Asalto al poder

10 Oct

El artículo original, en el tercer capítulo de El Piniculista. Digo El Peliculista.

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“- En la realeza hay dignidad, majestad, lo que excluye la posibilidad de un asesinato. Verá: si usted apuntara con un revolver a un rey o una reina, su mano temblaría como un flan.

– ¡Yo nunca apuntaría a nadie con mi revolver!

– Siempre es una buena política, muy buena. Pero si lo hiciera, le aseguro, si lo hiciera, que la visión de la realeza le obligaría a abandonar toda idea de derramamiento de sangre. Se quedaría… ¿cómo describirlo? Extasiado. Ahora bien, ¿un presidente? ¡Oh, por favor! ¿Por qué no disparar a un presidente?”

Bob el inglés (Sin Perdón)

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Asalto al poder

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Asalto al poder.

Año: 2013.

Director: Roland Emmerich.

Reparto: Channing Tatum, Jamie Foxx, Maggie Gyllenhaal, Jason Clarke, Joey King, Richard Jenkins, James Woods.

Tráiler

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          Desde la teoría del cine, se suele distinguir a dos tipos de creadores. A grandes rasgos, estaría por un lado el autor -aquel que pretende imponer en sus obras un estilo intransferible y una concepción propia del mundo-, y por otro el artesano -cineasta que por lo general somete sus ambiciones artísticas a la narración del relato, en su mayor parte a través de proyectos de encargo y con mayor o menor calidad en la ejecución de su labor-. Sin embargo, la política de realización del Hollywood contemporáneo permite distinguir una tercera personalidad: el obrero industrial especializado en pirotecnia. Tipos como Michael Bay que se aferran con tanta convicción a una fórmula de cine-espectáculo que, repetida hasta la saciedad, incluso podría hacer vislumbrar unos códigos de facturación tan definidos como inamovibles. Estilo para unos, calco insípido para otros.

Además de Bay, Roland Emmerich aparece como otro de los principales nombres dentro de esta categoría de películas que en la década de los noventa el escritor David Foster Wallace, tan de moda hoy en día, tuvo a bien denominar “porno de efectos especiales” (por su estructura habitual de efectos especiales-descanso-efectos especiales-descanso-…), una de esas argucias de Hollywood ideadas con el fin de hacer que el espectador levante el culo del sofá del salón y lo desplace hasta las salas de cine en pos de disfrutar de un show desorbitante que en la pequeña pantalla de la televisión se vería en cambio muy disminuido. Taquillazos como Independence Day, Godzilla, El día de mañana o 2012 avalarían aquí el estatus del director alemán.

          Toda esta divagación sirve para afirmar que Roland Emmerich no engaña a nadie con sus productos. Uno es consciente de lo que puede o no puede esperar de ellos, y si acude a consumirlos es conocedor de antemano del sabor exacto que tendrán de los mismos.

Asalto al poder no es una excepción a la norma. Un honrado ciudadano de a pie –encarnación de la inquebrantable determinación individual, la verdadera fuerza que hace grande a Estados Unidos; depositario del sueño americano en potencia- habrá de mutar en superhombre para salvar al Presidente, rostro de la nación, de un infame ataque terrorista.

Una misión imposible que, como mandan los cánones, posee una doble vertiente de reivindicación: la profesional, en la que el protagonista ha de despojarse de una prejuiciosa e injusta etiqueta de perdedor, y la personal, donde deberá recuperar su merecida categoría de cabeza de familia recobrando en amor de su hija –una adolescente que, como no podía ser de otra manera, le odia por no haber acudido a su importantísimo concurso de talentos de la escuela-.

          La construcción de personajes se reduce al cliché para no entorpecer con incómodos matices o sorpresas la fácil comprensión del ya de por sí prefabricado y predecible devenir de la historia. Una medida a todas luces innecesaria, dado que Asalto al poder no se saldrá en ningún momento del sota, caballo y rey.

Después de la esencial introducción de la trama -de la que no obstante cabría esperar mayor concisión-, destinada a establecer las líneas básicas del contexto dramático y sus personajes, la agitación y el ruido incesante preceden a adueñarse del metraje, salpimentado de vez en cuando con chistes de toda la vida, ciertos toques satíricos de irregular fortuna y alguna picarona autocita del propio Emmerich –la alusión a su querencia por hacer explotar la Casa Blanca-.

Así pues, la engorrosa excusa para el estallido de los fuegos artificiales adquiere en este caso la forma de un pálido trasfondo argumental en el que se hallan trazas del trauma post 11S –el enemigo atomizado e indetectable, la destrucción violenta de los símbolos norteamericanos- entremezcladas con un mensaje pseudopacifista –acusaciones contra la industria armamentística, Jamie Foxx en la piel de un émulo del dialogador Barack Obama-, debidamente contrarrestado, como es natural, por el hecho de que todo el peso heroico del relato quede depositado sobre los robustos y atractivos hombros del noble, obediente e imprescindible soldado raso, viga maestra sobre la que se sustentan los valores morales y la estabilidad sociopolítica del país.

Al fin y al cabo, no deja de ser un improvisado discurso sobre la necesaria asunción del sacrificio patriótico, dolorosas cicatrices aceptadas con estoicismo y entereza por el héroe –un veterano de Afganistán con sus vínculos familiares seriamente dañados- y mal admitidas por el villano –un padre atormentado por la muerte de su hijo-, lo que aproximaría el escenario del filme al de otras cintas del ramo como La Roca.

          En definitiva, carente de cualquier aspiración de trascendencia u originalidad, Asalto al poder se encomienda sin complejos ni vergüenza –y con honestidad, cabe decir- a su condición de blockbuster catastrófico y palomitero con la acción y los efectos especiales como incuestionable razón de ser.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 4,5.

4 comentarios to “Asalto al poder”

  1. Dessjuest 10 octubre, 2013 a 21:59 #

    A mí me aburren un poco este tipo de pelis, quizá porque no voy al cine a verlas y en pantalla pequeña lo que dices, pierden bastante, aparte de que Emme es un etnregado al tópico más típico, a la manipulación interesada, “El Patriota” es claro ejemplo, no es de efectos especiales pero ahí repite todos sus cantadas más recurrentes.

    ¿Este no es el de 10.000?, menudo bodrio 🙂

    • elcriticoabulico 11 octubre, 2013 a 11:31 #

      Sí, es el director de 10.000. Y yo tampoco sé cómo no le quitaron el carnet de director después de eso.

      • Triste Sina 11 octubre, 2013 a 16:21 #

        Un tiro en la nuca es lo que se merece. Yo he visto un par de catastróficas “el día después” (?) y otra que no recuerdo, igual de tirada por los pelos. Nunca mais.

        • elcriticoabulico 11 octubre, 2013 a 20:10 #

          Sí, es un adolescente al que la industria le encarga jugar con petardos. Se lo pasará de lo lindo y cobrará mucho por ello, seguro, pero tampoco se preocupa demasiado de aportar algo que se salga por encima de sus efectos especiales, adosados siempre a un esquema predeterminado. Seguro que tiene los guiones guardados en una plantilla del Word y solo les cambia el título, nombre de los personajes y el escenario.

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