Los muertos andan

19 Nov

Si entierras a Boris Karloff, entiérralo dos veces. Crítica de Los muertos andan para los packs especiales de Atelier 13 de CineArchivo.

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“Monstruosidades como las de Drácula o Frankenstein están mal entendidas porque esos personajes eran producto de fórmulas científicas que ahora se están utilizando en medicina: trasplantes de cerebros, cruces genéticos, etcétera. Si nos fijamos, en esos filmes se hacía lo mismo que ahora se hace en cualquier hospital. Con resultados diferentes, claro.”

Wes Craven

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Los muertos andan

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Los muertos andan.

Año: 1936.

Director: Michael Curtiz.

Reparto: Boris Karloff, Ricardo Cortez, Edmund Gwenn, Marguerite Churchill, Warren Hull, Barton McLane, Paul Harvey, Rober Strange.

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             “¡Está vivo!”, exclama el doctor Beaumont (Edmund Gwenn), al comprobar la resurrección de John Ellman, falso culpable ejecutado por el asesinato de un juez. Obviamente, siendo la fecha de producción la década de los treinta, el muerto devuelto a la vida no es otro que Boris Karloff, quien ya había retornado de la cripta en El doctor Frankenstein, La momia y El resucitado, y revivirá de nuevo en El hombre que trocó su mente, La hora fatal (La venganza del ahorcado), La isla de los resucitados, El mago de la muerte, Viernes 13 (Black Friday) y Más allá de la tumba. Un auténtico experto en estas lides, sin duda.

             Los muertos andan es una cinta de venganzas de ultratumba que, como es tradición, posee un esquema muy semejante al que tendrá el futuro ‘slasher’. Pero aquí, John Ellman, víctima propiciatoria de la banda de malhadados criminales que gobierna la ciudad, no es tanto El cuervo, como el Parker de A quemarropa. Es decir, un agente del Destino, liberado por las fuerzas del Más Allá con el propósito de que, sin siquiera intervenir, por medio de su sola presencia acusadora y aterradora, los malhechores encuentren su justo castigo.

Observando la expresión de Karloff al respecto, dueño de su intensidad habitual y desenvuelto con un porte muy frankesteiniano –encorvado, cojitranco, mano retorcida-, esta venganza no es algo que parezca contar incluso con el consentimiento de este intermediario sobrenatural movido por una clarividencia divina que se ve incapaz de controlar. Puede que tenga que ver en ello el posicionamiento en contra de la pena de muerte del Karloff actor, cuyas opiniones influirían decisivamente en la composición del guion –el cual en sus comienzos preveía un terror más elemental e irracional, animalizando la figura de Ellman-. Por ello, el tono que desprenden las conclusiones es acre y deprimente: el protagonista nunca deja de ser una marioneta (de los mafiosos, de los científicos, del Hado o de Dios).

             Retornando a los orígenes del argumento, la cinta propone una audaz mezcolanza de cine fantástico, cine de terror y cine negro. Durante su vertiginosa y absorbente introducción, el libreto de Los muertos andan presenta un Estado de derecho secuestrado por una banda de matones corruptos que, curiosamente, se corresponden además con las altas esferas sociales de la megalópolis. El viraje al terror sobrenatural, por tanto, es causa y consecuencia de este otro terror “real”, gangsteril, que se había enquistado en los Estados Unidos de la Ley seca y que tan popular hacía el cine de la década cuando tiene lugar el estreno del filme presente. A pesar de su aspecto delirante y rebuscado, tampoco la vertiente fantacientífica de Los muertos andan aparta demasiado sus pasos del contexto médico coetáneo a la película. “Puede que llegue a ser posible suspender la vida e iniciarla de nueva, para vivir varios siglos”, proclamaba desde el Instituto Rockefeller el premio Nobel de medicina Alexis Carrel, quien había trabajado con el célebre aviador Charles Lindbergh en la elaboración de un corazón mecánico similar al que, precisamente, devolverá a la vida al protagonista. En efecto, los ensayos de resurrección del doctor Robert E. Cornish en 1934 y 1935, efectuados con perros y parcial y desconcertantemente exitosos, empleaban una mesa basculante idéntica a la que reflejará el laboratorio del doctor Beaumont.

             El mismo doctor Beaumont sirve como ejemplo de uno de los rasgos más elogiables de Los muertos andan: la ambigüedad que, en mayor o menor medida, caracteriza a sus personajes. El héroe Ellman, sí es culpable de un asesinato, aunque atenuado. La pareja de jóvenes, testigos accidentales del caso en cuestión, son responsables de la muerte de Ellman a causa de su manifiesta cobardía, punto de partida de unos remordimientos que desencadenará la atropellada y a duras penas justificada experimentación con el cadáver del ajusticiado. El doctor Beaumont, decimos, desarrolla una deriva obsesiva a lo largo de sus experimentos que arrojará torvas sombras sobre su figura, en contraste con la lúcida inocencia científica que logrará conservar su ayudante.

Matices y requiebros que, aunados con esa acertada confluencia de géneros en principio dispares –el eminente realismo crudo del noir frente a la imaginería de la ciencia ficción y el terror-, aportan hondura al fondo argumental del entretenimiento y dotan de una admirable frescura y vivacidad a la película, dirigida con ritmo fluido un Michael Curtiz que venía de firmar varios éxitos de terror para la Warner: El ídolo, Doctor X y Los crímenes del museo.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7.

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