Ex Machina

11 Mar

En Ultramundo, la versión original, maquetada y decoradita, de este replicante descafeinado de Blade Runner.

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“¡Lástima que ella no pueda vivir! ¿Pero quién vive?”

Gaff (Blade Runner)

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Ex Machina

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Ex Machina

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Año: 2015.

Director: Alex Garland.

Reparto: Domhnall Gleeson, Alicia Vikander, Oscar Isaac, Sonoya Mizuno.

Tráiler

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           Envuelto en la sombra que acaricia una puesta de sol onírica, Rick Deckard, ‘blade runner’ encargado de retirar replicantes –androides con mejores cualidades mecánicas que el hombre pero privados de sus respuestas emocionales-, toma asiento y extiende el foco de su cámara sobre el ojo de Rachel, a quien va a practicar un test Voigh-Kampff o test de empatía para confirmar o descartar que sea una de estos robots con problemas de obediencia. La improvisado prueba consiste en una serie de preguntas diseñadas para desvelar pequeños detalles físicos –enrojecimiento facial, fluctuación de la pupila, dilatación del iris- que, en teoría, desvelan procesos naturales e involuntarios del ser humano ante aquellos sentimientos que lo definen como tal.

           En Ex Machina, película ambientada en un futuro casi inmediato, Nathan (estupendo Oscar Isaac), un genio de la programación informática con un talento equiparable al de Mozart –o al de Eldon Tyrell en su propio campo-, también desea comprobar si sus robots son más humanos que los humanos. Para ello se sirve de Caleb (Domhnall Gleeson), un joven seleccionado a través de un concurso, programador como él, y encargado de calibrar la inteligencia orgánica de sus creaciones por medio del test de Turing: el examen propuesto por el matemático Alan Turing y consistente en que, con la formulación de una batería de preguntas, un juez externo ha de identificar, o no, al humano o a la máquina que la replican desde sendas estancias apartados de su vista. No obstante, con el objetivo de obtener datos más fidedignos, aquí la investigación seguirá un formato de duelo en vis a vis, con las cartas sobre la mesa entre el analista humano y Ava, la autómata de dulces rasgos femeninos (la bella Alicia Vikander) que ha de certificar con sus reacciones e ideas, repetimos, ser más humana que los humanos.

Pero Caleb no es el Deckard con el temple a prueba de empatía del montaje de 1982 de Blade Runner -el bueno, el que sitúa ante la tabla de medir, comparándolas, a la dimensión humana del hombre frente a la dimensión humana de la máquina, y no la reivindicada versión del director que centra el conflicto en uno de los pilares fundamentales del cine negro: el de que el perseguidor es equivalente a aquello a lo que persigue; también contundente pero de menor calado filosófico-. Caleb es más bien el Theodore de Her, que desnuda ante una tecnología con comprensiva alma de mujer la vulnerabilidad y el romanticismo –la huella traumática de su orfandad, su vacío sentimental- que parece incapaz de expresar ante sus semejantes de carne y hueso, fluidos y arrugas. Es decir, una persona que se conmueve ante la visión de este renovado Nexus 6 interrogándose acerca de las dudas universales del ser -“¿de dónde vengo?”, “¿a dónde voy?” y “¿cuánto tiempo me queda?”- y que, compadecido de su suerte, se unirá a él en esa rebelión del esclavo biónico contra su amo homo -ambos sapiens-, que capitalizaba muchas de las obras del pope del género, Isaac Asimov, con Yo, robot a la cabeza –adaptada a la gran pantalla por Alex Proyas en 2004– y que en el terreno del cine protagonizaba para la eternidad el reflexivo Hal 9000 de 2001: Una odisea del espacio, antecesor directo del visceral Roy Batty de Blade Runner. Es probable que a Gleeson le haya sido útil como inspiración su papel en el episodio Be Right Back de la perturbadora serie Black Mirror, donde encarnaba a un ciborg dotado inteligencia artificial sintética y encargado por una desconsolada viuda para suplantar, con consecuencias más desconcertantes que exitosas, a su marido muerto en trágicas circunstancias.

