Un toque de violencia

5 Mar

Un servidor se encarga de inaugurar el octavo especial de cine asiático organizado por Ultramundo. Y así, la primera en la frente: Un toque de violencia.

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“La violencia es mi última opción, a pesar de ser la respuesta para todo.”

Chuck Norris

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Un toque de violencia

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Un toque de violencia

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Año: 2013.

Director: Jia Zhang-Ke.

Reparto: Jiang Wu, Wang Baoquiang, Zhao Tao, Luo Lanshan.

Tráiler

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           Jia Zhang-Ke no cree en milagros. Cineasta itinerante a lo largo y ancho de la geografía china desde el rodaje de Shijie (El mundo), Jia Zhang-Ke explora con un firme sentido de la humanidad,  escepticismo y cierto desencanto las estrías que se han ido formando en la piel del gigante asiático durante su deslumbrante crecimiento financiero contemporáneo; un proceso radical que le ha llevado a convertirse en la segunda economía del mundo.

Para Un toque de violencia, el cineasta encuentra en las redes sociales chinas –esencialmente Weibo, el Twitter local-, erigidas en puerta alternativa y veraz respecto de la realidad oficial impuesta por las autoridades, un semillero idóneo para modelar su fresco a propósito de la agresividad latente en el tejido social del país. Y, así, descubre en ellas una crispada atmósfera cultivada por factores muy diversos, si bien todos ellos macerados en las traumáticas transformaciones sufridas en el seno de una nación pantagruélica y heterogénea, amenazada por una compleja red de problemas derivados de la desigualdad y el injusto reparto de recursos, las restricciones políticas, el fracaso emocional, el conflicto entre tradiciones seculares y modernidad y, de paso, la fascinación por la violencia consustancial a la condición humana –de ahí que, a lo largo del metraje, irrumpan fotogramas del wuxia y los sangrientos thrillers hongkoneses, los cuales incluso influirán subrepticiamente en la gramática del filme-.

            “Antes me hablaban del tópico de los conflictos entre Oriente y Occidente, pero al conocer a gente de todo el mundo me he dado cuenta de que las cosas que nos preocupan y conmueven son muy similares”, declaraba el propio autor en 2009, tras recoger el premio especial que le fue otorgado en el festival internacional de Las Palmas. En efecto, como avanza la traducción española del título original, la catarsis con la que la sociedad china purgará estos dolorosos desajustes será sin remedio la violencia, en una decisión equiparable a la que adoptan los personajes al límite de otra sociedad azotada por la desilusión como la Argentina de Relatos salvajes; una cinta con un tono más farsesco y que, a su vez, presenta el extracto de una realidad perfectamente identificable para los españoles, habitantes de un tercer país distinto, perteneciente a otro continente diferente. La rabia como signo de la globalización, en resumen. Dentro de esta estructura en capítulos compartida por ambos proyectos, no cuesta ningún esfuerzo comparar a caracteres como la cocinera del fragmento Las ratas -que asume como un ineludible deber ciudadano el asesinato en frío de aquellos poderes que atentan también fríamente contra la ciudadanía- o al ingeniero ‘Bombita’ -que reventaba con un cóctel de ira y explosivos la sede de la grúa municipal, harto de sus estafas respaldadas por el sistema-, con Dahai (Jiang Wu) y su escopeta, protagonista del episodio que inaugura la propuesta de Jia Zhang-Ke, dispuesto a erradicar por medio de cólera y pólvora una corrupción y una inmoralidad que parece importarle solo a él.

