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Her

25 Nov

“No hay objetos inocentes. Toda esa tecnología invisible no es natural y, por tanto, una expresión de nuestra voluntad y nuestra sexualidad. Todos esos objetos tienen cosas latentes en ellos.”

David Cronenberg

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Her

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Her.

Año: 2013.

Director: Spike Jonze.

Reparto: Joaquin Phoenix, Scarlett Johansson, Amy Adams, Rooney Mara, Olivia Wilde, Chris Pratt.

Tráiler

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            ¿Sueñan los sistemas operativos con ovejas de bites?

En el cortometraje I’m Here, Spike Jonze, un autor dueño de una reconocible sensibilidad creativa y con un refinado sentido de la composición, desarrollaba una historia de amor imposible entre robots narrada con ese estilo naif marca de la casa, melancólico y romántico a partes iguales, y expresado con una cuidada estética al mismo tiempo retro y moderna, perfectamente acoplada a las tendencias imperantes en la moda. La obra reflejaba un amor imposible, decíamos, porque sus protagonistas se rebelaban contra la imposición de no soñar dictada por su naturaleza mecánica y porque la chica en cuestión sufría una extraña tendencia autodestructiva que él trataba de contrarrestar a duras penas ensamblándole piezas de su propia anatomía.

Her, en la que Jonze también ejerce como guionista y director, guarda unos cuantos puntos de encuentro con I’m Here. Ambientada como aquella en un futuro cercano pero impreciso, de tenues y actuales toques vintage –el vestuario ‘normcore’ que ahora también se asienta en el presente, el deje setentero del mobiliario y la fotografía-, Her recorre el enamoramiento tierno, excéntrico e imposible entre Theodore (Joaquin Phoenix), preso de las garras de la soledad tras un traumático divorcio, y Samantha (Scarlett Johansson), su incorpóreo sistema operativo de asistencia diaria, diseñado para aprender y evolucionar de manera orgánica en aras de prestar un mejor servicio al consumidor.

            No obstante, este romance funciona como hilo conductor de una disimulada distopía que expone, con delicadeza y engañosa ingenuidad, múltiples temas, subtextos y alegorías que atañen a la civilización contemporánea y a la esencia misma de la humanidad. En una de sus tramas más visibles, Her actualiza la premisa del despertar emocional del robot en comparación con una humanidad aletargada por la incomunicación, con reminiscencias de pilares tradicionales de la ciencia ficción filosófica como Blade Runner y 2001: Una odisea del espacio. A raíz de este último ejemplo, una escena concreta, que introduce además un pasajero matiz inquietante a la máquina insomne y observadora, parece equiparar a la adorable Samantha con el agresivo HAL 9000: ambos una redonda lente fija bajo cuyo aspecto frío bullen mil y un enigmáticos sentimientos.

            Samantha es, en sentido estricto, una recién llegada al mundo que se maravilla ante los milagros de la vida que le descubre Theodore, lo que dará lugar a un paralelismo exacto al pasado ascenso y caída del matrimonio de éste. Es así un idilio que nace y crece de manera personal en cada uno de ellos y, de paso, también en el público, puesto que Jonze, apoyado en el sorprendente, elogiable y sensual trabajo de voz de Johansson, sabe muy bien cómo seducir y alimentar los deseos y anhelos subconscientes del espectador al igual que, por el contrario, procederá a desbaratarlos con idéntica precisión allí cuando pretenda evidenciar las lagunas absurdas o insostenibles del punto de vista amoroso de Theodore, ya sea revelados por la intervención externa de un tercero, sea por la reflexión del propio personaje.

Así pues, como verbalizará (innecesariamente) el guion, no estamos hablando por tanto del clásico y artificial amor cibernético de telerrealidad –o con simples muñecos: Tamaño natural, Air Doll, Lars y una chica de verdad– en el que un discapacitado emocional encuentra su media naranja en un ‘otro’ inerte, incapaz de discutir sus apetencias egoístas, simple sustitutivo de una realidad hostil y, por ende, complicada y a veces insatisfactoria. Al contrario: Samantha, como programa de secretariado y de reconocimiento de estados de ánimo, posee acceso a todos los secretos y descifra todos los sentimientos que oculta el semblante vaciado de Theodore.

De ahí que la situación de la pareja -que reproduce con fidelidad muchas de las sensaciones típicas del noviazgo tradicional-, sirva como plataforma para explorar la esencia misma del amor –ciego, irracional e incontrolable, indiferente hacia las conveniencias y convenciones, existencialmente realizador-, ya que, además, en cierta manera, la profesión de Theodore –escritor de cartas personales a mano… encargadas por internet y redactadas por ordenador- le sitúa en un plano social muy similar al de Samantha. Y es que, a otra escala, Theodore es también un programa informático de apoyo sentimental para otros individuos incapacitados a la hora de desentrañar y exteriorizar sus emociones particulares.

            De esta última idea se extrae por otro lado la que, probablemente, supone la cuestión fundamental que Jonze examina con su objetivo y que confluye entretejiéndose con todas las anteriores: la mencionada agonía afectiva del ser humano encerrado en su burbuja tecnológica, contrapuesta al entusiasmo, la vivacidad y la insaciable curiosidad material y sentimental del programa informático.

Se diría que la futurística Los Ángeles en la que vive Theodore es un escenario salido precisamente de uno de esos diseños de los sistemas operativos: amigable, informal, agradable, de colores sólidos y optimistas e, invariablemente, aséptico, huérfano de auténtica alma. Hasta que, de improviso, aparecen los reconfortantes rayos de sol a través de una ventana. Un mundo en teoría grato a los sentidos aunque sin la seductora lírica de lo irregular e imperfecto. Una duermevela incómoda. Una bonita caja de regalo hueca, por donde –quizás con demasiada explicitud e insistencia por parte de Jonze- circulan zombis tan solo animados por su conexión a un aparato eléctrico y donde apenas se verá en todo el metraje una conversación al desprotegido aire libre.

Es este el marco en el cual se encuadra la odiada realidad íntima de Theodore y sus ambiguas relaciones personales –su cita, su vecina Amy-. Se trata de un hombre herido y desahuciado en su interior, con el compromiso amoroso cercenado como medida de estricta supervivencia, poseedor de ese halo de desamparo e inocencia infantil en su personalidad característico de los personajes de Jonze. Theodore es, en definitiva, la personalización de una sociedad ficticia que, a su vez, se erige en advertencia de una situación en ciernes a día de hoy. La empatía y la veracidad con la que Jonze consigue capturar en esta vertiente dramática fundamental se antojan como los factores decisivos para el éxito de la inmersión del espectador en la propuesta.

            Cálida y cautivadora a lo largo de su firme desarrollo, sin altibajos ni románticos ni dramáticos pese a la extensión del metraje, Her plantea con una naturalidad nada sencilla sustanciosas y elevadas preguntas existenciales -en buena medida entregadas a la intuición y la interpretación de cada cual-, envolviéndolas de manera armoniosa, atractiva y coherente en una hermosa, sensible y conmovedora historia de amor.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9.

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