El coloso en llamas

7 May

La iniciativa Phenomena Experience, dedicada a recuperar los clásicos populares de los setenta, ochenta y noventa para la gran pantalla en Madrid y Barcelona, comete la imprudencia de cederme unas paginillas de su revista de mayo (de la 13 a la 17, non stop) para hablar sobre la ciclópea El coloso en llamas. Dado que la revista tiene una maquetación muy currada y además se puede ver online e incluso descargar, mejor acudan al enlace.

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“Cuanto mayor la tragedia, mayor el público.”

Irwin Allen

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El coloso en llamas

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El coloso en llamas

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Año: 1974.

Director: John Guillermin.

Reparto: Paul Newman, Steve McQueen, William Holden, Faye Dunaway, Fred Astaire, Jennifer Jones, Susan Blakely, Richard Chamberlaine, O.J. Simpson, Robert Vaughn, Robert Wagner, Jack Collins.

Tráiler         

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            “Cuanto mayor la tragedia, mayor el público”, proclamaba el productor Irwin Allen. La década de los setenta desencadenó en Hollywood una auténtica orgía de fuego y destrucción. Nadie se encontraría a salvo de los megalómanos delirios catastróficos perpetrados por los grandes estudios: ni en tierra firme (Terremoto, Montaña rusa, Avalancha), ni en el mar (La aventura del Poseidón, El enigma se llama Juggernaut) y ni mucho menos en el aire (Aeropuerto, Aeropuerto 75, Aeropuerto 77, Aeropuerto 79, Hindenburg).

Miles de muertos de celuloide sacrificados en una guerra sin cuartel por reconquistar la taquilla, acechada por temibles enemigos como las estrecheces económicas producto de la crisis del petróleo, el reinado de la televisión como núcleo del ocio ciudadano o la reconversión de la industria del cine –la amenaza de ruina para algunas productoras, la concentración de las majors en la parcela de la distribución, la atención al mercado doméstico con el videocasete, el inicio de procesos legales para tipificar como delito la grabación de películas y programas emitidos en televisión-.

En otras palabras, si el lector sustituyera la fecha de tan apocalíptico panorama por la situación actual, tampoco percibiría diferencia alguna.

           Dentro de aquel contexto incierto y caótico, Hollywood tomó la decisión de que, a fin de solucionar sus males, lo más sensato sería aferrarse a su esencia primordial. Aplicar otra mano de barniz a la octava maravilla del mundo. Deslumbrar al público con el espectáculo más grande jamás creado. Brindar algo que el consumidor no podría encontrar gratis en su casa, con el culo pegado al sofá. Recuperar el cine como evento social ineludible, como acto que debe realizarse en comunidad, con recogimiento devoto ante una pantalla panorámica y con un cubo de palomitas XXL como ofrenda al dios del séptimo arte. En correspondencia con la actitud que promueve esta clase de películas cataclísmicas, se ambiciona postular de nuevo el cine como elemento de unión colectiva, establecido en contraposición directa frente al clima de decepción, cinismo y desengaño de la época.

De entre esta serie de catastróficas desdichas, El coloso en llamas será la que se lleve la palma. Su formidable recaudación -55 millones de dólares en las salas estadounidenses y 100 millones más en el resto del mundo- y su estatus de clásico inmarcesible dentro de una categoría fílmica poco amiga de las obras de calidad, así lo confirman.

Y es que Irwin Allen, decíamos al comienzo, conocía la fórmula del éxito, la cual había ya ensayado con notables resultados en La aventura del Poseidón: componer un relato coral en el que puedan verse identificados todos los rangos de audiencia, contratar a un elenco cuajado de estrellas de ayer y hoy para elevar la tensión emocional del público a causa de la amenazada integridad física de sus ídolos y atraparlos en escenas de alto voltaje capaces de sobrecoger por la fuerza de sus efectos especiales, responsables de satisfacer las pretensiones de realismo que exigía una platea acostumbrada a la cruda verosimilitud de tramas y escenarios propugnada desde el Nuevo Hollywood nacido en los sesenta.