           Ex Machina el debut en la dirección del guionista inglés Alex Garland, ligado al género fantástico y la ciencia ficción gracias a proyectos como 28 días despuésSunshine o Dredd. Quizás el segundo de ellos se acercaría en cierta manera -aunque todavía dominado en mayor medida por su faceta de espectáculo-, a la sensibilidad que exhibe Ex Machina, una película donde la ciencia ficción pura queda sometida a las inquietudes íntimas y existenciales que desarrollan los personajes. En este sentido, no faltan las referencias cultas en los diálogos, anhelantes de elevar las aspiraciones intelectuales del relato con citas tomadas del pensador Ludwig Wittgestein y su Cuaderno azul –desconozco el texto y la relación que el filme entabla con él- o del físico Robert Oppenheimer, uno de los padres de la bomba atómica, y su famoso “ahora, me he convertido en la muerte, destructora de mundos”, un rotundo y apesadumbrado clamor por la responsabilidad moral que el científico contrae hacia sus actos y su obra. En concordancia con esta premisa, esta retahíla de alusiones enraíza, como no podía ser menos, con el reconocimiento obligado de la paternidad del género de la robótica que detenta la inmortal Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley –también británica, como la producción-. Bajo su égida acontece el eterno debate que atañe al hombre de ciencia, y que estriba en la discusión entre la postura del mortal que juega a ser Dios y con ello viola el orden natural del universo –la perspectiva que Caleb proyecta acerca de los trabajos de su mentor- y la postura del individuo providencial que, como hiciera el titán Prometeo en la mitología griega descubriendo el dominio del fuego a los hombres, arroja luz sobre la oscuridad en aras del progreso y la incontenible evolución de la especie –la imagen que Nathan guarda de sí mismo-.

           Desde la llegada de Caleb a la mansión del enigmático y fascinante Nathan, el cineasta londinense dosifica la aparición de elementos inquietantes –una claustrofóbica habitación sin ventanas, la presencia invasiva de un anfitrión propenso a alcoholizarse, un cristal roto, una cicatriz en la espalda, la irrupción de misteriosos apagones,…-, destinados a orientar al espectador hacia una vertiente de suspense fundamentada sobre la sospecha respecto de las verdaderas intenciones del científico y, como decíamos, de la legitimidad ética de sus experimentos. En cambio, el nudo de la función afirma a la película en el terreno de la introspección filosófica. A medida que avanza el metraje, e intercalándolas con polémicas que conciernen a la sociedad contemporánea y que se mencionarán de pasada –la cosificación de la mujer; la combinación de Gran Hermano orwelliano y mundo feliz huxleyano que representan internet y las tecnologías de la comunicación-, Garland promete indagar en cuestiones trascendentales a propósito de la esencia misma del ser humano: cómo articula el lenguaje, cómo surge de su mente la composición artística y cualquier tipo de creación en general, cómo es consciente de su identidad, si es que es dueño de ella por derecho. Cómo se crea a sí mismo como ente racional y emocional, en definitiva. Qué es el amor, erigido en expresión máxima del ser humano.

Sin embargo, el realizador no recurre a imágenes para ello, sino a constantes peroratas verbales que tratan minuciosamente de describir y explicar para el público las pretensiones de seriedad que ostenta la propuesta y entre las cuales un servidor reconoce haber perdido el hilo más de una vez. “Ha hecho un chiste”, señalará Caleb para subrayar la humanidad de Ava. Precisamente, ante tanta circunspección engolada, Ex Machina solo demostrará estar realmente viva en una inesperada y cómica escena de baile. Porque además, por desgracia, Garland decidirá lavarse las manos y no asumir los compromisos derivados de esta sucesión de elevadas digresiones más apropiadas para el ensayo que para el cine, dada su tendencia a la verbalización. De este modo, finalmente opta por dejar en la estacada a la mayoría de ellas, restringiéndolas a la simple mención con aires ampulosos, para centrarse en esa historia de intriga apuntada en la introducción y que se vertebra a partir de una disputa psicológica entre hombre y máquina: a partir de quién es quién –o quién merece ser quién- dentro del confundido y zarandeado punto de vista de Caleb.

Dentro de este enfrentamiento, Garland luce un notable pulso narrativo y explora de forma adecuada el juego de contrastes en la puesta en escena. Es el caso de la contradicción entre la ultratecnologizada oficina de Caleb que aparece en la apertura y que se halla en manifiesta oposición con la cabaña aislada en el bosque de Nathan, ornada asimismo con una decoración muy analógica y tangible que marida con la estética de leñador canadiense de este ingeniero aficionado a la musculación y el vodka. Pero sobre todo, a causa de su rol como agente de suspense, es destacable la contradicción entre el bucólico espacio exterior, rodeado de bosques, cascadas y glaciares, y la opresiva cabina de evaluación donde Caleb celebra sus reuniones con Ava, gobernada por una atmósfera asfixiante de metacrilato recalentado, cámaras de vigilancia y luces rojas que fomenta la difusión –o más bien la fusión- de las figuras del observador y el objeto de estudio.

           Con todo, las conclusiones con las que se salda la apuesta resultan insuficientes. En Ex Machina no hay lágrimas que se pierden en la lluvia. El replicante británico no supera el test de empatía.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6.

2 comentarios to “Ex Machina”

  1. Veronica 11 marzo, 2015 a 19:08 #

    ¡Vaya efecto! Leo tu entrada, repaso el último párrafo y siento nostalgias y ganas de ver (y ver una vez más…) Blade Runner.
    Saludos.

    • elcriticoabulico 11 marzo, 2015 a 21:35 #

      Pues es una cosa que conviene hacer de vez en cuando jeje. A toro pasado, preferiría haberme visto una vez la peli Scott, la verdad.

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