Ordet (La palabra)

20 Abr

“Temas como la fe, la esperanza, el amor y el perdón son tan importantes ahora como lo eran en tiempos de Jesucristo.”

Mel Gibson

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Ordet (La palabra)

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Ordet (La palabra).

Año: 1955.

Director: Carl Theodor Dreyer.

Reparto: Henrik Malberg, Preber Lerdorff Rye, Emil Hass Christensen, Sylvia Eckhausen, Cay Kristiansen, Ejner Federsp, Ove Rud, Henry Skjaer.

Filme

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            En cierta manera, el cine de Carl Theodor Dreyer transcurre hacia la depuración progresiva de su estilo artístico en aras de una mayor abstracción psicológica, filosófica y trascendental de las imágenes. Eliminar lo superfluo para incrementar la complejidad del todo.

            Ordet (La palabra) propone una indagación en la naturaleza de la fe a través del desacuerdo entre las certezas de la razón empírica y las incertidumbres del misterio religioso, entre las materiales apetencias terrenales y las inmateriales promesas celestiales, entre las distintas maneras de acercarse a un hecho místico que, en realidad, es todo uno.

Dreyer establece un análisis profundamente introspectivo y sinceramente religioso, si bien abierto a la interpretación –el significado del gesto de sorpresa del médico antes de la manifestación del clímax-; escrito a la desafiante velocidad de un plano por minuto, sin apenas cortes de montaje, con sus escasos escenarios recorridos por trávelins y panorámicas. Pero no es el montaje lo que marca la cadencia del filme, sino la electrizada tensión interior de los personajes.

            Nos encontramos ante una película cuya planificación exuda una belleza humilde y contemplativa, y en la que la prodigiosa iluminación de la fotografía permite que el combate entre luz y oscuridad se plasme tanto simbólica como físicamente. Su austera puesta en escena queda así investida de una calidez y una capacidad conmovedora que surge de la innegociable sencillez de sus planteamientos y del apego por unos individuos perfilados al detalle y que, en contradicción con la quietud de los fotogramas, experimentan una violenta convulsión íntima.

            El reloj de arena de Ordet, por tanto, deja caer sus granos al ritmo de la vida, aclimatándose al día a día de una familia, representada por el anciano pater familias, que entiende la existencia a través de la religión. Una variante del cristianismo la cual, en este caso, defiende la devoción y la liturgia como una celebración del milagro de la vida; escisión irreconciliable frente al sentimiento de sus vecinos, en las que prima el recogimiento, la contrición y la escatología.

Seres humanos –ignorantes, frágiles y débiles a causa de su propia condición-, que son puestos a prueba en sus creencias por el simple hecho de vivir. El realismo de lo cotidiano se impregna en un argumento en el que, no obstante, irrumpe de vez en cuando el punteo de lo prodigioso, intermediado por la figura trágica y redentora del hermano Johannes, loco iluminado: un individuo dueño por una fe sin fisuras que, por ende, sabe desligada de cualquier tipo de razón o de leyes naturales. La fe como absurdo, en definitiva.

            En este discurso, heredero de la perspectiva fideísta de Søren Kierkegaard –citado de hecho como fuente de la locura de Johannes-, el cineasta danés sitúa a su vez la fe como un ente independiente del fervor ritual e intransigente del practicante –el cisma religioso de la pequeña comunidad cristiana-, de la bondad de corazón –el escéptico hijo Mikkel- o del amor y la piedad paternofilial –las cesiones del padre en relación con la posible boda de su hijo con una muchacha perteneciente a otro dogma-.

Una exigencia olvidada en el transcurso de los tiempos, el perdido Santo Grial de la religión; la herramienta imprescindible que da sentido a la existencia y reconcilia al hombre consigo mismo y con su prójimo.

            Único largometraje elaborado por Dreyer en la década de los cincuenta y penúltimo de su filmografía, Ordet representa uno de los escasos éxitos unánimes de crítica y público en de su carrera. Galardonada con el León de Oro en el Festival de Venecia.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 9.

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20 comentarios to “Ordet (La palabra)”

  1. Sergio 20 abril, 2014 a 16:25 #

    En mi opinión la película más extraña, hermosa y sobrecogedora de la historia del cine.

    Saludos, muy adecuada para estas fechas jeje

    • elcriticoabulico 21 abril, 2014 a 00:49 #

      Toda una coincidencia que la crítica haya caído en Semana Santa. No fue buscado. Y sí, desde la absoluta humildad, muy hermosa y emocionante.

