Campanadas a medianoche

17 Feb

Especial Orson Welles en Cine Archivo. Como es lógico, al chaval de Ávila le corresponde comentar Campanadas a medianoche, rodada en la ciudad de las murallas (además de revisar Una historia inmortal).

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“Orson es en gran manera un rey destituido. Un rey destituido no porque le echaran de su propio reino, sino porque en este mundo, tal como están las cosas, no hay un reino lo suficientemente grande para Orson Welles.”

Jeanne Moreau

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Campanadas a medianoche

.Campanadas a medianoche.

Año: 1965.

Director: Orson Welles.

Reparto: Orson Welles, Keith Baxter, John Gielgud, Tony Beckley, Patrick Bedford, Margareth Rutherford, Jeanne Moreau, Norman Rodway, Fernando Rey, Alan Webb, Walter Chiari.

Filme

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            Orson Welles debatía su pasión quijotesca por el séptimo arte contra las insensibles imposiciones del dólar, encarnadas por la tiranía de los productores así como por el conflicto entre la independencia y megalomanía imposible de sus aspiraciones y las estrecheces financieras que caracterizaban a sus proyectos, frecuentemente parcheadas por medio de un sinfín de cameos, colaboraciones e interpretaciones alimenticias en sentido estricto.

Con los ánimos cada vez más maltrechos por décadas de insatisfacciones, sinsabores y desprecios, Welles, uno de los más grandes amantes de William Shakespeare que hayan poblado el cine, se refugiaba en el calor redentor del Bardo de Avon para alumbrar un nuevo proyecto cinematográfico, acariciado ya durante su etapa teatral en la compañía Mercury: una ambiciosa obra que amalgamase los textos de Ricardo II, Enrique IV, Enrique V y Las alegres comadres de Windsor por medio de la carismática figura de John Falstaff; un regalo interpretativo que el propio Welles había agradecido sobre las tablas en 1939 y 1960 con Five Kings y Campanadas a medianoche respectivamente. De hecho, el filme tomará el título de la segunda de ellas.

            Tras una intentona inicial de coproducción italo-yugoslava, Campanadas a medianoche recaería en manos españolas y suizas gracias al decisivo papel de Emiliano Piedra, admirador confeso del genio de Wisconsin. Por esta razón, el rodaje se trasladaría a Madrid y el casco antiguo de varias ciudades castellanas como las identificables Pedraza y Ávila. Con intención de contrarrestar la modestia económica y el riesgo monetario de la apuesta, Welles trataría de filmar de manera paralela una versión de La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, si bien ésta nunca llegaría a buen puerto, en parte por la gran energía derrochada en dar cuerpo a la presente cinta.

Y es que Campanadas a medianoche es un acto personal de amor que supera todo tipo de limitaciones. Orson Welles, metido en las pantagruélicas carnes de Falstaff, infunde a la película su inconfundible aliento, su ánimo irreductible y su sensibilidad particular. La mirada del cineasta y actor se funde con la del extraordinario personaje shakesperiano, un loco cuerdo que, a través de su malentendida locura –hedonista irredimible, ególatra, fanfarrón, sarcástico, indolente, lenguaraz, bufón y cobarde- desenmascara la sinrazón, el absurdo y la miseria auténtica que gobierna la existencia humana. Detrás de la histriónica grandilocuencia de su discurso, inflada la mayor de las veces, lúcida, certera y lacerante otras tantas, se esconde la inmensa sombra del propio Welles: un hombre generoso e incontenible pero consciente de su condena a la marginalidad y la incomprensión perpetua, que apura los que siente como sus últimos días con una honestidad inquebrantable hacia su modo de entender la existencia. La alegría de vivir, la humillación que impone el orden establecido e incomprensible, la muerte que todo lo alcanza. Pesimistas conceptos que impregnan, palpables, los fotogramas; nunca dichosos por entero, descreídos y sinceros hasta en los momentos más solemnes.

            La relación entre este Fasltaff tan wellesiano y Hal, el díscolo Príncipe de Gales, configura el eje alrededor del cual gravitará la evolución del relato. Es una amistad aprovechada por ambas partes, deshonesta y entregada en igual medida –Fasltaff imagina un presente y futuro de riquezas; Hal aspira a deslumbrar a su padre y su pueblo con una estudiada redención personal-. Una entente en la que se intuye no obstante cuál de las dos mitades es la que saldrá perdiendo del pacto, tal es la naturaleza trágica y perdedora del personaje, detonada en un desenlace conmovedor que fusiona a golpes orgullo paterno, humanidad corajuda, desolación desgarrada y, aun así, una excepcional nobleza a uno y otro lado de la balanza.

Interpretado con acierto por Keith Baxter, el príncipe ejerce por voluntad propia de bisagra entre la desconchada y mugrienta fonda y lupanar de la señora Quickly (Margareth Rutherford, experta actriz shakesperiana), desde la que organiza sus correrías nocturnas, y el frío, austero y majestuoso palacio-fortaleza desde el que reina su padre, un crepuscular y torturado Enrique IV con el rostro frugal de John Gielgud, otro veterano intérprete del dramaturgo inglés.