           En una jugada repleta de audacia, Allen conseguiría juntar sobre la mesa a dos grandes productoras, la Fox y la Warner Brothers -dueña cada una de ellas de un guion distinto sobre incendios que asolaban descomunales rascacielos-, para compartir a medias el riesgo financiero del proyecto. Gracias a un reparto salarial que combinaba el sueldo por la actuación con la atribución de un porcentaje de los futuros beneficios del filme –hecho que terminó suponiendo una suculenta propina-, Allen pudo reclutar como protagonistas a dos de las más rutilantes estrellas de todos los tiempos, Paul Newman y Steve McQueen, al igual que, en papeles más secundarios, a un sólido grupo de actores en boga –Faye Dunaway, Richard Chamberlain, Robert Vaughn, Robert Wagner, O.J. Simpson- y a un puñado de astros que encaraban el crepúsculo de su majestuosa carrera –William Holden, Jennifer Jones, Fred Astaire-. Un cartel atronador que, por sí solo, bien justificaba el precio de la entrada.

No obstante, un blockbuster de semejantes dimensiones requiere un argumento consistente y un pulso narrativo lo suficientemente templado como para aguantar las exigencias de un metraje de dimensiones maratonianas. El encargado de mantener al gigante engrasado y en movimiento sería John Guillermin, artesano británico de vocación popular y curtido en mil y un géneros –incluido el cine de catástrofes, donde firma ¡Alarma! Vuelo 502 secuestrado-. El ligero y variado punto de vista de la acción, compuesto por el guionista Stirling Silliphant –también redactor de La aventura del Poseidón-, ejercerá de ágil dinamizador del filme.

Con el espíritu del espectáculo por bandera, El coloso en llamas no se andará con zarandajas. La amenaza de la muerte se cierne sobre sus personajes desde la misma introducción. Junto con sus variopintos y frágiles héroes, el espectador queda así inmediatamente encerrado en un asfixiante infierno de llamaradas, explosiones y situaciones límite, proporcionadas por un éxtasis de pirotecnia –las 57 maquetas del edificio no superarían el rodaje- que después de cuarenta años sigue conservando intacta su pegada, vigente incluso en estos días en los que la realidad ha superado primero y se ha hibridado después con la ficción –el influjo temático y formal del terrorismo yihadista en el cine de catástrofes contemporáneo-.

El hábil y angustioso crescendo de peligro mantiene estimulada la atención, inflamada por el arrollador carisma de Newman y McQueen, espadas en alto. A pesar de las consabidas demandas de figurar a la par en los títulos de crédito y disfrutar de un número idéntico de líneas de diálogo, los dos actores establecerían una cordial relación durante la producción, tan solo desafiada por las ocasionales bravuconadas del segundo –“¿Sabes que con dos autógrafos de Paul Newman te dan uno de Steve McQueen?”, le llegaría a espetar con sorna en los camerinos-.

           Contagiado de valor épico, uno puede escoger en su camino ilusorio de supervivencia entre el desarraigado y humano arquitecto, encarnado por Newman con seriedad profesional, o el estoico jefe de bomberos, con el que McQueen, el rey de los tipos duros, convierte una noche de épica y adrenalina en un simple mal día en la oficina.

Por otra parte, ciertos chispazos del libreto confieren a la función una inesperada frescura. El horror y la tragedia son paridos por el infortunio pero, más que nada, se trata de los frutos envenenados de la mezquindad humana. El egoísmo y la cicatería de los poderosos –el constructor, cegada autoridad y corrompido regulador económico del edificio-; el pecado de los mandos intermedios abandonados a la soberbia, la irresponsabilidad o la incompetencia; el orgullo desmedido del hombre, que le condena a su propia aniquilación –la fiebre por erigir rascacielos imposibles de controlar, modernas torres de Babel que no son sino “monumentos a la estupidez humana”-.

Estos puntuales pero afilados apuntes críticos son el aguijón que espolea al espectador hacia un desenlace en el que la catarsis compartida es a la vez sentimental –la resolución de las pequeñas y sucintas subtramas emocionales- y social –la toma de conciencia respecto a los ignominiosos desmanes de la sociedad occidental-.

