar devuelve la mirada a un pueblo que es la víctima propiciatoria de estas dos facciones que representan sendas ideas antagónicas y enfrentadas por una misma parcela de tierra a orillas del Mediterráneo. Sin complacencia hacia ninguna de ellas, la película ahonda en el desengaño de un joven quien, zarandeado por uno y otro bando –no en idéntica proporción, ojo-, decide medir su lucha exclusivamente en amor, en cierto modo como ya reproducía el autor en la precedente Rana’s Wedding, inédita en España. “Pagaré el precio para casarme con Nadia”, escupirá Omar como toda respuesta a la engolada perorata patriótica de su amigo Tarek acerca de la cuota personal que implica la causa. Si bien el libreto no esquiva sus propias responsabilidades –al fin y al cabo, su participación en el homicidio de un soldado es decisiva y será esta acción la que encienda la mecha de su viacrucis posterior-, el drama de Omar es, sin embargo, la expresión absoluta de la guerra psicológica que lleva a cabo el enemigo invasor para destruir la integridad íntima del palestino. Como decíamos, su misión, explica el filme, consiste en destruir los lazos sentimentales, las convicciones políticas y hasta la autoestima de los sometidos a fuerza de sembrar en ellos la duda y la sospecha, dentro de un proceso exacerbado además por la agresividad monomaníaca de las milicias locales, alejadas por su parte, en su furia vengadora, de toda realidad y sensatez. Así, Omar describe la disolución sistemática de los vínculos amistosos y románticos de su protagonista, ahogado en una maraña de delaciones, equívocos, engaños, artimañas, sugestiones y mentiras que trastocan ese escenario bipolar –los vecinos y niños que ayudan a escapar de la policía; la soberbia de los militares al otro lado del muro y la tortura de la prisión militar israelí que simboliza los ilegítimos mecanismos jurídicos de coerción en los que se parapeta el Estado de Israel en su acción imperialista-, hasta transformarlo en un mar de confusos y espurios intereses donde cada cual parece o finge hacer la guerra por su lado. No es casual que, de la misma manera que los Said y Khaled de Paradise Now adoptaban la imagen de los colonos para perpetrar su atentado, aquí el agente israelí del servicio secreto se mimetice al detalle, física y lingüísticamente, con los árabes a los que persigue.

            Siguiendo esta concepción pesimista, el clímax conceptual de Omar se da la mano con 1984 de George Orwell, dado que su conflicto culminante radicará precisamente allí donde triunfaba el leviatánico Gran Hermano imaginado por el escritor inglés, que no es otro que la vejación y muerte de la última certeza y de la última esperanza: la que se refiere a la fidelidad inquebrantable del amor. La doble encrucijada a donde se arroja a los amantes, supuesto colaborador él y supuesta adúltera ella, ambos igualados en su traición, consuma el descenso a los infiernos del infame conflicto árabe-israelí. “Bajo el nogal de las ramas extendidas, yo te vendí y tú me vendiste”, que recitaba la voz de la telepantalla para los derrotados oídos de Winston Smith.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

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