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Hijos de los hombres

19 Oct

“Ésta es la primera época que ha prestado mucha atención al futuro, lo que no deja de ser irónico, ya que tal vez no tengamos ninguno.”

Arthur C. Clarke

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Hijos de los hombres

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Hijos de los hombres.

Año: 2006.

Director: Alfonso Cuarón.

Reparto: Clive Owen, Clare-Hope Ashitey, Julianne Moore, Michael Caine, Chiwetel Ejiofor, Charlie Hunnam, Peter Mullan, Oana Pellea, Danny Huston.

Tráiler

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             La mejor ciencia ficción no es aquella que imagina escenarios y universos imposibles, producto de una imaginación febril y desbordada, sino aquella que disecciona el mundo presente a través de su reflejo debidamente deformado y proyectado por medio de una situación irreal pero por completo verosímil. En cierto sentido, Hijos de los hombres podría calificarse como una película ‘europea’ de ciencia ficción, en la que toda espectacularidad técnica y visual queda supeditada a la introspección reflexiva, al desmenuzamiento crítico de un tema trascendente.

             El futuro que en el filme presenta Alfonso Cuarón es un futuro compuesto por imágenes capturadas del presente más rabioso, fotografías de una realidad contemporánea dolorosa pero ignorada por puro desinterés o por simple cotidianeidad, acumuladas y expuestas para conformar en su conjunto un apocalipsis creíble, mísero, oscuro, frío, repleto de cenizas, mugre, humo y muerte.

Aun realizada en tiempos previos a la crisis económica de 2008, no cuesta demasiado imaginar ese fascismo blando -basado en ese nacionalismo que agita la bandera, la xenofobia y la lucha contra un presunto terrorismo para constituir y legitimar su dudoso poder-, enquistado en el gobierno de un Reino Unido que, en la desesperación de su agonía tras 18 años de infertilidad del ser humano, ha decidido sustituir egoísmo y cerrazón por todo viso de solidaridad o cualquier otro valor humano o social básico.

            En un sublime ejercicio de atmósfera, Cuarón impregna esa infertilidad que amenaza la supervivencia del hombre a lo largo de un escenario dominado por el lodo y la ruina, los tonos plomizos y el ambiente desapacible, así como sobre unos personajes sentimentalmente mortecinos, embarcados con resignada pesadumbre en su irremediable extinción. El filme formula así una denuncia airada y preclara del impenitente conformismo que caracteriza a la sociedad contemporánea, inmune o desentendida en su banal estupidez de los manifiestos y vehementes avisos que advierten su propio final.

            Hijos de los hombres rehúye en todo momento del exhibicionismo barato. Si bien su empleo del simbolismo es un tanto evidente, la película prescinde de arteros fuegos artificiales e incluso de chantajistas primeros planos: su sobrio pero agrísimo discurso queda expresado a través de sutiles detalles que salpican los diálogos y el telón de fondo de la trama. Mientras tanto, la cámara de Cuarón, libre en sus movimientos, con primacía de unos extensos y poderosísimos planos secuencia gracias a la hábil utilización de la steadycam –lo que no merma la complejidad y el refinamiento artístico de la puesta en escena-, desarrolla una mirada equivalente a la del espectador neutral, encerrado en una pesadilla vívida y aterradora, confuso, desvalido, atemorizado.

En consecuencia, el desgarro y la violencia se registran desde la lejanía. En su progresiva intensidad emocional y dramática, también los momentos más agresivos y perturbadores del filme quedan reflejados “desde fuera”, sin énfasis o subrayado, en su mayor parte sin una banda sonora que cuando aparece es para introducir etéreas notas de íntima espiritualidad, las cuales se dirían fuera de lugar en semejante contexto argumental.

            El efecto de tan arriesgada elección estilística es devastador: la sensación de normalidad y de impotencia que rodea a tan execrables acciones revuelve el estómago y pone los pelos de punta. En contraposición, el esperanzador nacimiento del bebé, coreado por amenazadores ladridos de perro en una tremebunda Babel, y la exposición del mesiánico recién nacido ante ese reducto de alimañas en eterna y mutua depredación, consigue explosionar una conmovedora avalancha de sensaciones encontradas.

Hasta el habitualmente inexpresivo Clive Owen realiza una impecable interpretación de un arquetipo un tanto más tradicional (el George Taylor de El planeta de los simios podría servir como precedente): el del individuo pesimista y desengañado que, mediante su último e insospechado acto de bondad humana, abre una puerta para la redención de su mezquina especie.

 

Nota IMDB: 7,9.

Bota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 9.

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