El carnicero

23 Nov

“El mayor crimen está ahora, no en los que matan, sino en los que no matan pero dejan matar.”

José Ortega y Gasset

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El carnicero

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El carnicero.

Año: 1970.

Director: Claude Chabrol.

Reparto: Stéphane Audran, Jean Yanne.

Tráiler

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           Si algo hay que reconocer a los ‘auteurs’ surgidos de la Nouvelle Vague es su absoluto desprecio hacia las normas, las tradiciones y las fronteras establecidas del cine. En el caso de Claude Chabrol, esta premisa le llevaría películas después del nacimiento de la corriente -años más tarde incluso de ser calificado de traidor a la misma por rodar películas policíacas “comerciales”- a construir una cinta sobre un asesino en serie en la que prácticamente se prescinde de plano de la creación de tensión física por medio de la acción, del todo ausente en el metraje.

Una tercera vía esta, con preponderancia de la introspección mental y sensible de definirse como una naturalista, contenida y triste versión de La bella y la bestia, que se planta en firme frente a las propuestas de ese subgénero del ‘slasher’ que podría retrotraerse a Psicosis, también popular en el momento gracias al ‘giallo’ italiano, o al estudio más próximo al realismo documental propuesto por Richard Fleischer en la pionera El estrangulador de Boston.

            En El carnicero, el desasosiego cala poco a poco en el fuero interno, casi desapercibido, a través de juegos psicológicos de sospecha que atenazan progresivamente al público, asimilado a la figura de la protagonista. En consonancia, la atmósfera del filme, ambientado en un pueblecito del Périgord francés, es verista, cotidiana y hasta apacible. En este contexto, los escabrosos homicidios de inocentes jovencitas quedan insertos como un capítulo pintoresco destinado al chisme de patio de vecinos, considerados poco menos que una llamativa ficción para una población en su mayoría ajena al suceso y que se escandaliza con la anécdota a la vez que permanece inmune o impasible frente a la sangrienta realidad de su país y del mundo –cosa que el apesadumbrado Popaul conoce de primera mano a causa de su experiencia en el ejército colonial-.

Sin embargo, la amenaza flota inadvertida en el aire. Su malsana presencia tan solo se intuye por medio de situaciones sutiles en las que desempeña un papel fundamental la interpretación suspicaz por parte de la imaginación desconfiada del espectador, si bien con la ayuda de los chocantes incisos de una banda sonora que, con un par de puntuales acordes, perturba de manera ocasional pero perceptible el tono costumbrista que gobierna la mayor parte del metraje. Paradójicamente, la calma chicha hipnotiza e incentiva la intriga inherente al relato, cuya resolución consigue despertar una extraña y fascinante mezcolanza de inquietud y compasión.

            Siempre consecuente con su sensibilidad personal y sus temas recurrentes, y de igual modo que ya había apuntado en Landrú, otro retrato íntimo de un ‘serial-killer’, Chabrol emplea la figura del psicópata para revelar la atroz descomposición moral de la burguesía francesa, víctima de la crisis de la institución familiar y de las terribles secuelas dejadas a su paso por las infaustas guerras del fin del Imperio, al mismo tiempo que, a través de las significativas pinturas rupestres capturadas en los títulos de crédito, parece apuntar también al acto de matar como una pulsión atávica indisociable de la naturaleza humana.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

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