Dead Man

20 Oct

*Este artículo ha sido revisado para el especial de Ultramundo sobre la filmografía de Jim Jarmusch hasta el cambio de milenio. Dicha revisión se encuentra a continuación de la primera crítica, pinchando en el enlace situado en el extremo inferior del texto.

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“Los westerns están más próximos al arte que cualquier otra cosa en este negocio.”

John Wayne

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Dead Man

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Dead Man.

Año: 1995.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Johnny Depp, Gary Farmer, Lance Henriksen, Michael Wincott, John Hurt, Gabriel Byrne, Billy Bob Thornton, Robert Mitchum.

Tráiler

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            Jim Jarmusch es Jim Jarmusch. Con él no van ni los códigos, ni el clasicismo, ni las convenciones.

            Dead Man es la incursión en el western de este peculiar cineasta norteamericano. Sobre el argumento del viaje del héroe -sustrato seminal de prácticamente toda narración-, Jarmusch desarrolla un esquema sublimado, existencialista e introspectivo acerca del periplo vital (y mortuorio) del individuo.

Su acción se eleva hasta un escenario universal, atemporal y aespacial hasta el punto de que sus componentes flotan sueltos en un limbo absurdo, surrealista y alegórico. Pero, al mismo tiempo, como indica su ambientación, Dead Man se encuentra anclado en el western. No obstante, las leyes, tradiciones y arquetipos de ese singular cosmos histórico y cinematográfico del Oeste se abordan desde un cáustico tratamiento irónico que ejerce como agente distanciador respecto del relato mientras que, de forma paralela, Jarmusch destila la cuestionable esencia del país norteamericano desde su punto de vista escéptico, marginal e intransferible –la propensión a la violencia, el desprecio del indio, la noción de conquista y progreso, la explotación económica,…-.

En contrapartida, alguno de los componentes narrativos del filme quedarán definitivamente descolgados a causa del innegociable minimalismo, estilización y simbolismo de la propuesta, tal y como será el caso del estrambótico terceto de asesinos antagonistas, marcados por una particularísima relación que en ocasiones recuerda a la (futura) convivencia y conflicto entre Steve Buscemi y Peter Stormare de Fargo.

            Narcotizado entre suaves encadenados y enclavado en un escenario natural fantasmagórico retratado en sugerente blanco y negro, Dead Man se adentra en el territorio del ‘acid western’ al son de los pasos de William Blake (Johnny Depp, ávido de desafíos): un apocado contable que renace en el infierno sobre la tierra e identificado como reencarnación del poeta homónimo por el indio El Que Habla Alto y No Dice Nada, también conocido como Nadie y aficionado a citar al autor de la aquí referencial El Matrimonio del Cielo y el Infierno (Gary Farmer, que reproducirá un papel similar en la posterior Ghost Dog, el camino del samurái).

            Dead Man posee la creatividad artística, el seductor hipnotismo y el extraño encanto que suelen caracterizar a las obras de Jarmusch –además de la extensa gala de cameos y guiños culturales-. No obstante, el realizador de Akron posee viajes más afinados y redondos en su filmografíaDown by Law (Bajo el peso de la ley), Flores rotas-. En la presente, la narración resulta en ocasiones demasiado deslavazada, endeble en su extremada abstracción, entretanto los fotogramas tienden a ser secuestrados por la invasiva banda sonora del legendario Neil Young. La profusión de símbolos y metáforas argumentales y visuales acaban por restarle profundidad y empaque al tránsito ultramundano del infortunado William Blake, más que agregársela.

            Última película de un titán del séptimo arte, Robert Mitchum.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5*.

*Revisada a continuación

Revisión realizada para Ultramundo con motivo del especial de Jim Jarmusch, en este caso su quinta toma.

