Archivo | 16:22

La muerte y la doncella

26 Dic

“Creo que no se puede ser hombre, y mucho menos artista, sin tener una conciencia política. El arte es política.”

Luchino Visconti

.

.

La muerte y la doncella

.

La muerte y la doncella

.

Año: 1994.

Director: Roman Polanski.

Reparto: Sigourney Weaver, Stuart Wilson, Ben Kingsley.

Tráiler

.

          A pesar de que considero que no debe ser un ente inamovible y que debe evolucionar orgánicamente al paso de la sociedad que la sostiene, no soy un detractor de la Constitución de 1978. Intuyo que, en unas circunstancias donde el pestilente aliento de las fuerzas armadas y las brasas del fascismo todavía se sentían con nitidez en el cogote, redactar un texto posibilista era quizás la opción más deseable, si no la única posible, para, al menos, despegarse progresivamente de un régimen aberrante como el franquista. Su mayor inconveniente, sin embargo, es la absoluta amnistía para los asesinos, fomentada por los herederos políticos de la dictadura bajo el argumento falaz de no abrir viejas heridas de las que únicamente ellos saldrían perjudicados. Algo de esto se aprecia en las insistentes desautorizaciones de una ley fundamental como la de la memoria histórica o a las invariables negativas a extraditar a Argentina a los cargos y torturadores del sistema reclamados por la Interpol.

En fin, lo que viene a explicar todo este párrafo no son ya los evidentes impedimentos que un país experimenta a la hora de cerrar con dignidad su historia negra de manera que se revitalice la salud moral, política, social y psicológica de su tejido humano, sino la por desgracia frecuente perpetuación de ese mismo núcleo de poder reciclado, higienizado y legitimado por diversas estratagemas legales y políticas con absoluto y aterrador cinismo. Como si nunca hubiese sucedido nada o lo que hubiese ocurrido tuviese una coartada irreprochable en el imperativo histórico, las necesidades nacionales, la enajenación mental transitoria como fenómeno colectivo o sabe Dios qué abyecta justificación.

La táctica de la mierda y la alfombra, en cualquier caso.

          Con La muerte y la doncella, Roman Polanski adapta la pieza teatral homónima del chileno Ariel Dorfman, que se dice ambientada en un lugar inconcreto de Sudamérica aunque en ella se rastrea evidentemente las huellas de la dictadura de Augusto Pinochet  –no obstante, bien podría extenderse a otro lugares del mundo, como se vio antes-.

Acorde al gusto del realizador polaco por los ambientes claustrofóbicos -generalmente hallados en las angosturas de una localización a priori cálida y confortable como el hogar-, la trama encierra en un mismo caserón aislado a una víctima de las violaciones y torturas sistemáticas practicadas por la policía secreta (Sigourney Weaver), junto a su esposo, antiguo activista ahora devenido en prometedor abogado del nuevo estado democrático para investigar dichos abusos de poder (Stuart Wilson), y, como vértice de este triángulo de culpas insondables, deudas atroces, expiaciones violentas y retribuciones imposibles, a un personaje que no se sabe si en su día fue verdugo o se trata de un simple inocente (Ben Kingsley) destinado a convertirse en chivo expiatorio por una mente trastornada por el horror –al contrario que en la obra de teatro, aquí la ambigüedad del personaje sí tendrá una solución definitiva-.

          La película exhibe sin piedad las dificultades que experimenta una sociedad para superar semejante trauma, el solapado descrédito de una víctima siempre incómoda para la conciencia nacional, la imposibilidad de alcanzar una verdad redentora –aquí anulada en parte, insistimos, por el final cerrado-, la hipocresía del conciudadano que no ha sufrido la barbarie en carne propia y por tanto puede escoger el olvido como remedio fácil.

Conflictos desde los que además nace una agresiva relación entre torturado y verdugo y, en el fondo, aunque de manera nada solapada, un acre conflicto genérico: esa vieja y eterna guerra de dominación entre el hombre y la mujer que impregna de malsana sexualidad el ambiente del improvisado juicio –la importancia de rasgos físicos como la palabra, el olor y los mordiscos; el empleo quasifetichista de sogas y lencería; el invasivo contacto entre Weaver y Kingsley-.

          Polanski compone una película tormentosa, crispada e intensa, narrada con tensión y amparada en el concentrado trabajo del elenco, donde destaca los requiebros con los que Kingsley dota a su dudoso personaje.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

A %d blogueros les gusta esto: