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El silencio del mar

13 Feb

“Hay buena gente en todos los bandos.”

Harrison Ford

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El silencio del mar

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Año: 1949.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Howard Vernon, Nicole Stéphane, Jean-Marie Robain.

Tráiler

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            En su estreno en el séptimo arte, Jean-Pierre Grumbach, adoptado ya el apellido de Melville como homenaje a su ideal de contador de historias, escarbaría en las cenizas todavía ardientes de un hecho capital en la Historia y en su propia biografía, la Segunda Guerra Mundial, aunque escogiendo para ello un ángulo diferente, propio, ajustado a una sensibilidad particular. El silencio del mar, basada en la obra homónima de Vercors, héroe de la Resistencia, es una demostración de confianza, seguridad, talento y personalidad impropia de un primer largometraje.

            El niño que había descubierto la magia del cine gracias al pequeño proyector Pathé-Baby de 8 milímetros se ponía ahora detrás de una cámara profesional para realizar una película doliente y poética acerca de las heridas abiertas en Europa y del fracaso del entendimiento entre los pueblos.

A través del encuentro de un insólito triángulo de personajes –un campesino francés, su sobrina y un oficial alemán-, concentrados esa especie de limbo que es la residencia de los invadidos donde permanece alojado el invasor, El silencio del mar compone un canto al arte, los valores y los ideales regalados por Francia al mundo –la revolución de 1789, la belleza de sus campos y ciudades, la literatura universal de Rabelais, Balzac, Víctor Hugo, Baudelaire,…-.

Pero el filme trasciende el simple chauvinismo galo –no faltan las críticas al descalabro de la política francesa, ni a la venta de sus logros seculares “por un plato de lentejas”-, para describir la amarga derrota del romanticismo paneuropeo; de la alianza entre naciones inspirada por aquello que define a la civilización: el arte, la cultura, la belleza más elevada, tanto artística y geográfica como incluso física –las constantes alusiones al matrimonio entre países, sintetizados en el amor platónico del militar por la sobrina de su hospedador-.

Y es que, en definitiva, El silencio del mar captura el brusco impacto de un amor platónico –por un país, por una muchacha- contra la hostil realidad de la guerra, manifestación en grado máximo de la miseria humana, antitética a la utopía filántropa del ingenuo extranjero.

            Con rotunda habilidad, Melville adapta la atmósfera de la cinta a la evolución de la percepción que del protagonista tienen tanto sus compañeros forzosos como, junto a ellos, el propio espectador. Desde una introducción casi onírica, extraña, fría y aletargada, Werner von Ebrennac emana de la noche como si de una aparición o de un vampiro se tratase, reforzado por los intimidantes atuendos del ejército nazi y el desconcertante rostro de Howard Vernon. Las agudas tinieblas y los penetrantes contrapicados enmarcan los enormes y extraviados ojos del actor, rodeando así de un siniestro misterio su inesperada actitud amistosa y charladora, en contraste directo con unos lugareños que expresan su repudio precisamente renunciando a cualquier tipo de expresión. La conversación, no obstante, se sostiene indirectamente por medio de la voz en off del anciano y de los pequeños y casi involuntarios gestos que se agigantan por las sombras proyectadas en la sala.

Un cuadro fantasmagórico, de figuras muertas y alucinadas, que, de igual manera que la chimenea que preside la estancia donde se reúnen a la caída del sol, va adquiriendo calor, alma, al abrigo del discurso conciliador del entusiasta y amable Von Ebrennac, eternamente hechizado por los milagros de su admirada Francia, y quien, al mismo tiempo, revelará progresivamente su honestidad y su terrible candidez a través de insospechados flashbacks.

          En consecuencia, el contrahecho semblante del personaje -encarnado con extraordinaria precisión por un Vernon que más adelante se abrazaría sin pudor al infracine de la peor calaña-, pasa de infundir temor a dulzura, de dulcificarse a caer en la tragedia más desoladora. En paralelo, El silencio del mar se transforma desde un relato espectral a un delicado cuento lírico para, finalmente, abalanzarse a un negro pesimismo que no puede remediar siquiera unos deslumbrantes ojos grises.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

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