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            Una de las subdivisiones más intrigantes y extrañas del cine del Oeste es aquella agrupada bajo la etiqueta de ‘acid western’: un subgénero en el que las tierras salvajes e incivilizadas de más allá de los Apalaches –o similares- se tornan en escenario abstracto, alegórico, alucinado o lisérgico donde verter cuestiones extemporáneas a la ambientación que se sumergen de cabeza en cuestiones sociales, culturales o existenciales contemporáneas. Aquí, las pulsiones de muerte como conclusión de este viaje incierto y azaroso suponen uno de los principales componentes dramáticos, desencantado y por completo antitético frente a la mitificación extática del Destino manifiesto que en su periodo de juventud desarrollaba el género cinematográfico por excelencia.

            Jim Jarmusch aplicaba un cierto giro a su trayectoria artística con Dead Man después de que se percibiese una ligera tendencia a la redundancia en la particularísima e intransferible sensibilidad del cineasta, debido a unas variaciones argumentales y formales que, con todo, arrojaban ya una evolución acaso excesivamente tenue en el devenir de su obra. Empero, no se trata de una revolución radical, puesto que a pesar de la incursión genérica –anteriormente ensayada en esa cinta de ramalazos noir y sobre todo carcelarios que era Down by Law (Bajo el peso de la ley)se mantienen incólumes sus inquietudes y su querencia por el retrato del desarraigo cultural y la desorientación existencial estadounidense.

Como se vislumbraba en obras pretéritas del autor, el escenario apenas importa; por mucho que se muevan sus personajes, poca cosa cambia de un lugar a otro. Pero sea como fuere, ahora, por primera vez en su carrera, esta búsqueda sin respuesta queda enmarcada fuera de un contexto urbano actual. El universo donde el desafortunado William Blake (Johnny Depp) deberá lidiar con estas incógnitas que asedian al individuo es el Lejano Oeste todavía sin conquistar, frontera entre lo civilizado y lo salvaje, entre la vida y la muerte –todos estos conceptos, por supuesto, debidamente entrecomillados-. Un ‘acid western’ metafísico de pleno derecho.

            En la introducción del filme, el peculiar maquinista del ferrocarril (Crispin Glover) aborda de improviso al protagonista, cuyo atuendo y expresión dejan claro que se encuentran en un sitio al que no pertenece, en el que no se reconoce, toda vez que Jarmusch, a través de elipsis marcadas con delicados fundidos a negros, le hace avanzar hacia un decorado y unos rostros, más allá del tiempo y el espacio, donde la presencia de la muerte es cada vez más evidente. “¿No te recuerda a cuando estabas en el bote? Después, por la noche, te tumbaste mirando el cielo, y el agua de tu cabeza no era distinta del paisaje. Y te preguntas: ‘¿Por qué el paisaje se mueve pero el bote está quieto?’”, le espeta el hombre. Este monólogo inconexo y surrealista sienta las bases del tono de la narración –onírico, inescrutable, simbólico- y revelan, aún sin saberlo, el carácter oracular de este sujeto surgido de entre el carbón y las llamas, quien desempeña también un papel intermedio entre el Caronte y el Cerbero de la mitología griega, receptor de un viajero que se adentra, literalmente de acuerdo con sus advertencias, “en el infierno”.

Un infierno terrenal en cuyo primer círculo –la colonia siderúrgica de Machine- es acogido por ataúdes rampantes, sórdidos osarios y calaveras admonitorias. Pero, desde una perspectiva que agrega detalles de revisionismo histórico crítico, Machine se puede entender desde otro punto de vista como el último escalón del mundo de los vivos, del que Blake es precisamente expulsado: la patria del hombre blanco que a sangre, fuego y máquina toma América bajo su poder. Una idea esta que más adelante encontraría su opuesto especular –incluido ese desplazamiento del héroe y la sucesión de escenarios equivalente a la vivida desde el vagón de tren- con el poblado nativo del desenlace, reducto de una cultura agonizante que enfila su extinción cierta –una rima entre contrarios a la que el propio Depp aporta un matiz curioso y quién sabe si voluntario, puesto que siempre ha proclamado con orgullo que por sus venas corre herencia indígena; cherokee en concreto-. En cualquier caso, es allí donde el destino hace parar a Dead Man; el “hombre muerto” que camina, quién sabe a dónde en medio de esta especie de purgatorio en el cual, paradójicamente, cumpliendo un ritual de iniciación para el autodescubrimiento, entrará en contacto místico con su espíritu tutelar –el poeta y pintor inglés del siglo XVIII William Blakey reescribirá su esencia reencontrada con nuevas herramientas: la sangre y el revólver.

