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Shame

5 Nov

“En el cine, las mujeres suelen pasearse desnudas por la pantalla mientas que el hombre siempre conserva sus pantalones convenientemente puestos. Es algo que a mi madre le sacaba de quicio, se quejaba de que las mujeres eran las que siempre tenían que desnudarse. Así que Shame la he hecho por ti, mamá.”

Michael Fassbender

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Shame

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Shame.

Año: 2011.

Director: Steve McQueen.

Reparto: Michael Fassbender, Carey Mulligan, Nicole Beharie, James Badge Dale.

Tráiler

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            Creo que era Klaus Kinski -que del tema sabía un rato-, quien sostenía que los vicios son la medida del hombre. En tal caso, el bueno de Brandon (Michael Fassbender), protagonista de Shame, iba a quedar bastante mal parado en vista del saldo total de su vida.

Si en su celebrada Hunger Steve McQueen describía con un contradictorio refinamiento estético la atroz degradación anatómica de Bobby Sands -recluso del IRA provisional embarcado en una funesta huelga de hambre-, en Shame, a pesar de la gran influencia de lo físico y su elaborado reflejo en pantalla, es en cambio la absoluta degradación moral de un adicto al sexo la que vertebra la función.

            Más que al guion -que también-, el filme pertenece a su atmósfera, a las profundas y turbadoras sensaciones que es capaz de despertar. Ésta es el fruto compartido de la apabullante técnica visual de McQueen -elemento fundamental para trazar e insuflar vida a las líneas maestras que definen a los personajes y su contexto existencial-, y de la imponente presencia de Fassbender, dueño de una interpretación llena de sutiles matices y de soterrada pero vibrante intensidad, hábil a la hora de librar a su difícil y compleja creación de los lugares comunes transitados habitualmente por este tipo de papeles obsesivos y de gran exigencia personal.

             Nos encontramos ante el retrato de un hombre que ha convertido lo que algunos califican como el culmen de la expresión física del amor –el sexo- en una pulsión salvaje y deshumanizadora. Brandon es un tipo con las emociones arrancadas de cuajo, incapaz de expresar o transmitir sentimiento alguno más allá de su lascivia. No digamos ya amar.

Shame no es por tanto un filme que abunde en el estudio psicológico de un sátiro compulsivo, sino una crónica sobre la agonía moral y emocional de un individuo que, desde su apariencia pulcra y exitosa y su interior enfermo y putrefacto, bien podría servir como metáfora del signo de unos tiempos en los que las relaciones afectivas se hallan en todo momento determinadas por el cinismo, la gelidez y artificiosidad –pocos personajes pueden percibirse como esencialmente positivos, a tenor de sus acciones-.

            Autor dotado de una voz propia e intransferible, McQueen invita al espectador a acompañar a su maltrecha criatura a lo largo de su espiral autodestructiva, certificación de una condena inapelable y en la que cualquier intento de redención –la condescendencia hacia su también desamparada hermana, el bienintencionado comienzo de un romance “normal”- está destinado a resultar infructuoso por definición.

            Shame propone un celuloide construido sobre la angustia, donde las relaciones privadas se advierten siempre cargadas de tensión y ambigüedad. A partir de esa sórdida, obsesiva y desolada presentación inicial de Brandon a través de un lóbrego trayecto en metro, McQueen va incrementando la presión sobre el asfixiante escenario a medida que avanza el metraje. La insoportable claustrofobia que impregna una conversación de espaldas, descerrajada ante una televisión sin enfocar, establece un devastador punto de no retorno.

            Película arrolladora, dura y sin concesiones, incluso el cierto arranque melodramático y quizás un tanto moralista del desenlace queda atemperado por medio de esa especie de desasosegante y tenebroso final abierto.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8,5.

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