El farol azul

22 Feb

Primera parte del homenaje a Basil Dearden en Cine Archivo. Un servidor se ocupa de El farol azul, su primer gran éxito de taquilla: un filme policíaco que rinde sentido homenaje a los agentes de la policía londinense, garantes de la estabilidad de la sociedad y los valores tradicionales.

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“Los gobiernos pasan, las sociedades mueren, la policía es eterna.” 

Honoré de Balzac

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El farol azul

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El farol azul

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Año: 1950.

Director: Basil Dearden.

Reparto: Jimmy Hanley, Jack Warner, Dirk Bogarde, Robert Flemyng, Bernard Lee, Peggy Evans, Patric Doonan, Bruce Seton, Meredith Edwards.

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          Los héroes no sobreviven a la guerra. De entre las ruinas físicas y morales del Reino Unido inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial brotarían malas hierbas que, en el séptimo arte, conducirían a la inmersión de la industria británica en los turbulentos y tenebrosos callejones de un cine negro particular donde los códigos procedentes de Hollywood se amalgamaban, también como en aquella, con el influjo de los artistas inmigrados de Centroeuropa y, como rasgo de distinción, con un reflejo costumbrista del país, capturado con una notable querencia por el realismo de tono semidocumental. Así pues, los caballeros idealistas dispuestos a desfacer entuertos quedaban ensombrecidos por la preeminencia del estraperlista y del pequeño delincuente que encontraba en el crimen una apurada válvula de escape con la que sortear una miseria de posguerra que, desde su origen económico, parecía enquistarse también en el orden moral de la ciudadanía.

No obstante, este denominado ‘spiv film’ atemperaría su cólera a medida que la coyuntura financiera se hacía más favorable y que la sociedad se estabilizaba tras el trauma de los bombardeos. El farol azul, estrenada en 1950, es el perfecto paradigma de esta evolución: como evidencia su título –referencia a la lucerna que preside la entrada a las estaciones de policía inglesas-, su protagonista ya no es el malhechor, sino el agente de la ley, a quien se honra y reconoce. Incluso fuera de la pantalla, su productora, la Ealing, ejemplificaba la recuperación económica nacional experimentando un período de esplendor asociado principalmente al éxito de sus comedias. Aunque, como vemos, alguna de sus propuestas triunfales, como ésta El farol azul, uno de los primeros y principales hitos en taquilla de Basil Dearden, se corresponden con géneros a priori antitéticos a éste.

          De nuevo, El farol azul sintetiza un recorrido cinematográfico similar al experimentado en el Hollywood de los años treinta, donde las instituciones combatían el pernicioso modelo del gángster –materialización deformada del sueño americano-, favoreciendo películas rayanas en la pura propaganda de las fuerzas del orden y cuyo más famoso representante será G men contra el imperio del crimen, una loa al FBI que se servía de un esquema idéntico al del cine criminal y de sus estrellas arquetípicas (James Cagney en este caso) con el propósito de revertir sus posibles influencias negativas sobre la incauta población. Es significativo que en El farol azul, a modo de constatación de esta tendencia, el policía inmaculado que sufrirá la inevitable muerte a balazos a apenas medio año de su jubilación esté interpretado por Jack Warner, quien anteriormente había encarnado a un asesino a la fuga en My Brother’s Keeper.

Y si G men contra el imperio del crimen arrojaba mensajes para reforzar la lucha policial como la necesidad de proveer de armas de fuego a las patrullas en su batalla cotidiana, El farol azul comienza su metraje insistiendo en el imperativo de incrementar el número de agentes en las calles británicas para conservar el debido orden dado su rol de garantes de la sociedad y los valores tradicionales –aparte, indica el guion, de suponer de elemento de integración que aúna con una misma meta, en amistosa armonía, a católicos y protestantes, irlandeses e ingleses-. Asimismo, esta apertura mediante texto sobreimpreso en pantalla y sucesiva voz en off recuerda a la de obras como La ciudad desnuda, de Jules Dassin, análoga en su enfoque de pretensiones objetivas, cercano al documental, y que se extendería incluso a una serie de televisión, Naked City. Por su lado, en El farol azul ese enfoque crudo –que abarca hasta el uso por primera ocasión en el cine británico de la palabra “bastard”- concuerda con el estilo característico de la Ealing, que propugnaba el realismo como punto de apoyo inexcusable para la composición de situaciones, personajes y emociones; corriente heredera del arraigo del cine documental británico de los treinta y cuarenta y antecesor del combativo, airado e iconoclasta Free Cinema a punto de atracar en las islas a finales de los cincuenta. De igual forma, este estilo de narración resultaba conveniente en el objetivo de la Ealing de reflejar la idiosincrasia de Gran Bretaña y el carácter británico, siempre desde el prisma izquierdista y comprometido de su mandamás, el providencial Michael Balcon.

          Siguiendo esta premisa, el estamento policial -una de las herramientas predilectas de Basil Dearden y su sempiterno asociado Michael Relph para tomar el pulso de la sociedad isleña-, es un ente que no solo combate a los malos, sino que también se adapta a las exigencias políticas y sociales que emana el pueblo al que sirven, como es la prevención de la delincuencia entre la juventud marginal (Barrio peligroso) o la postura comprensiva de los sagaces superintendentes de Crimen al atardecer y Víctima hacia ásperos tabúes como el racismo y la homosexualidad masculina –penada hasta por la legislación inglesa hasta el año 1967-. Y es que este universo policíaco estrechamente imbricado con la realidad a pie de calle se prolongaría en la filmografía de Dearden, de gran peso sociológico, a través de cintas como Pool of London –donde se adelanta también esa presencia del racismo que estallará en Crimen al atardecer y Noche de pesadilla-, I Believe in You, la citada Barrio peligroso o A Place To Go –aparte de otras continuaciones literales, como la longeva serie Dixon of Dock Green, donde se “resucitará” a Jack Warner, y un principio de secuela que acabaría derivando en un filme independiente, Oro en barras a cargo de otro cineasta destacado de la Ealing, Charles Crichton-.

Por tanto, El farol azul no excluye dentro de su homenaje una vertiente de lectura social que, además, trata de proclamarse universal y concerniente a todo súbdito de la Reina por medio de amenazas como la que emplea alertando acerca del “peligro auténtico para cualquiera” que poseen las historias reflejadas en los periódicos y muchas veces leídas como simple entretenimiento en el desayuno o la afirmación de que la historia de la muchacha descarriada es por desgracia común a causa de la perversa combinación de esa pobreza de la posguerra y el desmoronamiento asociado de la institución familiar. De hecho, el planteamiento del filme, que va situando en el escenario de Londres a actores y argumento, traza los vínculos de unión dentro de un mismo microcosmos –la ciudad, en definitiva- de todos los componentes del drama, vinculados directamente a través de distintos pasos y escalafones –el joven policía que acude a visitar a una mujer maltratada por querer denunciar la desaparición de su hija, ligada sentimentalmente a un criminal de medio pelo que, después, desencadenará la trama de intriga y quedará de nuevo conectado con el patrullero por culpa de un par de chapuceros atracos-. Una incipiente y compleja formulación, de ascendencia dickensiana y eminente propósito didáctico, que conformará precisamente la estructura de la venidera I Believe in You.

          Mayor sencillez reviste en cambio el beatífico retrato de la policía que proyecta el libreto de T.E.B. Clarke –aunque, fruto del espíritu de equipo de la Ealing, auxiliado en su cometido por Alexander Mackendrick, autor probable de los remates más jocosos de los diálogos-, no por nada ex agente del cuerpo. También influiría, se supone, la entusiasta colaboración de la Policía Metropolitana en el rodaje, que permitiría incluso utilizar como decorado real el interior de la estación londinense de Paddington Green y las oficinas de New Scotland Yard. Esos policías de barrio que conocen a los niños por su nombre, consuelan a sufridas ancianitas y reprenden a los pícaros civiles con cálidas amonestaciones, arrojan rasgos simplistas e impostados respecto al naturalismo que define la obra y, por añadidura, agregan años de envejecimiento al filme, amén de las ajadas interpretaciones psicologistas –las psicóticas pulsaciones de adrenalina- que redondean el dibujo del villano (Dirk Bogarde, en su primer papel relevante y la primera de sus cuatro colaboraciones con Dearden) y el recurso a tópicos del género –la relación paternofilial casi literal entre veterano y novato, el homicidio del primero y la motivación vengativa del segundo-.

Sea como fuere, en concordancia con su afán ilustrativo, la resolución del episodio criminal de El farol azul no reviste mayor importancia que atestiguar la gloriosa eficiencia de la policía y, sobre todo, cerrar el círculo que confirma y exhibe la inmutabilidad y el sacrificio por el prójimo de este insigne baluarte social –el principiante que, tras este ritual iniciático, asume los “galones” del fallecido mentor indicando a un transeúnte la misma dirección que él había guiado en el comienzo de la historia-.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

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