El caballo de hierro

15 Mar

“Las películas deberían hacerse con la misma inocencia con la que Adán y Eva dieron nombre a los animales del Edén. Aprende de tu percepción interior de las cosas como si jamás hubiera existido un Griffith, o un Eisenstein, o un Ford, o un Renoir, o cualquiera.”

Orson Welles

.

.

El caballo de hierro

.

El caballo de hierro

.

Año: 1924.

Director: John Ford.

Reparto: George O’Brien, Madge Bellamy, Fred Kohler, J. Farrell MacDonald, Francis Powers, James Welch, Will Walling, Cyril Chadwick, James A. Marcus, Gladys Hulette, John B. O’Brien, Colin Chase, Charles Edward Bull.

Filme

           La filmografía de John Ford sirve para delimitar las edades del western, género en el que sentó cátedra e impartió maestría. El caballo de hierro es uno de esos eufóricos enaltecimientos de la conquista que predominaban en la primera etapa del cine del Oeste, más tarde matizados en su optimismo por películas escépticas como Tres hombres malos hasta promover su definitiva madurez como arte mayor en La diligencia, si bien para atravesar luego el primer umbral de su desencanto melancólico con Pasión de los fuertes; arrojar una revisión turbulenta, malencarada y desmitificadora en cintas como Centauros del desierto, y finalmente firmar su propio acta de defunción en El hombre que mató a Liberty Valance.

           El caballo de hierro, western de conquista decíamos, concatena los ideales propagandísticos de la nación norteamericana, como son la legítima pertenencia del país a los soñadores que vencen a la adversidad gracias a la fuerza de su espíritu –el sueño americano- y el imperativo casi místico de dominar un territorio que les pertenece por el derecho que determina esa misma voluntad inquebrantable –el Destino manifiesto-.

Materializadas y unificadas por medio del amor –el hombre romántico y la hija de un pragmático que ha cosechado fortuna por su conservador sentido común; bendecido incluso por el providencial Abraham Lincoln en persona-, ambas corrientes inspiradoras son las que engendran esta epopeya genial y decisiva de la construcción de dos líneas de ferrocarril destinadas a conectar las costas este y oeste de los Estados Unidos: la Union Pacific y la Central Pacific.

           Al modo de otra película colosal, El nacimiento de una nación, el tendido de las traviesas de madera y las vías férreas de El caballo de hierro sintetiza la formación misma del país, puesto que la descomunal obra de ingeniería acoge en su seno la reconciliación nacional entre unionistas y confederados, erigido en símbolo de la afirmación de la paz y el progreso después de la sangrienta guerra fratricida y como elemento integrador de las oleadas de inmigrantes en busca de su propia oportunidad en las tierras vírgenes americanas.

Su monumental relato, realizado con hechuras de superproducción y 130 minutos de metraje, abarca asimismo muchos de los periodos que conformarán el western: los pioneros, el nacimiento de ciudades fronterizas, las gestas ganaderas, la extensión de la civilización y la ley. No hay que olvidar que la llegada del ferrocarril -junto con el telégrafo y el automóvil-, es uno de los rasgos que acostumbran a desempeñar un papel protagonista en el western crepuscular.

           Aquí, embarcado en un sentido homenaje a los héroes nacionales capaces de sobreponerse a los peligros de la naturaleza indómita, del indio y de los renegados especuladores de terrenos, John Ford, quien por entonces contaba con apenas 30 años, muestra su rostro más entusiasta para componer una historia que, por ese citado carácter reverencial, resulta más plana que otros filmes posteriores del maestro de origen irlandés, más descreídos y taciturnos. Sin embargo, Ford sostiene el voluminoso armazón de la obra exhibiendo un arrollador vigor narrativo que se articula en pantalla por la fuerza expresiva de las imágenes y, en el libreto, en torno a un relato intimista de corte melodramático –el amor separado de los simbólicos protagonistas, la necesidad de venganza del joven Davy encadenada por cuestiones de azar a la suerte de la empresa-; sabiamente punteado por los tradicionales detalles humorísticos ‘fordianos’, capitalizados por sus entrañables secundarios propensos a la borrachera y la pelea de bar además de otros adorables iluminados característicos del Salvaje Oeste –ese juez cantinero, trasunto del glorioso Roy Bean-.

           El caballo de hierro constituye uno de los grandes taquillazos de los años veinte, con una recaudación superior a los dos millones de dólares. El éxito del filme, que hasta sería adaptado a Broadway, otorgaría a Ford renombre internacional.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: