Tres hombres malos

3 Feb

“Lo que más me gusta de John Ford es el artista en estado puro, inconsciente y crudo, que carece de intermediaciones culturales estériles e inverosímiles, inmune a la contaminación intelectual. Me gusta su fuerza y su simplicidad desarmante. Cuando pienso en Ford siento el olor de barracas, de caballos, de pólvora. Visualizo tierras llanas interminables y silenciosas, los viajes interminables de sus héroes. Pero por encima de todo siento a un hombre al que le gustaban las películas, que vivía para el cine, que hizo de las películas un cuento de hadas para creérselo él mismo, un cobijo en el que vivir con la alegre espontaneidad del entretenimiento y la pasión.”

Federico Fellini

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Tres hombres malos

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Tres hombres malos

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Año: 1926.

Director: John Ford.

Reparto: George O’Brien, Olivia Borden, Tom Santschi, J. Farrel MacDonald, Frank Campeau, Lou Tellegen, Priscilla Bonner, Alec B. Francis.

Filme

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            Aunque todavía no estaba considerado como un género adulto, no hay más que echar la vista atrás a la filmografía de John Ford para comprobar que el western sobrepasaba con creces esa categoría de espectáculo popular destinado a un espectador poco refinado. Tres hombres malos incluso avanza elementos como el sentimiento elegíaco respecto de la conquista del Oeste y, además un cierto escepticismo o un leve toque de incómoda ironía que cuestiona la limpieza y el heroísmo con el que por entonces se retrataba la conquista del territorio, cosmogonía de la que el propio Ford había participado con la ciclópea El caballo de hierro.

            Es verdad que Tres hombres malos, ambientada en el bullicio de la Fiebre del oro, contiene un rotundo clamor épico transmitido por la sobrecogedora enormidad del paisaje –Ford luce de nuevo ese hermosísimo, monumental y expresivo dominio del escenario natural que caracteriza su obra- y que se acoge nominalmente a las consignas del Destino manifiesto y del sueño americano, abierto a cualquiera que desea luchar por él, venga de donde venga, como en este episodio demuestra el galán de turno, Dan O’Malley (George O’Brien), un sonriente y sano muchacho irlandés en busca de fortuna y esposa.

Sin embargo, Ford, humanista crítico y desengañado, no duda en arrojar veladas sombras sobre el idealizado romanticismo de la premisa, tradicionalmente empleada con fines propagandísticos. Es el caso de la contaminación del espacio virgen por parte de la mal denominada civilización, el secuestro del territorio de los indios sioux en Dakota o, ya de manera evidente, en su función de núcleo central del argumento, la discusión entre los hombres constructores y generosos –los “tres hombres malos” que juran ayudar a la muchacha desvalida- frente a los hombres avariciosos y destructivos –el sheriff local y sus secuaces, que viven del saqueo de los inmigrantes-.

            Dentro de este posicionamiento maniqueo, nada expresa mejor esta postura recelosa  que atender a la iconoclasta extracción de los personajes. Son los villanos, rudos, sucios y feos, quienes se conmueven por la vulnerabilidad de una muchacha a la que, momentos antes, iban a asaltar y asesinar sin remordimientos. Son ellos los que toman conciencia de la situación y se comprometen mediante votos sagrados para, de forma altruista, enmendar su profesión de cuatreros y, por consiguiente, su orden moral. Además, en el ejemplo de su líder, el noble y enérgico ‘Bull’ Stanley (Tom Santschi), las motivaciones de su conducta juegan con un componente personal melodramático que ofrece la coartada para una venganza redentora que, por azar del destino y del guion, termina por converger con su reconversión benefactora –verle reventar puertas a puñetazos es uno de los más potentes actos de amor de la filmografía del autor-.

Los forajidos, por tanto, se establecen como la postura antagónica a la del sheriff, quien viola su condición de autoridad legal constituida para abalanzarse a la más vil depredación, en contradicción con su siempre impoluta presencia física.

            No obstante, el sentimentalismo intrínseco del relato, expuesto en cualquier caso con asombrosa rotundidad emocional, queda compensado por los insólitos chispazos de comedia que brotan incluso en los instantes más solemnes y que manan de los característicos personajes secundarios del director americano: borrachines, tramposos y pendencieros; falsos locos muñidores de sentencias tan clarividentes e hilarantes como conmovedoras –alguna de ellas, son realmente gloriosas en su incontenido salvajismo-.

Asimismo, como avanzaba la grandiosa puesta en escena y la abundancia de extras, sumados a una realización visual dinámica y muy moderna, el intimismo que domina la narración cede también una porción de espacio al espectáculo puro, plasmado en una eléctrica y anárquica carrera de carretas que recuerda a la desopilante cabalgada de Wyatt Earp y Doc Hollyday en ese divertidísimo interludio cómico que alegrará la muy posterior El gran combate.

            Si algo demostró Ford es que era un auténtico maestro alquimista en la transformación en intensas emociones de estos rasgos sencillos y un tanto extemporáneos, los cuales, en manos de otro, se hubieran despeñado sin remedio en la cursilería o el infantilismo. Tres hombres malos rebosa sentimientos y valores elevados –la vergüenza de los protectores cuando su naturaleza previa es descubierta, el tierno perdón, su entrega incondicional e inquebrantable, el sacrificio, la exaltación de la amistad sin fisuras-, capitalizados con entrañable afectuosidad por la pasión de contador de historias de Ford, que convierte un filme pequeño en una capital lección narrativa y humana.

El sueño americano, proclama el cineasta, nada tiene que ver con el oro, sino con la realización íntima, el hallazgo del propio lugar en el mundo. Con el amor en todas sus formas.

            Debido al notorio fracaso en taquilla del filme, Ford se alejaría del western por trece años, hasta confirmar con La diligencia lo que hasta entonces no se había querido ver: el estatus del cine del Oeste como arte auténtico e insoslayable. Más tarde, hasta se atrevería a ensayar una variación de Tres hombres malos con Tres padrinos. A uno solo le queda elucubrar sobre cómo hubiera evolucionado el Oeste de haberse saldado la cinta con su merecido triunfo popular y con la persistencia de Ford en la exploración de las vastísimas fronteras del género.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

6 comentarios to “Tres hombres malos”

  1. Sergio Sánchez (@sesaga58) 3 febrero, 2015 a 22:32 #

    Me encanta “Tres hombres malos”. No he visto “El caballo de hierro”.

    • elcriticoabulico 4 febrero, 2015 a 16:55 #

      Estamos en las mismas entonces. Tres hombres malos me ha parecido una película adorable y entusiasmante, mientras que por otro lado espero remediar pronto lo de El caballo de hierro, aunque no soy demasiado aficionado a los westerns monumentales sobre la conquista, como parece que es ésta.

  2. antoniomartingarcia 5 febrero, 2015 a 20:14 #

    Una película deliciosa, que, de algún modo, preludiaba las constantes fordianas que tanto nos han hecho disfrutar a todos los cinéfilos.

    • elcriticoabulico 6 febrero, 2015 a 17:08 #

      Desde luego. Las pulsiones de autor de Ford están ahí, además ya con una soberbia madurez.

  3. ALTAICA 6 febrero, 2015 a 02:36 #

    Estoy convencido de que Tres hombres malos te gustará más que El caballo de hiero, precisamente por lo que indicas. A mi así me lo parece. Un abrazo.

    • elcriticoabulico 6 febrero, 2015 a 17:10 #

      Eso me temo, pero tampoco quería acudir a ella con prejuicios. En fin, ya se verá.

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