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Verano del 42

20 Nov

“El cine me ha permitido experimentar cosas que aún no había probado durante mi vida. Por ejemplo, rodé mi primera escena de cama cuando todavía era virgen. Tenía 13 o 14 años, y mi primera experiencia amorosa tuvo lugar con 25 personas delante.”

Diego Luna

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Verano del 42

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Verano del 42.

Año: 1971.

Director: Robert Mulligan.

Reparto: Gary Grimes, Jennifer O’Neill, Jerry Houser, Oliver Conant, Katherine Allentuck, Christopher Norris, Lou Frizzell.

Tráiler

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            Cualquier tiempo pasado fue mejor. La nostalgia vende. De igual manera que en la actualidad se ruedan películas ‘revival’ de los ochenta y de que a buen seguro la moda noventera se reimpondrá a lo largo del próximo lustro, durante la década de los sesenta y los setenta el cine de Hollywood, en plena reconversión industrial para afrontar los embates de la televisión y los videocasetes, apostaban por explotar la nostalgia de épocas pretéritas como acicate para la venta de entradas. Ahí encuentran su contexto cintas como El gran Gatsby, Luna de papel, Tal como éramos o American Graffiti.

             Un par de años anterior a todas ellas, Verano del 42 supondría un rotundo éxito de taquilla y se convertiría en una de las obras más populares de su director, Robert Mulligan, quien precisamente ya se había retrotraído en el tiempo para filmar su película más prestigiosa, Matar a un ruiseñor.

             Así las cosas, Verano del 42, película sobre el rito iniciático que supone el descubrimiento del amor por parte de un adolescente de vacaciones en el mar, es una película deudora de su momento. Dado que su argumento explota situaciones que permanecerán reconocibles todavía hasta dentro de otros veintiún siglos –la azarosa búsqueda del primer magreo, el torpe acercamiento al primer flechazo, la vergüenza de ir a comprar condones a la farmacia-, hay determinadas escenas que siguen despertando una contagiosa empatía, mientras que otras tantas se muestran en cambio bastante vistas y predecibles.

En este sentido, se agradece el encanto de los actores adolescentes y, obviamente el incuestionable magnetismo de Jennifer O’Neill como musa del deseo (¡quién pudiera!).

              Cabe destacar el empleo que Mulligan, arropado por la fotografía de Robert Surtees, hace de la característica bruma de la costa californiana, recurso idóneo para envolver en un halo onírico las secuencias románticas, a caballo entre la fantasía y el recuerdo embargado por la alteración emocional. Menos acertado resulta el clímax amoroso de la cinta, un atentado contra la credibilidad y particularmente ofensivo para cualquiera –es decir, el 90% del público masculino- que haya tenido la oportunidad de disfrutar/padecer un trance similar.

Y eso que la película se basa en unas memorias, caramba.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6.

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