El carnaval de las tinieblas

18 Oct

Octubre, seno de Halloween, es un mes propicio para analizar El carnaval de las tinieblas para el especial sobre Jack Clayton de Cine Archivo.

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“En las películas infantiles se debe tratar temas de la vida real y deben de ser algo oscuras, ya que los niños son muy conscientes del mundo que les rodea.”

América Ferrera

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El carnaval de las tinieblas

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El carnaval de las tinieblas.

Año: 1983.

Director: Jack Clayton.

Reparto: Vidal Peterson, Jason Robards, Shawn Carson, Jonathan Pryce, Pam Grier, Royal Dano.

Tráiler

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            Octubre es un mes especialmente indicado para que Cine Archivo realice su especial sobre Jack Clayton. Octubre, mes de Halloween, es el periodo en el que se desarrolla El carnaval de las tinieblas; que no es su mejor obra, pero sí una de las más populares. A pesar de que se trata de una producción del gigante Disney dirigida a un público infantil y de que, dentro de su mecanismo, Clayton, ya en las postrimerías de su carrera, solo desempeñaría un papel de artesano –de hecho, se había tanteado a David Lean y Steven Spielberg antes que a él-, El carnaval de las tinieblas es una cinta que entronca con las inquietudes que había demostrado el cineasta anglosajón en el otro par de acercamientos al universo de los niños que jalonan su escueta filmografía como director, de tan solo siete largometrajes.

Además, es significativo constatar el especial interés que Clayton había demostrado por estos citados proyectos, Suspense y A las nueve, cada noche: los dos únicos de su carrera en los que combinará funciones de realizador y productor. Como en aquellas dos, El carnaval de las tinieblas pone de manifiesto –aunque no como tema principal, eso sí- el contraste y los conflictos que enfrentan a la sensibilidad infantil con el punto de vista y los anhelos vitales de los adultos, seres oscuros aquí movidos por “ansias terribles del alma” que se traducen en cuestiones reprobables como la avaricia, la lujuria y la vanidad. Vicios que, en último término, conducirán a su perdición.

            A partir de un relato de Ray Bradbury, auténtica referencia literaria de la ciencia ficción contemporánea, El carnaval de las tinieblas –que ya contaba con una primera y casi desconocida aproximación británica, datada en 1972 y que en su día había captado incluso el interés de Sam Peckinpah– se apoya en la raigambre siniestra del circo itinerante y las ferias de fenómenos que, en el campo del cine y la televisión, tan excelentes rendimientos había dado –La parada de los monstruos– y dará –la magnífica y truncada serie Carnivàle-. El marco ideal, por tanto, para un contrastado creador de atmósferas como Clayton.

En efecto, las imágenes comienzan dibujando una pequeña e idílica localidad del interior norteamericano, envuelta en los tonos cálidos y dorados de la naturaleza otoñal. Tan bucólico como la mansión victoriana en plena campiña inglesa sobre la que se había cernido el terror psicológico de Suspense. Es decir, el emplazamiento perfecto para que, de la mano de una tétrica locomotora que avanza en la noche, chirriante, misteriosa y fantasmagórica –buena banda sonora de James Horner-, el aroma de lo maléfico haga escala en este pueblecito donde, aparentemente, nunca sucede nada.

            Este eterno conflicto entre el Bien y el Mal, entre la luz y la oscuridad, es sin embargo el escenario alegórico donde se desarrolla un relato de redención familiar. En concreto, el de Charles Halloway (el gran Jason Robards), un hombre “que nunca toma riesgos”, envejecido por su corazón enfermo, y su hijo Will (Vidal Peterson), entusiasta y responsable –hasta el punto de resultar un tanto redicho-, contrapeso en sus aventuras de su inseparable amigo Jim Nightshade (Shawn Carson), quien por su parte es fruto de una familia disfuncional, vitalista hasta lo temerario y tercer vértice sobre el que gravita esta historia de deudas pasadas y sacrificios presentes.

De nuevo, en otra reafirmación de la concordancia de El carnaval de las tinieblas con las inquietudes personales de Clayton, al igual que sucede con la institutriz de Suspense o con alguno de los chavales de A las nueve, cada noche, esta necesidad de expiar culpas procede de unos severos códigos morales y de conducta impuestos por una educación religiosa rayana en el fundamentalismo y que, del mismo modo, se ensañaron con otra infancia traumatizada: en este caso la del Halloway sénior, advertido en su día de lo pecaminoso de saber nadar y, en consecuencia, ya de adulto, incapaz de salvar de la muerte al pequeño Will cuando, con cuatro años, casi se ahoga en una excursión al río. El dolor de un padre impotente para proveer y proteger a su hijo, establecido como verdadero monstruo de la función.

“En realidad, esta es una historia sobre mi padre”, confirma en la introducción la voz en off de un Will hecho hombre y que rememora con ternura los acontecimientos. El guion, firmado por el propio Bradbury –con quien Clayton había coincidido en Moby Dick-, al que se añadirán posteriores enmiendas de John Mortimer, descompensa un poco esta afirmación para ceder protagonismo a las peripecias sobrenaturales que experimentan los dos críos, hermanados por una conexión pura, prístina, determinada incluso por su nacimiento conjunto, y desde donde se afirman como un bastión inmaculado frente a esa población de adultos que, como decíamos, venderán su alma a cambio de sus en absoluto virtuosos deseos, transformados en maldita materia por los hechizos de la feria de otoño instalada en el pueblo de la mano del mefistofélico señor Dark (Jonathan Pryce, un reemplazo solvente y económico de los pretendidos Peter O’Toole y Christopher Lee), experto en magia y artes ocultas.

Maléficos juegos de espejos que, como demostrará la metáfora del desenlace, han de romperse mediante el conocimiento, la aceptación y la superación de la verdad. Dentro de esta alusión a las tentaciones humanas y la mezquindad que pueden alcanzar a partir de cierta edad, es especialmente significativo el truco con el que el pérfido señor Dark pretende atraer a su condena al pequeño Jim: concederle el deseo de ser adulto -¿no es éste acaso un deseo hecho realidad del que, al final, muchos de nosotros, en nuestra vida diaria, nos arrepentimos en mayor o menor medida de haber otrora solicitado?- Apenas cinco años más tarde, Tom Hanks descubrirá en Big lo equivocado de esta ingenua ilusión a toda una legión de niñatos criados en los ochenta.

            Si bien el filme atenúa la negritud del texto original, la tenebrosa ambientación de Clayton también concede momentos de enorme tensión e impacto visual, en especial para aquellos quienes, como un servidor, tiendan a encontrar repulsivas a las arañas. Los efectos especiales desempeñan un papel importante, pero se emplean con acierto y sin abusar de ellos, sin permitir que secuestren el relato o que coarten la creatividad narrativa de sus hacedores, como en cambio sucederá en estos géneros aventureros en la década venidera -aquello que el ahora escritor fetiche David Foster Wallace tuvo a bien denominar “porno de efectos especiales”-. Otra cosa es la irregularidad en la narración que provoca un montaje que, sobre todo hacia la conclusión del metraje, acaba por ser algo atropellado; daño derivado principalmente de las posteriores injerencias del estudio. “No es una gran película, pero al menos sí una bastante decente”, comentaría Bradbury al respecto de los resultados.

            A rebufo de la constante revisión y recuperación de los iconos ochenteros, durante los últimos años han persistido los rumores acerca de la realización de un remake de El carnaval de las tinieblas.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6,5.

2 comentarios to “El carnaval de las tinieblas”

  1. Dessjuest 24 octubre, 2014 a 16:23 #

    En estas semanas de inactividad pude volver a verme “Carnivále”🙂

    Qué pena que fuera cancelada mi querido mozo, qué pena.

    La peli esta ni me sonaba, soy un inculto cinematográficamente hablando.

    • elcriticoabulico 25 octubre, 2014 a 15:17 #

      Entre Carnivàle y Deadwood tengo una espina clavada en cuestión de series…. Y la cultura cinematográfica no se mide por la cantidad de pelis que has acumulado en el historial, sino por saber apreciarlas, cosa que haces perfectamente. También tienes otros temas que controlas como nadie. De hecho, ahora que ando en sección deportes igual tengo que darte un toque algún día para asesoramiento ciclístico jeje. Un abrazo Dess, ya sabes lo que me alegra tenerte de vuelta por aquí.

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