Archivo | octubre, 2014

El carnaval de las tinieblas

18 Oct

Octubre, seno de Halloween, es un mes propicio para analizar El carnaval de las tinieblas para el especial sobre Jack Clayton de Cine Archivo.

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Vampyr, la bruja vampiro

16 Oct

Vampyr, la bruja vampiro es la única película que merece la pena ver… dos veces.”

Alfred Hitchcock

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Vampyr, la bruja vampiro

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Vampyr, la bruja vampiro.

Año: 1932.

Director: Carl Theodor Dreyer.

Reparto: Julian West, Maurice Schutz, Rena Madel, Sybille Schmitz, Jan Hieronimko, Henriette Gérard, Albert Bras.

Filme 

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             Aunque es el primer filme sonoro de Carl Theodor Dreyer, Vampyr, la bruja vampiro conserva en su interior la esencia del silente. No solo por el empleo de intertítulos que explican y dan continuidad a la narración –tanto clásicos como extraídos de la lectura de un libro sobre vampirología-, sino porque el espíritu de la película reside en su puesta en escena y ambientación, destilada del escenario y su imaginería, de los rostros, de las figuras grotescas, macabras y admonitorias, de la batalla entre la luz y la sombra. También influye que el rodaje se proyectara en alemán, francés e inglés, lo que hacía aconsejable reducir al máximo posible los diálogos. El registro sonoro aporta ruidos desasosegantes y conversaciones como amortiguadas por la duermevela, pero poco más.

             En este sentido, la cinta de terror de Dreyer, un auténtico ‘traum-film’, recuerda a los relatos de terror de Edgar Allan Poe o H.P. Lovecraft: narraciones que son por completo atmósfera, donde el miedo se impregna en el lector desde la hipnosis inducida por la minuciosa descripción de un ambiente enajenado. De hecho, aquí el punto de vista, en el papel de un héroe de lo más atípico, reducido a simple espectador, pertenece a Allan Gray, un investigador del satanismo y las ciencias ocultas al que su celo profesional, cual Don Quijote, ha sorbido los sesos hasta el punto de hacerlo incapaz de distinguir realidad, ficción, fantasía y sueño.

             Así, Vampyr, de la mano del talento visual del cineasta danés, se acerca más al retorcido expresionismo alemán y en especial al surrealismo que al cine de terror estadounidense de la coetánea Drácula de Tod Browning, a pesar de que compartan ciertas influencias e incluso técnicas de rodaje. La sombra, en efecto, se adueña del filme para trasladar angustia, inquietud y delirio; ya sea mediante trucajes visuales que introducen un factor alucinado e irracional, sea por su eterno y enconado combate con la luminosidad, reproducción la lucha de Gray por salvar el alma de una doncella, víctima del pérfido vampiro.

             El montaje, reconstruido a partir de fragmentos supervivientes, se encuentra lastrado por las pérdidas, lo que en ocasiones convierte el libreto, inspirado en varios cuentos de fantasmas del escritor dublinés Joseph Sheridan Le Fanu, en un cúmulo un tanto farragoso de fragmentos adheridos, de continuidad atropellada y de escasa profundidad, con subtramas como el romance entre Gray y Gertrud totalmente inconexas. Flaco favor le hace también a Vampyr -sobre todo habida cuenta la fascinación de Dreyer por el rostro humano-, el protagonismo de Julian West, sobrenombre de Nicolás de Gunzburg, aristócrata que financiaría el proyecto a cambio del papel principal.

             El abrumador fracaso comercial de la cinta obligaría a Dreyer a retornar a su oficio periodístico y reducir su creatividad cinematográfica a prácticamente un filme por década.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

La isla mínima

14 Oct

“Al cine americano se le derrota con buenas historias.”

Stephen Frears

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La isla mínima

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La isla mínima.

Año: 2014.

Director: Alberto Rodríguez.

Reparto: Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Antonio de la Torre, Nerea Barros, Ana Tomeno, Jesús Castro, Manolo Solo, Salva Reina, Juan Carlos Villanueva.