  2. antoniomartingarcia 22 abril, 2014 a 01:05 #

    No nos ha faltado mucho para volver a coincidir. La tenía prevista para después de Semana Santa, pero esperaré un poco más a darle entrada. Se trata de una película muy profunda y compleja, fascinante en su reflexión místico-existencial y algo obnubilada en su minuciosidad formal.
    Un saludo.

    • elcriticoabulico 22 abril, 2014 a 01:45 #

      No te cortes, Antonio. Este blog no te hace sombra en volumen de visitas jeje. Sobre Ordet, me acerqué con precaución a ella por su fama de intelectualizada, lenta y religiosa. Pero oye, es una película que transmite mucho y muy bien.

      • antoniomartingarcia 24 abril, 2014 a 17:18 #

        No pensaba en la incidencia de visitas, ni mucho menos, cuando te decía que esperaría a darle entrada. Intuía que esta película traería cola, si el bueno de Altaica no se reprimía en sus consideraciones…

      • elcriticoabulico 24 abril, 2014 a 23:35 #

        Pues ya ves, ni un pelo se ha cortado jeje. Un debate de los que se disfruta.

  3. altaica 23 abril, 2014 a 01:02 #

    En esta película la influencia teatral en Dreyer es total, hasta tal punto que su concepción artística, estructural y de desarrollo conforman un ejercicio ensimismado, encarcelado y profundamente subjetivo, no ya solo a nivel de personajes y dramaturgia, igualmente espacialmente y estilísticamente. Ese mundo íntimo en la forma y en el fondo deja afectado al propio desarrollo. Rebuscamiento que lo inunda todo, tanto la historia, los motivos, la trascendencia y sus personajes, e igualmente la filmación, los encuadres, el desarrollo de los planos, los movimientos, la ubicación de los actores, de los muebles, la entrada de la luz… una pura pose servidora de lo metafísico.

    Nadie podrá negar que su cine es extrañamente absorto y único, y al mismo tiempo puede resulta fascinante, algo que yo alcanzo a apreciar solo en su justa medida. En nula medida según argumento. Observo que su cine, el cine, es objeto de experimentación, deformando en gran magnitud la concepción en sí del mismo. Se articula como instrumento secundario para otros menesteres legítimos pero con exceso de protagonismo (forma y fondo buscan un todo a consta de una forma afectadísima y un todo aún más ceremonioso). En las absolutas antípodas del cine japonés clásico que alcanza los rincones más íntimos del ser humano desde la sencillez más dolorosa y limpia, en contraposición con ésta y otras obras de cineastas de similar latitud. Instrumentos formales y esenciales inversos.

    Si analizamos muchas secuencias de “Ordet”, son un puro y duro ejercicio de recreación y amaneramiento plástico que se configura protagonista en sí mismo. Esa cámara estática en su anclaje o posición y que muestra de modo contemplativo lo que sucede en la vivienda y el deambular por ella de sus personajes, con solo movimientos laterales de seguimiento, se me hace pura pose afeminada y teatralizada, para otros contemplativa y depurada.

    Los escasos encuadres exteriores son en sí mismos postales en búsqueda de importancia, dando la sensación que el discurso estético y místico deja a los propios personajes huérfanos en tanto que exceso de protagonismo del primero. Son ejecutados como instrumento de lenguaje fílmico, que le otorga a sus películas una especie de atmósfera fascinante para algunos y henchida para otros ente los que me encuentro, al tener la continua sensación de falsedad.

    Dramas y reflexiones que en sí mismas visitan aspectos mucho más planos y simples de lo que aparentan. Donde la forma de abordar ese misticismo o espiritualidad están recargados de todo menos de un discurso limpio, sustentado en la natural sencillez, pues en la forma y el fondo la pretensión está trufada siempre de declamación. Declamación que se observa en los propios personajes que más que actuar recitan, en la manera en que se vinculan entre ellos y la pertinaz homilía interior que exudan.

    Y si hablamos de los encuadres interiores, si te fijas, en todos ellos no hay naturalidad, armonía, solo se observa la predisposición sistemática y medida de postal o cuadro, donde los actores, sus movimientos relentizados (uno tiene la sensación de que deambulan como fantasmas teledirigidos para que el encuadre sea perfecto en su remilgado planificado), la colocación de los objetos, sus símbolos, falsas paredes limpias e impolutas que solo albergan en milimétrica colocación los enseres estudiados para la ocasión y que sirven de pantalla para una iluminación pictórica de un remilgado que apabulla en su teatralidad (bellísima para otros), o cualquier otro elemento están al servicio de esa tarjeta estética, quedando en muchos aspectos como ejecución acartonada y sirviente de la plástica por la plástica, en este caso estática o mortecina (es en realidad un teatro filmado, en el que esa afectación formal, interpretativa y discursiva es más lógica en el escenario, siendo en realidad Dreyer no un director de cine y sí un director de teatro que utiliza el cine para seguir haciendo teatro). Película que me resulta artificiosa, fingida, parsimoniosa, insoportablemente trascendente, amanerada y conceptualmente pobrísima al verle todas y cada una de sus enormes costuras formales y de petulante fondo.