Esta dicotomía forma parte de su autoimpuesto y concienzudo aprendizaje como monarca venidero: sin olvidar su naturaleza de soberano –tétricas son las pullas ocasionales que dedica a sus compañeros de parranda-, pretende conocer la perspectiva del mundo desde los ojos limpios y afilados de los hombres de verdad. De ahí el contraste entre Hal y el príncipe que podía ser, el rebelde Henry Percy, un caballero valiente y sanguinario encadenado a su concepción épica y belicosa de las necesidades del gobierno, la existencia terrena y a gloria postrera. Welles, en sus funciones de Falstaff tras las cámaras, se deleita reflejando en el ridículo del bravo Percy, un títere en manos de su traicionero tío Worcester (el español Fernando Rey), pregonado por una risible fanfarria de trompas, inexplicablemente estoico frente a las atractivas tentaciones de la carne y preso de una histeria enfermiza por el combate que, al fin y al cabo, es lo que le conducirá a su cruel perdición: huérfano de posteridad, como cualquier otro caído en lid, con dos pies de cieno sobre su cadáver abandonado al olvido.

La danza muerte, que iguala al poderoso y al pobre, al héroe y al villano, al osado y al temeroso. Ya lo veíamos en Charles Foster Kane, el hombre de la centuria que, finalmente, vería con impotencia cómo su asombroso Xanadú no era sino otro castillo en el aire.

            El horror de la batalla, la inutilidad de la victoria heroica en definitiva. Tras diecisiete minutos de lucha entre el barro y la niebla, el puro espectáculo de las imágenes se ha ido fundiendo en medio de la vorágine con la decepción más profunda. Esta extensa escena bélica supone una de las cimas del talento técnico de Orson Welles. Diez días de filmación y seis semanas de trabajo en la sala de montaje que dan como fruto seis minutos de metraje y 392 planos distintos capaces de arrollar al espectador por su soberbia potencia visual y de estremecerlo por la sensación de desesperación que logra transmitir su ritmo interno, compuesto por una progresión de planos cada vez más breves, veloces, sucios y desordenados.

            Y donde no alcanza el presupuesto, llega el entusiasmo narrativo de Welles. Arropado por su constante experimentación y depuración estilística, el cineasta desarrolla un poderoso juego con los espacios y la ambientación. Ejemplos son la imponente y sobria mole del castillo, la trascendencia que evocan los rayos de luz que penetran desde lo alto por los escuetos ventanales, la decrepitud de las estancias donde reposan de sus aventuras Falstaff y sus compinches, el prolijo uso del contrapicado para investir de presencia y dignidad a los personajes, el rotundo dominio del tamaño y la perspectiva en la composición del fotograma, producto del afortunado empleo de andamios construidos con este objetivo de puesta en escena y, al mismo tiempo, con el fin de hurtar la aparición de elementos anacrónicos del entorno.

            Quizás las inevitables irregularidades de este caos y contraste entre medios y ambición deje su huella -aparte de en el aspecto abrupto de la continuidad de la historia-, en el cierto deje redundante que sucede a la mencionada batalla de Shrewsbury, tras la cual se insiste de nuevo en esa dualidad interna del príncipe ya suficientemente demostrada. Sin embargo, sería injusto hacer sangre de estos defectos impuestos por las innobles exigencias de lo crematístico. El sentimiento que impregna el filme, la fuerza expresiva de sus imágenes y su enjundia dramática son muestras de una creatividad innegociable que tan solo se verá vencida por la simple mezquindad.

            Campanadas a medianoche cosecharía unas estimables cifras en taquilla y se coronaría con el premio del Jurado en el festival de Cannes. En cambio, supondría el penúltimo largometraje de Orson Welles; el último estrenado en una sala de cine.

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7,5.

4 comentarios to “Campanadas a medianoche”

  1. antoniomartingarcia 17 febrero, 2014 a 17:52 #

    Una película de una majestuosidad insultante. Lo que más me impresionó de ella es, sin duda, la batalla Shrewsbury, según tengo entendido, rodada en la Casa de Campo de Madrid.
    La crítica, magnífica.

    • elcriticoabulico 17 febrero, 2014 a 22:42 #

      A mí me apasiona esa mezcla de vitalidad y melancolía que desprende. Muchas gracias por tus palabras, Antonio.

  2. plared 18 febrero, 2014 a 04:32 #

    Una película sucia, todo en ella desprende cutrez. Extraña y digna de un genio. A ratos espectacular otros para dormirse, lo dicho la obra de un genio

    Y si,, se rodó en la casa de campo….La verdad es que en aquella época muchas superproducciones tenían como destino nuestro país…..Cuidaros

    • elcriticoabulico 18 febrero, 2014 a 15:40 #

      Sobre todo aquellas de Samuel Bronston. Ésta, aunque espectacular en escenas como las de la batalla, no la consideraría una superproducción. Más hubiera querido Welles, acosado por la falta de recursos…

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