Tráiler

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            Después de la estimulante Grupo 7, el realizador sevillano Alberto Rodríguez continúa firme con La isla mínima en su proceso de construcción de un noir español que bucea no tanto en la abundante crónica negra del país, sino más bien en las siniestras tinieblas que oculta la historia nacional reciente, capaces de poner en tela de juicio las indiscutidas luces del milagro económico y el lavado de cara internacional en la anterior y de la supuestamente modélica transición democrática en la presente.

            El escabroso caso de secuestro, violación y asesinato que prende la espita de La isla mínima estalla para desvelar la negrura enquistada en una España de comienzos de los ochenta en cuyas entrañas late todavía con fuerza, como parte imborrable de su naturaleza, la dictadura fascista. El último y abyecto monstruo en el armario del país; tangible en una sociedad violenta e inmadura, en la mentalidad y en el proceder de sus personajes; cuyo hedor corrupto es todavía perceptible hoy a poco que se salga a la calle, que se husmee en las instituciones o los poderes políticos y civiles, tanto oficiales como fácticos. Progreso e inmovilismo, apertura y cerrazón, prosperidad y penuria, gracejo y cerrilidad, mirar para otro lado y “qué hay de lo mío”. No es para menos: los hechos de la película acontecen un año antes del intento de golpe de Estado del 23F.

            Como buen cine negro que se precie -y a pesar de ciertos tópicos del esquema de dúo de policías antitéticos trabajando en equipo, aplicados con cierta rutina-, esta dualidad se extiende a la propia pareja protagonista: un ambicioso detective caído en desgracia por su talante contestatario y descontento (Raúl Arévalo, algo reconcentrado) y un compañero que prefiere anclarse en el olvido y al que se intuyen cicatrices sin sanar en el fondo de sus pupilas (correcto Javier Gutiérrez). La España del futuro que no llega y del pasado que no muere, conviviendo en contaminación, conflicto y sincronía.

            El desarrollo de la investigación avanza denso, grave y pesimista, arropado en una lograda atmósfera que aprovecha de manera excelente el paisaje de las marismas del Guadalquivir donde se enclava el argumento. A pesar de que Rodríguez señala como inspiración la fotografía del desaparecido Atín Aya, resuenan en los fotogramas de La isla mínima ecos del gótico sureño estadounidense, con una profunda presencia del misterio impregnada en una naturaleza extraña, terrible y prodigiosa. Ya hacia el desenlace, también de la lluvia incesante y apocalíptica que alimentaba, más que limpiar, la sordidez del Nueva York de Seven.

            Así pues, asentada sobre esta intensa puesta en escena, la trama no requiere de un ritmo trepidante con tramposos giros sorpresa o inyecciones artificiales de tensión –aunque por otro lado Rodríguez ejecute bien las escenas de acción- para sugerir al espectador, resultar absorbente y, en última instancia, desde esa agria perspectiva de poco más de treinta años atrás, devolver una mirada malencarada hacia el presente inmediato.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

Surcos

12 Oct

“Sólo el tiempo nos puede decir si una película vale o no la pena.”

Curtis Hanson

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Surcos

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Surcos.

Año: 1951.

Director: José Antonio Nieves Conde.

Reparto: Francisco Arenzana, Marisa de Leza, José Prada, María Francés, Ricardo Lucía, María Asquerino, Félix Dafauce, Luis Peña.

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            Hay películas a las que su extraordinaria y determinante valentía ya les avala para entrar en la historia del séptimo arte. Surcos es una de ellas. En 1951, con el paupérrimo franquismo de nuevo envalentonado gracias a la solapada legitimación política y el soporte financiero norteamericano, no corrían buenos tiempos para la crítica social, aunque estuviera desprovista, al menos a simple vista, de carga ideológica –José Antonio Nieves Conde pertenecía al sector no oficialista de Falange y Gonzalo Torrente Ballester, colaborador en la escritura del libreto, también pertenecía al Movimiento-. En cualquier caso, el estreno del filme influiría de forma negativa en la trayectoria de su realizador.

            Con la máxima crudeza posible, trasgrediendo incluso algunos principios de la férrea censura del Régimen, Surcos levanta el acta del éxodo rural en la España apenas salida de la desastrosa autarquía y de las tragedias a él asociadas. En resumen, Surcos es la vida cotidiana transformada en historia, como propugnaban los cánones neorrealistas italianos, con toda la miseria económica y sobre todo moral que la dictadura trataba ignominiosamente de esconder bajo la alfombra. Un imprescindible giro social dentro de una industria local envilecida a golpe de irrisorio cine populachero.