    Entrar de lleno en la homilía moral y mística de esta película es un ejercicio para mi sencillamente imposible, pues solo me produce sopor y mala leche a partes iguales, por no decir risa, y quiero ser sincero a consta de quedar como un huérfano de la sensibilidad o un apátrida cinéfilo. Esas poses existenciales a mayor gloria de una trascendencia reflexiva que huele a naftalina y postulado decimonónico. Ese discurso religioso que lo inunda todo, con milagro final y resucitada levantándose en una disposición de escena que me produce bochorno. Y no sé si más por su simpleza intelectual o por su cándida cursilería. El tufo discursivo de homilía depauperada me resulta complicado de aceptar. Puede que todo se deba a una evidente limitación personal. Seguro, pero no puedo por menos que en un ejercicio de sinceridad poner en solfa a esta película y a su autor desde mis postulados cinéfilos. ¿Habrá alguien amante del cine que no le guste Dreyer?

    • elcriticoabulico 24 abril, 2014 a 00:06 #

      Hay influencia teatral pero está a años luz de ser teatro filmado. No veo tal rebuscamiento ni amaneramiento, sobre todo cuando lo comparas con la presunta sencillez del cine japonés, siempre tan agobiado por asuntos localistas como la ética del honor y la vergüenza o las relaciones familiares rígidas. ¿Hay cosa más afectada que esos desesperados y vociferantes intentos de suicidio (o lo que toque) por cuestiones de honra?. Por supuesto, tampoco está exento de planteamientos formales muy ligados a la sensibilidad de sus autores, totalmente identificables –algunos conducen a insufribles tostones, como lo poco que he podido ver de Mizoguchi-.
      Tampoco veo el problema, el cine también es una búsqueda estética, que aquí aunque hermosa no es ni mucho menos exagerada o chirriante, al menos desde mi punto de vista.
      Vamos, que no comprendo tanta distancia entre el amor a uno y el rechazo del otro y que te entre la risa con éste, pues son menos lejanos de lo que dices. Incluso lo que citas a propósito de las declamaciones de los actores, cuando en el cine nipón solo cabe la sobreactuación y el hieratismo, casi sin término medio. Aquí por ejemplo, Malberg está genial.
      No me interesan especialmente los discursos acerca de la fe, pero vamos, si se realizan con la calidez y la honestidad de Ordet, amén de que como digo también cabe cierto espacio a la interpretación, bienvenidos sean.
      Eso sí, entiendo perfectamente que pueda resultar aburrida. Curiosamente, yo que estoy educado en el cine contemporáneo y que tiendo a no aguantar películas de más de dos horas, no se me hizo así.

  4. altaica 24 abril, 2014 a 02:46 #

    Lo que pretendo transmitir va mucho más allá de lo que comentas sobre el cine oriental. Espero poder explicarlo si me es posible.

    Cuando digo que el cine clásico nipón parte de la sencillez y limpieza de miras, no me estoy refiriendo a su escuela interpretativa que, como bien indicas, fuerza en demasía el histerismo, histrionismo y la sobreactuación, que no la pose y la prédica, pues me refiero a que se afrontan los grandes temas del ser humano desde la sencillez, desde la falta de pretensión grandilocuente en la esencia y en la apariencia, incluso desde un lirismo casi desnudo. Para mí, casi la única manera de afrontar tales temas. Si eso mismo lo observas en Ordet es que evidentemente nuestra percepción es absolutamente divergente.

    La película de Dreyer es de una afectación formal evidentísima, pues creo sinceramente que la confección y desarrollo de la obra estilísticamente está esculpida, planteada y dibujada en la pose, en lo pictórico, en la postal, en el retrato relamido, en la búsqueda de una forma de trascendencia estilística que acompañe a la trascendencia conceptual, dramática y evidentemente teatral. Dreyer busca referencias en grandes pintores, confecciona encuadres a modo de retratos iluminados casi inanes, que sirvan para anudar la forma y el fondo. Para mi es un escenario filmado y el desenlace lo dice todo.

