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Muerde la bala

1 Oct

“A todo el mundo le gustan los westerns. Hay algo de fantasía sobre un hombre luchando contra los elementos, o los villanos y los elementos. Era una época sencilla, sin leyes reguladas.”

Clint Eastwood

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Muerde la bala

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Muerde la bala.

Año: 1975.

Director: Richard Brooks.

Reparto: Gene Hackman, Candice Bergen, James Coburn, Ben Johnson, Ian Bannen, Jan-Michel Vincent, Mario Arteaga, Robert Donner, Jean Willes, Dabney Coleman.

Tráiler

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            El Oeste de Richard Brooks es inevitablemente triste y melancólico. Los profesionales y Muerde la bala son westerns tardíos protagonizados por personajes en extinción, apartados a la cuneta a empujones por la presunta modernidad; individuos irreductibles aunque derrotados de antemano. Su canto de cisne no será enrabietado y salvaje, como en el cine de Sam Peckinpah, sino que su victoria postrera será moral, revestida por una dignidad y una elegancia perteneciente a tiempos mejores, ya olvidados sin remedio.

            Muerde la bala es la última aventura –organizada por un periódico interesado en la postal pintoresca, todo sea dicho- de un territorio comprado al por mayor y con su épica troceada y vendida a los nuevos ricos de la civilización, soberbios, advenedizos e ignorantes. “El Oeste no lo conocemos, lo poseemos”, confesará uno de estos terratenientes, el cual trata de adjudicarse también a golpe de talonario, intermediado por sus lacayos a sueldo, los laureles de una carrera a través del único pedazo de suelo sin someter.

            La película compone de igual modo una agria visión de la cultura de la victoria por cualquier medio enquistada en la idiosincrasia de los Estados Unidos. El encumbramiento y adoración incuestionada e incuestionable de las figuras preeminentes y exitosas, el desprecio hacia toda actitud o aspiración vital que no vaya encaminada a dicho afán excluyente de triunfo. Incluso episodios inscritos en la leyenda de la nación, como la carga en las colinas de San Juan durante la Guerra hispano-estadounidense en Cuba, esconden lacerantes sombras de tragedia detrás de sus sobredimensionadas luces de gloria.

Es por ello por lo que Sam Clayton (un contenido y soberbio Gene Hackman, de imponente presencia) representa la encarnación de una revancha quizás inútil, pero en cualquier caso indeleble. Clayton es el vértice alrededor del cual gira la despiadada competición, una epopeya que, como la vida, transforma a sus participantes, retratos parciales a su vez de un país en perpetuo cambio y construcción: un obediente representante de los potentados, un desahuciado veterano de la confederación –personificación literal de la crepuscularidad del relato-, un mexicano hostigado por el racismo y el dolor de muelas, un británico devoto de los desafíos deportivos, un joven que trata de labrarse a deshora una temible reputación de cowboy, una prostituta en busca de pagar la fianza de su marido preso, un tahúr errante con el tapete de juego como único hogar y el propio Clayton, vaquero desterrado en todos los sentidos.

            Brooks, uno de los guionistas más inteligentes y perspicaces del cine, dibuja con esmero y cariño a sus poliédricas criaturas gracias a unas incisivas líneas de diálogo y la rotundidad expresiva de sus mismas acciones, por su parte interpretadas con precisión por el inconmensurable reparto del filme.

            Es cierto que a Muerde la bala se le puede achacar falta de tensión competitiva en su realización, un tanto confusa en el desarrollo del torneo -¿imperfección que acaso reafirma su desprecio por la veneración americana del intachable campeón?-. Sin embargo, la poética delicadeza esta aventura clásica, audaz, honesta y conmovedora en la que realidad y épica se conjugan mediante el sudor del caballo –sentido homenaje en honor de uno de los pilares de la conquista del Oeste-, así como la admirable integridad humana que detentan sus protagonistas, consiguen transmitir una vitalidad por completo necesaria, sanadora y reconfortante.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

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