             “Ahora lo que se lleva son las neorrealistas, de problemas sociales, gente de barrio,…”, explica un personaje a su amante. Surcos verbaliza a las claras sus filiaciones. Con absoluta explicitud. No es la sutileza la principal virtud del filme; ni siquiera en los guiños a sus acreedores. Tal y como parece reflejar la cita, Surcos toma del neorrealismo su aspecto más llamativo: los traumáticos apuros de las clases bajas. En consecuencia, debido a su afán de retratar la problemática mediante la ejemplificación, el guion acumula una cantidad insólita de desgracias, concentradas en una familia recién llegada del campo a Madrid para tratar de labrarse su futuro en el duro e ingrato asfalto de la capital.

La obra captura con exactitud el costumbrismo castizo del momento, con sus corralas, sus espectáculos de variedades, su sempiterna picaresca chusca y una jerga chulapa que vista a día de hoy resulta entrañable e irritante a partes iguales. Por el contrario, sus conclusiones, así como su desgarro emocional, van perdiendo por el camino impacto e interés a causa de los excesos discursivos del argumento, aplicados a través de estereotipos monolíticos. Mártires, en definitiva, de un ensañamiento melodramático y concienciador que, en su tremendismo, termina por ser casi cómico.

             No obstante, aparte de algunas delicadezas formales de notable expresividad –la orden de apagar la luz para nublar un sueño, la cortina de humo del final-, y una despiadada puntilla pronunciada por la matriarca –las vergüenzas condenadas a no cesar-, cabe reconocer en Surcos la pervivencia de arquetipos y mentalidades de la España atávica y contemporánea, caso de ese falso orgullo hidalgo o de señorito que junto a la hipócrita moral religiosa coaccionan la vida social, el aprecio por los chollos del estraperlo –sea tabaco, sea ropa de imitación- o el venerado prohombre enriquecido sobre la cochambre a fuerza de latrocinio, caciquismo y corrupción.

Es decir, todo aquello que suele acuñarse bajo el despreciable nombre de ‘marca España’ y que, como si no pasase el tiempo, continúa aplicándose sobre las testas uncidas de nosotros, nuevos españolitos, pobres catetos venidos a más y víctimas de los mismos sueños y engaños que los protagonistas de Surcos.

             Un hito de la cinematografía española.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 6,5.

Baikonur

10 Oct

“Lo más importante en una película es lograr articular tus intenciones con la mayor precisión posible, tener la habilidad de saber explicarte, saber seducir a los guionistas, a los actores y también al equipo de marketing con tu idea.”

David Fincher

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Baikonur

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Baikonur.

Año: 2011.

Director: Veit Helmer.

Reparto: Alexander Asochakov, Marie de Villepin, Sitora Farmonova, Erbulat Toguzakov, Waléra Kanischtscheff.

Tráiler

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            Aseguraba Gabriel García Márquez que una de las tareas más arduas del escritor consistía en suprimir aquellas partes del texto que, pese a gustarle por la razón que fuera, debían ser erradicadas por el bien del conjunto de la obra.

            Quizás a los guionistas de Baikonur les pareciese una idea estupenda la de construir un romance poético entre el protagonista, un joven kazajo que sobrevive de recolectar la chatarra que cae entorno al cosmódromo que da título al filme, y una turista espacial francesa de imponente atractivo y afectada por la amnesia fruto de un accidente de aterrizaje. Pero, una vez dentro del filme, esta premisa, que además ocupa un lugar central y ejerce de bisagra para urdir la evolución del argumento –un recurso casi equiparable al deus ex machina de la dramaturgia clásica, dado su carácter cercano a lo mágico-, se revela como un lastre difícil de superar. Porque, en el punto en que despierta la muchacha, deja de funcionar, no hay por dónde cogerlo.

El asunto es que si los guionistas hubieran tomado la complicada decisión de prescindir de todo ello y, en cambio, se hubiera centrado más en el marco costumbrista que ofrece esa atávica tribu de las estepas que vive y muere bajo los desechos espaciales, Baikonur podría haber sido una película de lo más interesante. Sería acaso una película menos original –entendiendo la originalidad como sinónimo de ocurrencia extravagante-, pero no menos curiosa.