             “¿Mataste al hombre blanco que te mató?”, le pregunta Nadie (Gary Farmer), el indio mestizo quien debido a su cautivero en Inglaterra, enjaulado como una pieza de zoológico y posteriormente educado en la cultura local, reconoce la ascendencia de Blake y en consecuencia decide ejercer como mentor y guía durante su última transformación en este recorrido hacia el final universal. En efecto, Blake había descubierto en el villorrio de Machine que aquella no es tierra para flores -aunque sean de simple papel- y que el arma de fuego es la que determina la suerte de los hombres –“¡Tengo un arma porque esto es América!”, justificará la hermosa Thel Russell (Mili Avital) en una sentencia que, acerca de esta crispada idiosincrasia nacional estadounidense, bien podría haber suscrito el británico Johnny de Mystery Train-.

Si desde la presentación uno ya no tiene demasiado claro si Blake es un hombre vivo o un cadáver que se desplaza en un territorio metafísico, ahora las sospechas se acrecientan ante la clarividencia de Nadie, otra criatura marginal, de gran sustrato metafórico, que asimismo es conocido entre los suyos como ‘El Que Habla Alto Para No Decir Nada’. Sin embargo, es él quien, gracias a la amplitud de su mirada, capaz de trascender la carne material, reconoce al poeta, redobla el carácter ultraterreno del protagonista y sus circunstancias –un hombre muerto en cuyo interior alberga el espíritu de otro hombre muerto- y, además, ilustra textualmente pasajes del oscuro literato, pertenecientes en su mayoría a otro viaje lírico a lo largo del ultramundo: El matrimonio del Cielo y el Infierno; en particular al poema Proverbios del Infierno, repleto de aforismos y frases desconcertantes ante los que, por su parte, se mostrará confuso este segundo Blake oriundo de las orillas del lago Eirie, en Cleveland –espacio visitado anterior o ulteriormente, según se entienda, por los protagonistas a la deriva de Extraños en el paraíso-.

            Si bien es una constante en la filmografía de Jarmusch, la referencia culterana se halla a flor de piel en Dead Man, en la que también comparecerán otras alusiones de corte más popular, caso del dúo de marshalls que responden al nombre de Lee y Marvin en recuerdo de este gigante del western –y cualquier otro género viril-, o de los guiños a uno miembros de los Hearthbreakers de Tom Petty, Benmont Tench, y al productor musical Georges Drakoulias. De nuevo, la melomanía incontenible del cineasta, que está asimismo presente en la inclusión en el elenco de Iggy Pop, con quien repetirá colaboración en el cortometraje Café y cigarrillos III: algún lugar en California,  luego ensamblado en el largo Coffee and Cigarettes. Mención aparte, por descontado, merece la incorporación para la banda sonora de una leyenda americana como Neil Young, objeto de admiración de Jarmusch –idolatría luego explícita en su documental Year of the Horse, a propósito de la gira Crazy Horse del músico por los Estados Unidos en 1996-. Así, a base de guitarras eléctricas y acústicas, con toques de piano y órgano, Young improvisará unas notas minimalistas de ecos y resonancias fantasmagóricas, ajustadas a la perfección al tono sepulcral y mistérico que preside el filme.

            De idéntica naturaleza espectral -emergido de improviso de la nada, amenazante, poderoso y providencial- es la comparecencia en los fotogramas de un coloso del séptimo arte como Robert Mitchum, en la que supondrá su última aparición en pantalla. El prestigio creciente de Jarmusch le había posibilitado en Noche en la Tierra juntar sin problemas a una galería de caras estelares dentro de una producción adscrita al cine independiente de no excesivo presupuesto. En Dead Man, aparte de Mitchum, lidera el reparto una estrella emergente ávida de experiencias artísticas como Johnny Depp, respaldado en papeles fugaces por nombres tan conocidos como John Hurt, Gabriel Byrne, Billy Bob Thornton, Alfred Molina, Michael Wincott o Lance Henriksen, estos dos últimos a cargo de una insólita pareja de cazarrecompensas que entablan una relación antagónica con numerosos trazos de humor negro y fuertes reminiscencias de otra atípica pareja de asesinos casi coetáneos: el verborreico Carl Showater (Steve Buscemi) y el lacónico Gaear Grimsrud (Peter Stormare) de Fargo

            Jarmusch -que después de un lapso de dos películas regresa al expresivo empleo de la fotografía en blanco y negro de la mano de Robby Müller, recuperado para la causa tras faltar en Noche en la Tierra-, filma entonces una de sus obras más abstractas y ricas, si acaso aquejada de un minutaje alargado que provoca cierta languidez en algunos tramos de la segunda mitad de la cinta.

En Dead Man, las pulsiones de muerte –constantes en la composición de los planos y las metáforas visuales- serán únicamente comparables en su preeminencia e intensidad a las que dominen el pesimismo crepuscular de la obra maestra Ghost Dog, el camino del samurái –donde reaparece el indio Nadie en una reencarnación al estilo de la que aquí experimenta William Blake-, al igual que en la decadencia irreparable de Solo los amantes sobreviven.

Nota del blog: 7,5.

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6 comentarios to “Dead Man”

  1. Hildy Johnson 21 octubre, 2014 a 10:46 #

    Ay, te voy a confesar algo en bajito. ¡Me narcoticé del todo con Dead man! Tanto que la vi entre sueños. Como la había alquilado, no tuve oportunidad de verla fijamente con los cinco sentidos, tuve que devolverla antes. Eso sí, me quedé con todos los rostros. Y qué presencia la de Robert Mitchum. Me estaba encandilando bastante pero los sueños pudieron conmigo… Cerraba y abría los ojos… en ese trayecto en blanco y negro de un hombre muerto que no descansa… Por cierto, me gustó bastante su última obra cinematográfica SOLO LOS AMANTES SOBREVIVEN…

    Besos con secreto incluido
    Hildy

    • elcriticoabulico 22 octubre, 2014 a 02:05 #

      Con razón la película tiene un algo onírico. En tu caso, fue un asunto literal jeje. Comprendo la situación, el ritmo de la obra también tiene algo de duermevela. No he visto Solo los amantes sobreviven, ni tampoco Los límites del control. En realidad, son las dos de Jarmusch que me faltan, porque en general encuentro atractivo su cine. También reconozco que el resto de sus películas las he visto hace mucho tiempo y por tanto pongo esta afirmación un poco entre paréntesis.
      Besos y considera a salvo tu secreto, que aquí no nos escucha nadie.

  2. plared 22 octubre, 2014 a 01:36 #

    Esta sin duda es su película mas delirante. Donde da rienda suelta a todo un ejercicio de poesía lírica mezclada en una ensalada de sustancias extrañas y prohibidas. El viaje en canoa es algo digno de verse y difícil de describir.

    Un oeste muy distinto en una película en mi opinión imprescindible. Yo le subiría hasta la nota que le has dado. Cuidate

    • elcriticoabulico 22 octubre, 2014 a 02:15 #

      Jim Jarmusch y la palabra delirante se llevan bien. Quizás, como bien dices, esta sea una de sus mejores pruebas, aunque también tiene obras incluso más abstractas. Hay quien sí la califica de obra maestra; para mi gusto se queda un pelín coja en alguna cosa.

  3. Walder Messin 26 octubre, 2014 a 03:18 #

    La tengo pendiente en el Torrent. Ya sacaré tiempo. Una vez mas buena reseña.

    • elcriticoabulico 26 octubre, 2014 a 14:59 #

      Gracias, Walder. Ya sabes lo que pasa con Jarmusch, exige fidelidad. Si te gusta su cine, la película no debería de defraudarte.

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