    Uno y otro son lo mismo, uno y otro estás planteados pretendiendo un discurso moral en la profunda homilía. En algunas escenas el perfeccionismo del retrato y de la postal lleva a Dreyer a modificar la posición de objetos que están anclados a la pared, como relojes, lleva a modificar la posición de la ubicación de personajes que estaban estáticos en, por ejemplo, sillas, y todo para que la postal afectada quede encuadrada en la obra teatro -pictórica. Los escenarios son falsos, las ventanas de la escena final son falsas, la luz es falsa, las paredes son falsas… Y eso mismo es depuración estilística para algunos, y para mi es un escenario teatral, acartonado y que se me presenta como el anticine.

    La declamación es de un obvio manifiesto y el discurso es infantil, incluso ridículo. No he leído la obra teatral en la que se sustenta esta película danesa, pero lo que muestra la película es de una simpleza que me hace admirar a los que la consideran una película compleja, pues esa complejidad no es capaz de ser vista, asimilada o captada por mis pobres neuronas.

    Y no es ya cuestión de que yo sea ateo, pues me entusiasman películas venidas desde la creencia, incluso desde la creencia más infantil, tópica y evidente. Aquí hay pretensión, vestimenta de erudición y olor de perorata. Y es ahí donde la exigencia se hace incuestionable para el espectador. ¿Qué nos cuenta Ordet?, ¿Qué pretende Ordet?, ¿Qué promueve Ordet?, ¿relexionar?, no, ¿contrastar opiniones?, no, ¿abrir posiciones y arrojar unos dados llamados duda?, no. Pretende y promueve un discurso claro y director. Su fundamento argumental es de una notabilísima prostitución. Algunos dirán que es un foco bellísimo de espiritualidad, algo que es demasiado general y universal como para aplicarlo a esta película. La fe puede afectar a muchos aspectos de la vida y su conceptualización no tiene que ser estrictamente religiosa, pues puede incluso llegar a ser una mera presunción, presentimiento o, incluso, efectos de nuestra capacidad de ilusión. Aquí no, aquí hay nuevamente pretensión y discurso dirigido. No me vale ese ambiguo valor espiritual que se le atribuye por algunos para sacarla de la cárcel estrictamente religiosa.

    Ordet es tan vulgar, superficial y epidérmica en lo que plantea como un cuento de Navidad, con la salvedad que no pretende ser un cuento de Navidad al estilo de la obra maestra de Capra, ¡Qué bello es vivir!, obras en las antípodas bajo cualquier punto de vista o análisis. Pero la traigo a colación resulta curioso que aquellos progres y ateos que descalifican brutalmente a la segunda, son sesudos y eruditos defensores de la primera, cuando esa es en el fondo infinitamente más perversa y henchida.

    ¿La historia de Ordet?, un lugar, un tiempo, una época, dos familias, dos conceptos, la familia protagonista, sus miembros, unos (ellas) seguidoras de unas creencias sustentadas en la fe sin más preguntas, desde la sencillez, otros descreídos, y el iluminado que dice ser Jesucristo. De ahí a una confrontación tan banal, simplona, evidente, previsible e infantil entre los de un lado y los del otro en el mundo del credo, para la aparición de un hecho sobrenatural, véase milagro, que mueve la balanza hacia el lado de la fe y la creencia, horriblemente plasmado en una escena que me produce, como ya indiqué en el comentario anterior, auténtico bochorno formal e intelectual. Los posible debates, discursos, enfrentamientos, análisis sobre ambos postulados o no existen o son primitivos, infantiles, y el recurso final del milagro solo pone la guinda a tan primitiva demostración. Tal que mostrar el óbito de la mujer del ateo, claro está, para así hacerle ver finalmente que su postura estaba equivocada. ¡Enhorabuena por tamaña hazaña y complejidad!, y todo en el velatorio para que el teatro tenga éxito y si es la niña y su inocencia la que promueve al chiflado para que ejerza de Jesucristo aún mejor. La patochada es redonda. La fe esta en la inocencia, en lo puro y es connatual a la esencia humana. Toma tomate. Pero qué complejidad de obra, qué nivel. Y se levanta y todo del ataúd, eso sí, lentamente y ceremoniosamente, con un boato, efectismo y cursilería de provocar bochorno. Y mientras tanto el marido ateo entrará en el mundo de los creyentes, y claro está el médico, el representante de la ciencia, abrirá los ojos y quedará maravillado, dándose cuenta que la ciencia tiene que “hacérselo mirar”. ¡Por favor! No, claro está, no hay convencionalismos, no hay afectación, no hay infantilismo, no hay simpleza, no hay mojigatería, no hay … , es todo complejo, erudito, intelectual, trascendental, místico, bello, lírico, natural e impoluto.