            A lo largo del metraje afloran varias muestras de la fuerza que poseería la historia en cuestión, con esos cuadros de surrealistas y guasones contrastes que dibuja el enfrentamiento abrupto entre modernidad decadente y tradición vigente –el sacerdote ortodoxo que bendice el despegue, los caballos al galope en pos de las carcasas de los cohetes, el uso de las suras del Corán para dirimir conflictos caídos de la estratosfera-. Contradicciones que, incluso, podrían dotarse de una lectura social crítica que aquí apenas se apunta, como este escenario agónico proveniente del ostentoso pasado soviético convertido ahora en, por un lado, un parque temático para diversión de millonarios y, por otro, en alimenticia y cancerígena escombrera para un puñado de desheredados olvidados por el progreso absoluto que otrora simbolizaba la carrera por la conquista del cosmos.

            Sea como fuere, Baikonur opta por confiar en exceso en el citado romance para componer un filme acerca del antagonismo entre los sueños estelares de su protagonista –ya predestinados por su sobrenombre, Gagarin– y la búsqueda de su lugar en el mundo, de conectar con su verdadera naturaleza, consigo mismo. Se intuye por tanto el mensaje que Baikonur pretende expresar, pero las acciones que articulan su discurso se encuentran sin pulir, lo que da lugar a una narración un tanto inconsistente, atropellada y con unas cuantas decisiones de lógica cuestionable en su haber.

            De este modo, a la propuesta le queda aferrarse a la entrañable simpatía que despiertan unos personajes construidos con solidez y carisma y que, cuanto menos, consiguen que el saldo de la función se mantenga en positivo.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5,5.

Indomable (Haywire)

9 Oct

“No tuve problema en pegarle a Gina Carano, porque no era Michael Fassbender quien lo hacía, sino el personaje que interpretaba. Además, en la vida real Gina podría partirme la cara con los ojos cerrados. Quiero decir, ¿has visto alguna vez videos suyos en YouTube?”

Michael Fassbender

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Indomable (Haywire)

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Indomable (Haywire).

Año: 2011.

Director: Steven Soderbergh.

Reparto: Gina Carano, Antonio BanderasMichael DouglasEwan McGregorChanning TatumMichael Fassbender, Michael Angarano, Mathieu Kassovitz, Bill Paxton.

Tráiler

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            Visionar Indomable (Haywire) me produce una sensación similar a los bares de diseño. Es decir, aquellos en los que la decoración y la elaboración de las bebidas desencadena el impulso irrefrenable de fotografiar con tu mejor filtro de Instagram la copa de balón de ese gin-tonic repleto de verduras y condimentos. Todo pulcro, estilizado, armonioso, que entra bien por los ojos. Perfecto para que uno exhiba su sofisticación y su billetera. Pero se da la circunstancia de que este articulista prefiere los bares de barrio, con tapas de cocina sabrosas y sustanciosas, de las de mojar pan, y con cerveza de grifo asequible para ponerse apasionadamente chuzo en un marco estético acorde al suyo personal: recio, honrado y un poco feo. Lo que en el thriller, de nuevo en el campo cinematográfico, podría equivaler a remontarse a la fisicidad y la contundencia de los descreídos setentas.

            Indomable es un thriller de diseño a cargo de Steven Soderbergh, cineasta clave del indie de los noventa al que, como a otros de su generación –Gus van Sant, Richard Linklater, Spike Lee-, siempre le ha gustado desconcertar a la audiencia y la crítica alternando obras de autor con productos casi prefabricados o de géneros con códigos muy marcados, si bien aproximándolos en mayor o menor medida a su propio terreno de juego. A su aire, con o sin apoyos.

            En esta ocasión, el libreto del filme, bastante esquemático pese a su ágil montaje de saltos temporales, permite que la trama se desarrolle de manera fluida y, sobre todo, quede un holgado margen para el lucimiento estético de Soderbergh, que aquí despunta en la envoltura cromática de los distintos episodios o la inhabitual y atractiva planificación en ciertas escenas de acción, como el uso de planos conjunto de duración más larga de lo frecuente, la eliminación del sonido ambiente en favor de un ritmo determinado por la jazzística banda sonora o la supresión por completo de la banda sonora.

