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Matar al mensajero

18 Nov

“En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.”

George Orwell

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Matar al mensajero

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Matar al mensajero.

Año: 2014.

Director: Michael Cuesta.

Reparto: Jeremy Renner, Rosemarie DeWitt, Mary Elizabeth Winstead, Oliver Platt, Michael Sheen, Andy García, Ray Liotta, Barry Pepper, Richard Schiff, Yul Vázquez, Michael Kenneth Williams, Tim Blake NelsonPaz Vega, Robert Patrick.

Tráiler

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            El pasado mes de marzo, José Mujica, presidente de Uruguay y uno de los líderes mundiales más influyentes del mundo a causa de su sencilla y equilibrada aplicación de la lógica –“populismo”, acusarán los de siempre-, regulaba el mercado del cannabis del país sudamericano mediante un decreto gubernamental que reserva en exclusiva su producción, distribución y venta para el Estado con el propósito de luchar contra el tráfico de drogas. En declaraciones a la BBC, Mujica negó que tuviera que consensuar o siquiera discutir la decisión con su homólogo estadounidense, Barack Obama, puesto que, declaró, “el país que más está comercializando marihuana es Estados Unidos».

La noticia revela dos aspectos, como son la conversión del narcotráfico en un problema internacional y la tortuosa relación de los Estados Unidos con la droga. El primer aspecto viene de lejos, baste con recordar la Guerra del Opio, uno de tantos episodios negros del colonialismo europeo decimonónico. En cuanto al segundo escenario, en el que podrían contemplarse las acusaciones perfectamente verosímiles acerca del empleo de los estupefacientes como armas para socavar las rebeliones raciales florecientes en los sesenta, similar al uso del alcohol en el proceso de combate y desarraigo de las poblaciones indígenas americanas –existen asimismo teorías acerca de una estrategia similar en los bastiones del movimiento obrero español en el cambio de década entre los setenta y los ochenta-, es donde se halla Matar al mensajero.

            Matar al mensajero recrea la investigación periodística de Gary Webb, reportero del humilde San José Mercury, en la que destapó una red de la CIA para financiar los operativos de las contras nicaragüenses –la guerrilla contrarrevolucionaria en lucha contra el Frente Sandinista de Liberación Nacional que había derrocado al dictador títere Anastasio Somoza-, fundamentada en la lucrativa importación y comercio con cocaína en los barrios deprimidos de los Estados Unidos. Una trama conspiratoria-criminal fascinante, sobrecogedora, indignante. De atractivo probado incluso en otras plataformas como la literatura, donde aparte del reportaje de Webb y de su reconstrucción y valoración por parte de Kill The Messenger, de Nick Schou -base desde la cual parte el guion del presente filme-, también se encuentran historias semejantes, del mismo modo tomadas de hechos reales, como El poder del perro, potente novela a la que ni la poca pericia narrativa de Don Winslow pudo deteriorar.

            La película, dirigida por Michael Cuesta, curtido en los desvaríos conspiranoicos de la serie Homeland, abre la exposición encadenando un idéntico mensaje vacío e hipócrita en boca de hasta cuatro presidentes norteamericanos –que podría extenderse hasta hoy, ya que en 2013 Obama presentó su propio plan de control– respecto a una guerra que no parece ser tal, mientras que más tarde, en diversas escenas, se irá aludiendo al contradictorio estatus legal y moral de otras drogas legales como el alcohol y el poder. El avance de las pesquisas de Webb (Jeremy Renner), pone la miel en los labios del espectador arrojándole contra una poderosa denuncia sociopolítica en la que se van conectando uno a uno, con absorbente suspense, engranajes cada vez más abrumadores de esta monstruosa y abominable maquinaria. Es sintomático cómo el temible señor del crack de los bajos fondos de Los Ángeles interpretado por Michael K. Williams, nada menos que el Omar Little de The Wire –qué buena referencia hubiera sido este compendio para la obra aquí comentada-, aparezca durante su juicio reducido a nimio peón sin apenas voz entre las piezas del juego.

            Sin embargo, en cierto punto del metraje, realizador y guionista consideran que, en lugar de una denuncia sociopolítica, Matar al mensajero debe tender en cambio hacia una reblandecida historia de interés humano que refleje de forma pálida el insobornable sacrificio de Webb en defensa de su integridad y de los valores del periodismo de investigación y en la que, en consecuencia, también converja un plano melodrama familiar huérfano de toda emoción u originalidad. Es cierto que la pertinencia de la reivindicación de estos valores permanece ahora incluso más vigente que entonces –el filme no duda en plantear el debate entre periodista y prensa, entre periodismo comprometido y periodismo servil, entre cuarto poder y portavocía- y que a las sórdidas averiguaciones del periodista aún le restan un par de chispazos que amagan con reflotar la propuesta –sin continuidad por desgracia-. Pero, en definitiva, habida cuenta del gigantesco capital personal empeñado en la tarea, el valeroso trabajo de Webb no merecía primero quedar supeditado a un drama íntimo tan poco interesante, ni que, segundo, su tragedia privada se plasmase en un relato tan insípido.

Desaprovechada.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

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