El hidalgo de los mares (El capitán Horatio Hornblower)

23 Ene

Cine Archivo rinde homenaje a la figura referencial del crítico José María Latorre, fallecido recientemente. Un servidor escribe acerca de El hidalgo de los mares, también conocida como El capitán Horatio Hornblower: una cinta de aventuras marinas a todo color que, curiosamente, aportaba uno de sus fotogramas a la portada de una de las obras más preciadas de Latorre, La vuelta al mundo en 80 aventuras.

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“Soy poeta, borracho y pendenciero.”

Raoul Walsh

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El hidalgo de los mares

(El capitán Horatio Hornblower)

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El hidalgo de los mares

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Año: 1951.

Director: Raoul Walsh.

Reparto: Gregory Peck, Virginia Mayo, Robert Beatty, James Robertson Justice, James Kenney, Dennis O’Dea, Alec Mango.

Tráiler

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            Uno bucea en la biografía de un artista tempestuoso e incontenible como Raoul Walsh y cree encontrar como rito de paso de su juventud a la edad adulta nada menos que un naufragio. Con dieciséis años cumplidos, Walsh se había embarcado rumbo a La Habana en la galera de su tío Mathew, uno de los aventureros que, incluido el mismo, poblarían su propia familia, la cual abarca desde trotamundos errantes hasta a defensores de los derechos de los indígenas americanos. En este periplo extemporáneo a través del sugerente mar Caribe, la embarcación de los Walsh cerca estaría de hundirse bajo la ira de una terrible tempestad. Debido a los graves desperfectos sufridos, el barco hubo de pasar varios meses de reparación en los diques secos de México. Es en ese preciso momento cuando, como atendiendo al estricto cumplimiento de ese rito de paso antes citado, Raoul Walsh comenzaría a labrarse su propio camino profesional aprendiendo el oficio de conductor de ganado. El primero de los muchos y variopintos desempeños que ejercería y que, fruto del azar, acabaría dando con sus huesos en Hollywood.

Era de justicia, pues, que Walsh devolviese el favor de esa decisiva experiencia marítima volcando su fascinación por la aventura y la libertad del océano en una serie de películas sobre lobos de mar y piratas que realizaría en los primeros años de la década de los cincuenta El hidalgo de los mares, El mundo en sus manos, El pirata Barbanegra y Los gavilanes del estrecho, dentro de un periodo en el que ya se hallaba consolidado en la industria como uno de sus más corajudos artesanos, sempiternamente ligado al sentido del riesgo y la aventura independientemente de los límites genéricos de sus producciones.

¿Podría ser esta efervescencia aventurera y su plasmación en cada uno de sus fotogramas uno de los rasgos que resolvieran el debate sobre el carácter de autor de Walsh, en vista también de sus estrechas ligazones vitales? En cualquier caso, en su rol de coordinador de la exploración del corpus cinematográfico walshiano para la Colección Nosferatu, José María Latorre zanja el entuerto mirando más allá de estas minucias y encasillamientos teóricos e invitando a disfrutar sin paliativos ni prejuicios de “un gran cineasta”, resumen mismo de la historia del cine.

            Pero volviendo a las aventuras en la mar filmadas por el director de origen irlandés, El hidalgo de los mares, inaugurador del ciclo, se remonta a los belicosos comienzos del siglo XIX, marcados por el conflicto mundial entre la ambiciosa Francia napoleónica y el Imperio británico –clarines y trompetas para el izado de la bandera en la introducción del filme, que directamente llama a levar anclas y desplegar las velas-. Un escenario épico donde el protagonista, Horatio Hornblower, se erige como hombre providencial; como campeón del Almirantazgo para sacrificarse y derrotar los innumerables peligros que se ciernen sobre la patria –si bien cabría decir que, al igual que otros de los protagonistas de este cuarteto de películas, su verdadera nación es su barco, el mar, el viaje, la aventura-.

Su carácter, por supuesto, queda presentado de inmediato, con precisión y elegancia narrativa, a la altura de tamaño desafío. El héroe es un individuo de enorme nobleza que, más que un oficial armado de galones –de hecho, su chaqueta está desvaída por el sol y sus hombreras de capitán, deshilachadas-, se convierte en padre de su tripulación, no siempre bien avenida ante las extremadas exigencias de una misión enigmática, como hijos caprichosos y rebeldes, incapaces de comprender el elevado destino que se les depara. Hornblower no comanda por medio del poder que detenta, sino a fuerza de carisma, ofreciendo un ejemplo de virtud al que imitar. Calmado, comprensivo, justo, tolerante, riguroso y, sobre todo, provisto con el don de la genialidad que le eleva incluso entre sus pares de la Armada. Por si fuera poco, caracterizado además con el rostro apuesto, cercano y cálido de Gregory Peck –quien repetirá protagonismo en la sucesiva El mundo en sus manos-.

            El hidalgo de los mares pondrá a prueba el valor de Hornblower a través de tres episodios sobre los cuales no cabe más que dar la razón de nuevo a Latorre cuando señala que el primero de ellos será, sin duda, el más afortunado. En él, el capitán británico se encarga de afrontar un peligro incierto: contactar con el sátrapa Julián Alvarado para socavar las defensas en el Pacífico de la decadente España, eventual aliada de Napoleón, mientras mantiene a raya los ánimos de una tripulación al borde del motín.

