La mujer que volvió

22 Nov

Los sueños de una sociedad paranoica crean monstruos. Crítica de La mujer que volvió para los packs especiales de Atelier 13 de CineArchivo.

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– Chavo… ¡Ella es una Bruja!

– ¡¿Cómo que “bruja”?! ¡Don Ramón!

– ¿Sí? ¿Dígame, doñita?

– Su hija apenas me está conociendo y ya me está llamando “bruja”!

– ¡Chilindrina! ¿No sabes que a las señoritas como Doña Cleotilde no se le puede decir bruja?

– No, papi.. pero.. ¿A las brujas se le pueden decir señoritas?

– Bueno… Sí… ¿No?

– ¡Ahh, bueno!… ¡Con permiso, señorita!

Chilindrina, Doña Clotilde y Don Ramón (El chavo del ocho)

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La mujer que volvió.

Año: 1945.

Director: Walter Colmes.

Reparto: Nancy Kelly, John Loder, Otto Kruger, Ruth Ford, Harry Tyler, Jeanne Gail.

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            La mujer que volvió es una película de terror. Tan de terror como pueden serlo otras cintas a priori no incluidas dentro de las fronteras del género, como M, el vampiro de Dusseldorf, Furia, Incidente en Ox-Bow, La ley del silencio, La jauría humana, Nadie está a salvo de Sam o La caza. La caza de brujas y sobre todo el linchamiento –término acuñado en Virginia en el siglo XVIII a partir de la figura del magistrado Charles Lynch, quien ordenó la ejecución de una banda de colonos leales a Gran Bretaña sin dar lugar a juicio-, son parte indisociable de la tumultuosa y violenta historia de los Estados Unidos.

Digamos pues que La mujer que volvió es una película ambientada en el contexto de la brujería –una de las vertientes más florecientes de la reciente mitología estadounidense-, pero que podría catalogarse como terror social. Muy crítico con la hipocresía de la sociedad norteamericana, el argumento condensa en su seno una doble denuncia: contra la historia del país y también contra su presente inmediato. Por esta razón, el argumento se enclava en Nueva Inglaterra, tradicional tierra de quema de brujas -con Salem como su ejemplo más célebre-; ahora escenario de este nuevo proceso popular contra Lorna Webster (Nancy Kelly), una mujer sobre las que pesan como una losa los rumores maledicentes de los vecinos, alimentados por la actitud marginal de la joven y su insólita propensión al gafe. De ahí que, en un hallazgo particularmente afortunado del guion, Lorna Webster aúne en su ser esas dos crónicas negras americanas: primero, a causa de sus antepasados –una caterva de despiadados esclavistas, inmorales mercenarios, codiciosos banqueros y cruentos cazadores de brujas que sintetizan el pasado del país-, y segundo, como supuesta reencarnación de una de esas hechiceras que con tanto celo perseguía su puritano tatarabuelo.

            Con una intensidad que va de menos a más, la propuesta se muestra especialmente hábil para, paso a paso, ir desviando el foco de la maldad desde la mujer sospechosa hasta, girando el objetivo la cámara 180 grados, los propios habitantes del pueblo. Hacia el público de la sala, en definitiva. Un cambio de tornas que otorga un nuevo y lacerante significado a la maldición de los 300 años que preside el relato y que, en el plano visual, deja escenas clarividentes como aquella en la que la oración que comienza el predicador –paradójicamente el único individuo que, junto con el doctor y amante de Lorna, trata de conservar una racionalidad terrena- actúa a modo de repelente momentáneo para la masa de lugareños que, mutados en verdaderos monstruos, se ciernen siniestros y amenazadores sobre la chica.

            Escrita por Dennis J. Cooper –quien cuenta en su historial con un capítulo de la serie Big Town titulado con un revelador Lynch Law– y John H. Kafka –aquí el apellido era premonitorio-, tomando como fuente de inspiración una idea de Philip Yordan -quien reincidirá en el tema de las turbamultas ávidas de sangre en una de sus obras maestras, el western romántico Johnny Guitar-, La mujer que volvió indaga acerca de la arrolladora e inhumana presión que el colectivo ejerce sobre el individuo. Un tema que bien podría firmar el maestro Fritz Lang, como hemos visto a partir de esa comparativa con M, el vampiro de Dusseldorf y Furia, y a la que podríamos añadir muchas otras como Metrópolis, Solo se vive una vez o Mientras Nueva York duerme –en alguna de ellas ya se exhibía el potencial de las nuevas tecnologías, en este caso el hilo telefónico, como instrumento propagador de rumores-. En La mujer que volvió, dicho hostigamiento histérico conduce a la autosugestión y la locura de la protagonista, que se cree poseída por el espíritu maligno de la bruja. Filmes como El bosque del lobo, del vasco Pedro Olea, recuerdan no obstante que tan reprobable circunstancia no es patrimonio de los Estados Unidos.

            Ciertos detalles del guion de La mujer que volvió, empleados para sembrar la duda acerca de la realidad o la fantasía que rodean al enigma de Lorna Webster, fuerzan demasiado la suspensión de la credulidad del espectador e introducen varias contradicciones, lo que obligará a una justificación un poco atropellada en el desenlace. Asimismo, la precariedad presupuestaria de la producción se trasluce en un blanco y negro de alto contraste y contados efectos especiales de técnica pedestre, como la congelación de la imagen y la superposición del rostro de la anciana sobre el de Lorna en un espejo. A pesar de que la ambientación no es especialmente opresiva –se rastrean claras influencias de las exitosas producciones de serie B de Val Lewton, pero Walter Colmes no es Jacques Tourneur-, el ácido trasfondo que rodea a la trama se basta por sí mismo para proporcionar la suficiente contundencia a una obra que, por su comprometido atrevimiento, se gana con creces el derecho a ser rescatada.

            Porque es cierto que los paralelismos que plantea La mujer que volvió no son en absoluto sutiles. Pero tampoco sutiles serán las persecuciones emprendidas por el Comité de Actividades Antiamericanas, el cual, apenas años más tarde, ejecutará con saña una renovada caza de brujas. Dennis J. Cooper sería uno de sus represaliados en Hollywood.

 

Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: -.

Nota del blog: 7.

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