    Panfleto, libelo y octavilla de patio de vecinos o de opereta mal armada. Pero claro llegan los que dicen que Dreyer habla de la libertad, de ir más allá, de la ruptura de normas y líneas. De verdad que me niego a explicar más. Insisto, en serio me alegro que tanto cinéfilo le parezca una obra maestra. Yo que me la pierdo.

    • elcriticoabulico 24 abril, 2014 a 15:56 #

      No la veo tan engolada como dices, de verdad. Al menos no para inflamarse así. Su discurso admite la duda, como digo, a través de ese gesto del doctor: antes de que se obre cualquier milagro, ya ha visto algo inaudito, quizás por culpa suya (como culpa suya fue diagnosticar mal los males de la parturienta, mientras que su acierto sobre la recuperación de Johannes sí respalda su ciencia). Son todos ellos personajes falibles. La intención de su mensaje es clara, sobre todo, como dices, en lo que respecta al hijo escéptico. Pero no veo que sea un mensaje monolítico, deja espacio a cuestionar el supuesto milagro, y la fe aparecería así más como un elemento conciliador del hombre que como una obligación religiosa.
      El análisis sobre su historia me parece un poco ventajista: toda película se puede simplificar en dos líneas en base a unos sintagmas temáticos. Igual que todo viaje, y casi todo relato, es en realidad el mismo desde la Odisea de Homero.
      Pero en fin, son apreciaciones particulares que bien pueden estar equivocadas, no lo niego.

  5. plared 24 abril, 2014 a 03:38 #

    Es una película a su manera densa. Profundamente reflexiva y que tiene un aura de intelectualidad que atrae precisamente la gente que mas lejos me gusta tener.

    Pero en fin, a mi me gusta .a pesar de que reconozca que es aburrida.Aunque no la considero ninguna gran obra, si una película digna, Es que soy raro hasta para esto del cine…..Cuidaros

    • elcriticoabulico 24 abril, 2014 a 15:57 #

      No la veo tan intelectual. Yo le encuentro una honesta calidez emocional. Lo de que sea aburrida, pues es innegable. No es de los montajes más veloces de la historia, no.

  6. Walder Messin 26 abril, 2014 a 04:55 #

    Me la apunto, que ya sabrás que me he propuesto este año leer un poco mas y menos cine, pero creo que no lo lograré. Culpa del blog este (risas)

    Feliz fin de semana.

    • elcriticoabulico 26 abril, 2014 a 10:48 #

      ¡Leer y ver pelis son actividades perfectamente compatibles, Walder, hombre! ¡Feliz fin de semana de lectura y visionado!

      • Walder Messin 26 abril, 2014 a 19:22 #

        Mucho me temo que tiene usted razón. Va un saludo.

      • elcriticoabulico 27 abril, 2014 a 19:21 #

        Se agradece el saludo y se devuelve.

  7. Ana Gontad 27 abril, 2014 a 21:53 #

    Estoy obsesionada con esta peli, como dice Sergio, hermosa y sobrecogedora.

    También es casualidad, yo estoy escribiendo sobre Dreyer y su relación con el arte. ¿Se dreyeriza el ambiente?

    Muy bueno 🙂

  8. altaica 4 mayo, 2014 a 23:38 #

    Por cierto ayer vi en TVE 2 una entrevista a un musicólogo que elegía la mejor escena de la historia del cine, y citada y analizaba el famoso desenlace de “Ordet”, indicando que en realidad la mujer no está muerta, estaba en estado catatónico, que el iluminado pedía la palabra para darnos a comprender a todos que esa palabra representaba la poesía en la literatura, y que la habitación había sido desnudada de muebles para representar simbólicamente un altar, siendo toda esa representación el proceso que utiliza Dreyer para significar que el cine es la máxima expresión de ordet, de la poesía. ¡Toma tomate!, y yo que no lo sabía y no me daba cuenta. Es que no capto, no capto, no capto…

    • elcriticoabulico 5 mayo, 2014 a 00:48 #

      Con lo de la catatonia puede estar en lo cierto, y serviría para dar sentido a parte de lo que expreso en comentarios anteriores. Respecto a eso de “la palabra”, ya no capto tanto el sentido de lo que quiere decir este señor musicólogo.

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