Nadie mejor que el caricaturesco Alvarado –un personaje tebeístico menos adorable de lo que acaba resultando ese entrañable pirata Barbanegra venidero- para contraponer ante él, con pintoresco maniqueísmo, al malvado de la función: despótico, violento, infantil, encerrado en un castillo de apariencia medieval al que se llega con prosaicos pollinos, secundado por una cohorte de desharrapados cejijuntos a quienes domina a golpe de látigo y cadalso. Hornblower, haciendo de tripas corazón, se atiene con profesionalidad a su cometido, sin disimular el conflicto entre deber e ideales.

Como será norma en un relato también plegado a la irresistible personalidad de su protagonista, los Hados favorecen el resarcimiento del capitán cuando las volubles alianzas internacionales sitúan a España al lado de Inglaterra y, de acuerdo a los dictados del sentido común, a Alvarado frente a Hornblower. Obviamente, el duelo marítimo entre ambos –una naumaquia de espectacular coreografía de virajes y cañonazos-, subrayará la antitética conducta de los contendientes, esta vez aplicada al terreno bélico. Es, en definitiva, el pasaje que con mayor entusiasmo transmite el espíritu de aventura romántica del marino, envuelto en amenazas internas y externas, atrapado en dilemas morales y arropado por la hechizante ambientación tropical en luminoso technicolor, que proporciona escenas de extraordinaria belleza plástica como la espera y captura del navío español atracado al otro lado de la isla y liderado por un aceitunado Christopher Lee.

            Sin embargo, en el segundo de los desafíos propuestos por el filme es cuando Hornblower encuentra la verdadera horma de su zapato. No será un corsario sediento de oro y sangre, ni el pérfido francés, sino una Virginia Mayo ante quien solo le queda carraspear a duras penas y que lo atrapa en una nueva y comprometida batalla épica, ahora en el campo de romance –ella es la prometida a una de las cabezas de la Armada, superior en el escalafón de mando y en el estatus social-. Es cierto que el libreto dibuja a una mujer fuerte y magnética –es ella y no él quien, a su debido tiempo, declara sus intenciones- y que el compromiso amoroso del capitán sale a relucir de forma expresiva en circunstancias como la de la enfermedad de la mujer.

En cualquier caso, el conjunto de esta vertiente romántica del filme termina por resultar un poco metida con calzador, incómoda y mucho menos sugerente que la vida marinera de un hombre a todas luces solitario y únicamente enamorado del oleaje y el salitre. Asimismo, su desarrollo, previsible y rutinario, queda lastrado por la acumulación de licencias dramáticas que se emplean con demasiada impostura con el objetivo de proveer las pertinentes coartadas a una relación que implicaría para ambos amantes la caída en una infidelidad inadmisible para los conservadores códigos culturales de la época. Por otro lado, la extensión de este núcleo central intimista resta espacio y deja descompensado el tercer acto, que traslada a Hornblower a la lucha por el dominio del Canal de la Mancha –lugar a donde Walsh retornará con Los gavilanes del estrecho– y luego cautivo en poder del enemigo.

            Por esta razón, el cierre, aunque entretenido y enérgico, no alcanza la estimulante brillantez de la apertura. Aparece aquí cierta estructura circular que reafirma las virtudes personales y militares de Hornblower –los idiotas que también reinan en casa, encarnados por su rival en el amor, el pomposo almirante Sir Rodney Leighton; una batalla náutica más sucinta y directa que el hermoso cara a cara frente a Alvarado-. En cambio, su relato se muestra más atropellado por las ataduras del metraje y su conclusión, como decíamos, menos convincente y más forzada; tal y como se intuye también debía de ser el interés de Walsh a la hora de rodarla, puesto que prácticamente se quita el desenlace de encima.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

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4 comentarios to “El hidalgo de los mares (El capitán Horatio Hornblower)”

  1. Dessjuest 28 enero, 2015 a 00:50 #

    Yo añado, ese tema de los amoríos metidos con calzador es algo tan recurrente en la historia del cine que debiera a estas alturas de estar tipificado como delito de los gordos, a la altura del parricidio o más.

    • elcriticoabulico 28 enero, 2015 a 17:33 #

      Es una de las cosas que más incide en el envejecimiento de algunas películas o de algún tipo de cine. Ahora todavía se hace, ojo, pero bastante menos. O más modernamente, vaya.

  2. plared 29 enero, 2015 a 21:06 #

    Amable película de aventuras en estado puro. Humor, cierto romanticismo y todo brillando en pos de conseguir el entretenimiento. Cine de altura que gusta a casi todos si no se pide mas que entretener. Cosa que hace como pocas.

    Y eso me lleva a una reflexión. Este tipo de cine antes se hacia para gustara casi todos. Simplemente para que los espectadores disfrutaran ante la pantalla, sin plantearse nada mas. En el cine actual, cuando hablamos de aventura se intenta dotar de cierto prestigio, de cierta ambigüedad moral y reflexiones propias de otro tipo de cine.

    El resultado por lo general es el aburrimiento. Ya que son híbridos que no funcionan de ninguna manera. En fin, que desde la maravillosa master and comanders, no he visto otra película que sea catalogada como gran película de aventuras moderna. Cuidate

    • elcriticoabulico 30 enero, 2015 a 16:27 #

      Bueno, el ejemplo de cine de aventuras de ahora es Piratas del Caribe y reflexión y ambigüedades más bien pocas. Y no es que me entusiasme demasiado como espectáculo tampoco.

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