Archivo |

Whisky

13 Oct

“Muy pronto los directores que no estén dentro de Hollywood tendrán muchos problemas, porque el espectador no entenderá la clase de cine que se aparta de los cánones establecidos por la industria.”

David Cronenberg

.

.

Whisky

.

Whisky.

Año: 2004.

Directores: Pablo Stoll, Juan Pablo Rebella.

Reparto: Andrés Pazos, Mirella Pascual, Jorge Bolani.

Tráiler

.

            El cine, como creación destinada a su disfrute en la intimidad colectiva de las salas, en pantalla grande y a oscuras, ha olido el miedo que supuran sus propias heridas, graves llagas con mal pronóstico de sanación. En su histérica espantada, la producción cinematográfica ha tomado caminos emprendidos ya en el pasado: la apuesta por el mayor espectáculo del mundo, la magia megalómana que no tiene cabida en el plasma del salón y mucho menos en la pantalla del ordenador portátil. El más difícil todavía en efectos especiales, el solemne (y costoso) formato en tres dimensiones.

No poseo los conocimientos adecuados para determinar el futuro triunfo o fracaso de dicha tendencia. Sin embargo, no creo que sea beneficioso que este tipo de productos descomunales conduzcan a dejar en la cuneta a otras películas más pequeñas y delicadas, promocionadas con menos medios, pero capaces de reconciliar al espectador con la vieja y maltratada pasión por contar una historia: el núcleo verdadero de este arte o negocio, según cada cual. A pesar de que éstas no ofrezcan material suficiente para armar un impactante tráiler lleno de ruido y furia, mundos fantásticos a la espera de ser explorados, chistes de manual o -dado que en Whisky nos encontramos ante un (mínimo) drama romántico-, besos encendidos e inspiradores.

            El terreno que transita Whisky es el de la prosaica realidad, compartida por personajes terrenos abrumados por preocupaciones cotidianas aunque abisales y turbadoras si se miran con detenimiento, con conocimiento de causa y, sobre todo, con la más elemental empatía. No es el material en el que se forjan los sueños, pero sí aquel que sirve para despertar emociones naturales y reconocibles, para recorrer con deleite esa inabarcable pátina de sensaciones humanas que alberga desde la tristeza a la alegría, de la calidez a la frialdad, de la soledad más desoladora a la siempre imperfecta pero redentora realización sentimental.

            Whisky, crónica del encuentro fortuito y fugaz entre dos viejos desconocidos, el patrón de una fábrica de medias y su empleada, improvisado e imaginario matrimonio pactado ex profeso para la visita del hermano del primero –también patrón de una fábrica de medias, si bien en Brasil, y alejado de la familia desde hace años-, es una de estas marginadas pero vivificantes excepciones.

            Se trata de una película en la que la evolución dramática de sus protagonistas –un proceso íntimo en todo momento- no queda expresada mediante palabras. Ni siquiera a través de la conmoción de sus ojos. Es un cúmulo de reacciones implosivas, descritas apenas por temerosas miradas de soslayo, un leve toque de maquillaje, una flexión de voz que insinúa la sombra de unos insospechados celos, un gesto de apariencia trivial pero atípico en la condición de los protagonistas, las tenues luces que creen intuirse en la cenicienta rutina, un objeto inesperado de deseo, la hilarante y malévola irrupción de la ironía y el absurdo,…

Sutilezas que completan con asombrosa precisión el contexto existencial de los individuos que transitan el relato, las cicatrices de su pasado y su evolución pareja a los en principio intrascendentes acontecimientos.

Desprovisto de cualquier falaz concesión a las fantasías de celuloide barato, su argumento se diría austero y sencillo cuando en realidad es arrollador, complejo e intenso; muy complicado de acometer con éxito. El choque entre la esclerosis emocional del viejo judío, sin nada que decir ni nada que sentir -no se sabe a ciencia cierta si a causa de una barrera traumática que lo lastra, por su extracción sociocultural o por su misma naturaleza-, y su esforzada esposa postiza, desbordada por profundos y sordos anhelos sin confesar, da cabida a la realización de unas utopías tan modestas como ilusionantes y efímeras.

            La puesta en escena de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, exacta y elocuente, conforma un personaje más del filme, soterrado pero esclarecedor, en perfecta armonía con un reparto inconmensurable en el que Mirella Pascual brilla con luz propia. Es un telón de fondo en el que nada funciona a la primera, un universo encadenado a un ciclo grisáceo y mecánico, ajado, mustio y decadente, que se sume con melancolía en la autoconmiseración mientras decide ignorar, a propósito o por pura e irremediable oxidación, los tímidos e inesperados rayos de sol que asoman por entre sus resquicios.

Una discreta maravilla.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8,5.

A %d blogueros les gusta esto: