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Oslo, 31 de agosto

9 Sep

“Estamos en el único país del mundo donde está garantizada por escrito la búsqueda de la felicidad. Putos niños mimados.”

Tony Soprano (Los Soprano)

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Oslo, 31 de agosto

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Oslo, 31 de agosto.

Año: 2011.

Director: Joachim Trier.

Reparto: Anders Danielsen Lie, Hans Olav Brenner, Johanne Kjellevik Ledang, Ingrid Olava, Kjærsti Odden Skjeldal.

Tráiler

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            En el cine del nuevo milenio aparece como arquetipo esencial la figura tragicómica del adultescente, ese individuo decepcionado ante un futuro que no era como le habían contado y en el que no encuentra su correspondiente lugar, descarrilado a medio camino entre dos estaciones vitales, la juventud y la edad adulta, a las que no pertenece.

Oslo, 31 de agosto es otra mirada a este tremebundo desaliento generacional, el de los hijos del estado de bienestar, criados para ser dichosos y plenos pero que, sin embargo, naufragan en una infelicidad que adquiere carta de patología. Más oscura, menos condescendiente hacia sus criaturas. Todo su refinamiento estético se contrarresta por medio de su áspera crudeza emocional. De igual manera que el hundimiento definitivo de Anders se enmarca en un Oslo idílico, veraniego, plácido, de exuberante belleza natural. Como ese deseable álbum de fotos y recortes que se rememora en el prólogo.

            La infelicidad de Anders no tiene por qué estar justificada, ni su hálito derrotista resulta romántico. En realidad, Anders, un tipo culto, atractivo, hipersensible e inteligente, educado con amor y respeto por sus progresistas padres, preparado para comerse el mundo, no posee justificación alguna para su depresión autodestructiva, más allá de la torva sombra de un fracaso amoroso que no se sabe si es causa o consecuencia o ambas cosas. De ahí su desoladora tragedia, que es, en distintos grados de intensidad, la de toda su generación: enferma por las miserias y rutinas de la vida, por los sinsabores, los desengaños, la abulia, los defectos congénitos en el terreno sentimental, el vacío existencial.

Joachim Trier no busca la compasión hacia el protagonista, a pesar de que éste grite por ella, desesperado. Aspira a una identificación acre, muy incómoda de empatizar por auténtica, tangible.

En su falta de complacencia hacia el personaje, hacia sí misma y hacia el espectador reside la virtud, la honestidad y la profundidad de la propuesta. Supongo que cualquiera, en mayor o menor medida, será capaz de saborear la amargura de Anders, reconocible en el propio paladar. La frustración y la impotencia que rodea a Anders en su odisea/regresión, provocan comprensión y desprecio a partes equivalentes.

            Resuenan en la atmósfera los ecos de la Nouvelle Vague, otra generación que trataba de rebelarse contra su desorientación incomprendida, tanto o más cuando el texto se inspira en la novela El fuego fatuo, de Pierre Drieu La Rochelle, también punto de partida para la referencial película homónima de Louis Malle. Oslo, 31 de agosto no juzga, ni abunda en el por qué o la falta de porqués dentro de su indagación acerca de la infelicidad, mientras que su punto de vista suele ser externo, casi frío en ocasiones a pesar de instantes mágicos, como el fin de fiesta en bicicleta. Esa tarea corresponde al espectador –sobre todo treintañero, pero no necesariamente-, enfrentado a un doloroso, lacerante y perturbador reflejo de sí mismo.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 9.

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