Las secuencias de pelea, como viene siendo habitual tras la irrupción de Jason Bourne –el relato también gravita aquí sobre la premisa del superagente traicionado en busca de respuestas y/o venganza-, arrojan coreografías de primer nivel, limpias y aseadas, a las que el historial como luchadora profesional de Gina Carano contribuye a dotar de veracidad e impacto.

            Como actriz, Carano demuestra por su parte una apreciable soltura y una combinación fotogénica de dulzura y brutalidad que destila un poderoso magnetismo, arropada además por un selecto elenco lleno de rostros conocidos y amigos del director estadounidense. Es decir, que la exgladiadora posee la suficiente presencia como para desear verla prodigarse en un género falto de renovación de estrellas con carisma y credibilidad.

 

Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 4,8.

Nota del blog: 6.

Tierra de faraones

8 Oct

Tierra de faraones, de Howard Hawks, es mi película favorita desde que siendo niño la vi por primera vez.”

Martin Scorsese

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Tierra de faraones

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Tierra de faraones.

Año: 1955.

Director: Howard Hawks.

Reparto: Jack Hawkins, Joan Collins, Dewey Martin, Alexis Minotis, James Robertson Justice, Luisella Boni, Sidney Chaplin, James Hayter, Kerima.

Filme

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            A Howard Hawks no le importa la época, ni el lugar. Para él, la humanidad se define por constantes juegos de tensiones, emociones y peligros, que son los que dan lugar a la aventura, a la acción, al romance y al drama. En definitiva, al cine, a la vida.

            En Tierra de faraones, su única incursión en el cine histórico, Hawks mira al Egipto regido por Keops y encuentra las mismas pulsiones vitales que en el Oeste americano o el Chicago de los años veinte: poder, ambición, nobleza, idealismo, rebeldía, egoísmo, razón, brutalidad, sacrificio. En efecto, las implicaciones políticas del convulso término de reinado de Keops, con su ansia desmedida por acumular riquezas y poder, podrían suplantarse incluso a las de Estados y gobernantes contemporáneos, cautivos por sus propios tesoros anhelados y su futura existencia ultraterrena –el petróleo y los recursos naturales, el legado para la Historia-.

La obsesión enajenada de Keops (Jack Hawkins) raya la lujuria en un hombre que, por otro lado, acostumbra a comportarse con juicio, apoyado sobre el báculo de su sumo sacerdote (Alexis Minotis), progresivamente sustituido por una ‘femme fatale’ chipriota que es la que espoleará su perdición (Joan Collins). Estamos pues ante una batalla de equilibrios y fuerzas antitéticas: la voz de la razón y las intrigas mezquinas y violentas, la devoción y la traición, la dignidad del esclavo y la voracidad del monarca, la humanidad y la crueldad.

            El filme cuenta con todo el boato y el colorido de las grandes superproducciones de Hollywood. Sin embargo, el pulso templado de Hawks domina la composición de la escena –la profundidad de campo y el empleo de los movimientos de masas son abrumadores- y la dota a la función de un majestuoso poderío visual y expresivo que, por supuesto, sale especialmente a relucir durante los instantes más íntimos del metraje. La potencia narrativa que imprime al filme impide que éste se ahogue en decorados de cartón piedra, folcklore de mercadillo y extras por doquier, a pesar de que subtramas como la del pueblo esclavizado queden finalmente un tanto descolgadas.

Tierra de faraones no alcanza la redondez de otras cintas de su realizador, pero aparece como una película seductora y vibrante, deslumbrante y sombría, a la que quizás le falte cierto carisma estelar de su reparto para redondear su espectacularidad, aunque uno tiende a pensar que el buen hacer de estos actores de perfil más bajo le favorece, más que le perjudica.

            En su época, se imputaría parte de su notorio fracaso en taquilla a esta ausencia de grandes nombres en el cartel promocional; primer tropiezo serio del hasta entonces imbatible Hawks. En consecuencia, el cineasta se tomaría un tiempo para refrescar su sabiduría como narrador de historias. No retomaría la silla de director hasta cuatro años más tarde, con una de sus obras más recordadas: Río Bravo.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7,5.

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