            En este primero de cuatro capítulos, localizado en la desértica región de Shanxi -de donde es oriundo el realizador-, el caos emerge desde la presentación con un intento de atraco solventado a tiros y, a continuación, una explosión en la mina que sustenta financieramente a la provincia. En perpetua gravitación alrededor de esta “Montaña del oro negro”, Jia Zhang-Ke articula en pantalla un universo helado donde confluyen los trabajadores explotados y los nuevos ricos, las estatuas de Mao y los cuadros de la virgen María, el Estado comunista y la economía capitalista. Corrupción, criminalización del inmigrante, dejación de responsabilidades por parte de la autoridad, el aético gobierno de los poderes fácticos, el sometimiento del individuo como simple diente en el engranaje de la industria insaciable, la censura implícita y asumida por la ciudadanía de las opiniones divergentes,… El retrato se adentra con sencillez, en profundidad y con tenues irrupciones de humor negro en los males que acechan ocultos en los sucios márgenes del milagro económico, expresados también a través de múltiples alegorías visuales: mientras el enriquecido presidente de la compañía desciende de los cielos en su jet privado para ser adorado como un dios, un miserable chatarrero hace andar a su caballo a brutales golpes de látigo. Un polvorín a punto de estallar, en definitiva, por el que el bocazas Dahai, solitario indignado por la repentina y sospechosa prosperidad de sus otrora pares, transita como una brasa incandescente, del mismo modo que lo hacía el Travis Bickle de Taxi Driver en las calles de la América desencantada de los setenta o el D-Fens Foster de Un día de furia en el despertar del falaz sueño de la América yuppie de los ochenta –no por nada, el protagonista de ésta es Michael Douglas, el icónico Gordon Gekko que había ejercido en Wall Street como acusación y, paradójicamente, inspiración para los tiburones bursátiles de la época-. Remontando de nuevo a las fronteras chinas, el clima desengañado y la temática hosca también trazan puntos de contacto con la coetánea Black Coalpenúltimo Oso de oro en Berlín-; otra obra anclada en las cunetas del superdesarrollo del país, representada también el norte minero y que, en el plano estrictamente cinematográfico, insiste asimismo en esa tímida incursión en el thriller y la intriga dentro de una filmografía nacional poco acostumbrada a tales circunscripciones genéricas.

           En su periplo circular –la problemática que conforma un ciclo irrompible, la pescadilla que se muerde la cola-, Un toque de violencia se desplaza a más tarde a Chongquing, en el noroeste del país, siguiendo el camino del personaje que parece ejercer como ‘mcguffin’ de la función, al menos en los primeros tres relatos: un hombre que, fiel reflejo de un territorio abandonado a su suerte, enjuaga su frustración y su soledad cazando personas. Como en el anterior segmento, donde parecía reflejarse esa atroz fractura y desentendimiento social en la silueta de un puente en ruinas, aparece de nuevo ese paisaje derruido y fantasmagórico que contradice el supuesto progreso y que, de hecho, en esta ocasión, retoma los paisajes en torno a la faraónica Presa de las Tres Gargantas ya presentes Naturaleza muerta, película en la que el Jia Zhang-Ke más inspirado por Michelangelo Antonioni ensayaba un discurso –bastante redundante y aburrido- sobre cómo el precio de este desopilante y caótico auge económico condenaba absolutamente todo, hasta rozar el absurdo, bien a perderse en las sombras del pasado, bien a ser derruido sin remedio o bien, como poco, a ser subastado al por menor. El escenario como expresión de la intimidad emocional y psicológica de sus moradores. Traslación del vacío existencial de un hombre que vive porque mata y mata porque vive, la narración se contagia de un ritmo moroso y aletargado que, no obstante, se aprecia por extensión en el conjunto de un filme que echa en falta cierta concisión narrativa, sacrificada por el autocomplaciente estilo del realizador, de marcada personalidad autoral. En consecuencia, la excesivamente dilatada presentación de personajes y conflictos infla de manera innecesaria los minutos de metraje –basta compararla con la eficiencia de la citada Relatos salvajes, la cual, como decíamos, viene a contar cosas muy semejantes, a pesar de su tono opuesto y su objetivo casi terapéutico en lugar de crítico-.

           En cualquier caso, esta parsimonia característica de Jia Zhang-Ke, no siempre justificada, suma dificultad y desafío para el espectador a los dos últimos actos de Un toque de violencia, los cuales atesoran por otro lado las escenas más agresivas y acres de toda la obra, asociadas a cuestiones como el idiosincrásico sometimiento y desprecio cultural de la mujer –la ópera del epílogo aporta unas cuantas claves en este sentido- y el desconcertante fracaso personal que lastra a la juventud china, cuyo futuro no termina de despejar unas incertidumbres que se diría propias de tiempos pretéritos y menos boyantes. La paliza que un dirigente de la ciudad de Hubei (China central) propina a la recepcionista de una sauna-hotel que se resiste a venderle su dignidad (Zhao Tao, habitual del director), esgrimiendo un abultado fajo de billetes como arma, compone uno de los cénits expresivos de la película. Un clímax ideológico prolongado y concluido por el demoledor cierre del cuarto episodio, en el que esa violencia tan pregonada por el epígrafe exhala su desgarro definitivo en la más atroz y desoladora muerte de la cinta, ya tajantemente alejada del leve sarcasmo que poseía la “moralizante” masacre perpetrada por el rebelde Dahai en el lejano comienzo.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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