           Los setenta no son una década de optimismo. Los setenta, repetimos, encuentran sorprendentes paralelismos con el tiempo presente.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7.

14 comentarios to “El coloso en llamas”

  1. antoniomartingarcia 7 mayo, 2014 a 15:38 #

    Estupenda crítica del más titánico drama catastrofista de los setenta.
    Muy curioso el paralelismo que haces de aquella década con la época actual… Esperemos que pronto regrese el optimismo vital de los ochenta. Falta hace.

    • elcriticoabulico 7 mayo, 2014 a 23:16 #

      Ya que llevamos un montón de tiempo ya heredando su moda… Al final siempre nos quedamos con lo superficial.

  2. ALTAICA 7 mayo, 2014 a 16:03 #

    Cuando he visto la película me he preguntado ¿qué escribirá Abúlico sobre este drama catastrófico e incendiario?, y la verdad es que me has dejado sorprendido. ¿La película en sí?, pues no sé, un 7 creo que es demasiado teniendo en cuenta otras puntuaciones, pero sí, puede que sea la más afamada dentro de este subgénero o género. Lo que pasa es que este tipo de películas no son demasiado de mi agrado, incluso recuerdo que de niño no quería ir a verlas. Supongo que en esos momentos era miedo o aburrimiento. Y es que casi todas, salvando las calidades de unas y otras, están cortadas por el mismo patrón y llenas de actores famosos ya algo viejetes como reclamo de la época. Creo que de las que vi en su día me gusto aquella de “La aventura del Poseidón” y ésta que nos ocupa, pero insisto en que me suelen aburriri muchísimo. Un abrazo y una crítica muy trabajada teniendo en cuenta el asunto en cuestión, lo que le da aún más mérito. Chaval, no hay nada que se te resista.

    • elcriticoabulico 7 mayo, 2014 a 23:17 #

      No soy nada fan de estos mamotretos de Hollywood, pero pasé un buen rato viéndola y solo por ver un duelo Newman-McQueen vale la pena pagar entrada.

  3. Dessjuest 7 mayo, 2014 a 22:18 #

    Yo de estas pelis suelo ver el principio, cuando empieza la catástrofe, y el final, cuando salvan al niño y tal, la única que me gusta de catástrofes es “Aterriza como puedas” 🙂

    • elcriticoabulico 7 mayo, 2014 a 23:18 #

      Aterriza como puedas es la joya de la corona del cine de catástrofes. Solo igualada en el género bélico por Top Secret.

  4. E. J. Castroviejo 8 mayo, 2014 a 01:37 #

    El reparto salvó esta peli del olvido 🙂

    • elcriticoabulico 8 mayo, 2014 a 01:44 #

      Bueno, en su día fue muy. muy popular. Por el reparto también, claro.

      • E. J. Castroviejo 8 mayo, 2014 a 01:47 #

        Sí, pero estas pelis de catástrofes pasan mal la prueba del tiempo. Si no es por Paul Newman y Steve McQueen no la habríamos visto todos aún hoy (quizá ni me acordaría de ella en mi caso).

      • elcriticoabulico 8 mayo, 2014 a 01:49 #

        Es posible. De todas maneras, no aguanta nada mal dado que sus principales efectos especiales conciernen a las llamas, las explosiones y unas maquetas bastante creíbles. Y las llamas de entonces sirven igual ahora.

      • E. J. Castroviejo 8 mayo, 2014 a 10:44 #

        Para la época es fantástica, pero lo mejor sigue siendo el reparto en mi opinión (el guión de estas pelis es el que es)

      • elcriticoabulico 8 mayo, 2014 a 11:17 #

        De eso no cabe ninguna duda jeje.

  5. pastiva 8 mayo, 2014 a 15:02 #

    Una película hecha con una gran factura, por supuesto y que el paso del tiempo sigue mostrando histerismo, con un reparto por encima de un gran Blockbuster y sin efectos por ordenador, un gran artículo…

    • elcriticoabulico 8 mayo, 2014 a 21:41 #

      Si por lo menos los blockbuster de ahora tuvieran a Newman y McQueen batiéndose en duelo…

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