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Matar a un ruiseñor

17 Sep

“Después de veinte años en el negocio, puedo decir con total honestidad que nunca había encontrado un personaje próximo a mi yo real hasta que di con Atticus Finch.”

Gregory Peck

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Matar a un ruiseñor

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Matar a un ruiseñor

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Año: 1962.

Director: Robert Mulligan.

Reparto: Gregory Peck, Mary Badham, Phillip Alford, John Megna, James Anderson, Brock Peters, Frank Overton, Robert Duvall.

Tráiler

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            Primero, sería un premio Pulitzer y una de las novelas más leídas e influyentes de los Estados Unidos –algún estudio lo situaría la segunda en relevancia, tan solo superada por la Biblia-. Más tarde, ya desde un formato cinematográfico, se convertiría en el emblema de la generación del compromiso, un colectivo de jóvenes y valientes realizadores, sensibilizados hacia los problemas de la sociedad de su tiempo, analistas de los dilemas morales presentes en la realidad de la misma y concienciados defensores de sus libertades y derechos fundamentales.

             Tanto en su versión literaria como en el celuloide -ambas narraciones hábiles y en perfecta correspondencia, que comparten en igualdad el mismo espíritu-, Matar a un ruiseñor es capaz de reconciliar a los Estados Unidos, recién salidos de la paranoia e ignominia del mccarthismo, con su imagen romántica y primigenia de país de las libertades, la justicia y la igualdad.

Un hecho posible gracias a la sencillez, profundidad y lucidez de un cuento reflexivo, crítico y (en cierto modo) reconfortante que se articula en torno a una figura magnética, cálida, segura e íntegra como pocas: Atticus Finch, padre efusivo y protector, abogado juicioso, ciudadano de inquebrantable autoridad moral.

La impresionante dignidad con la que Gregory Peck reviste a su personaje –la interpretación más madura, contenida y memorable de toda su carrera-, le elevaría al instante a la categoría de icono inmortal del séptimo arte y de la cultura popular. No en vano, es el número uno habitual de las listas de padres favoritos del cine.

             Esta audaz y emotiva canción en contra de los prejuicios raciales y sociales queda entonada por una voz inocente por definición, la de los dos hijos pequeños de Finch.

Sin embargo, pese al tono ilusoriamente dulce que le otorga el punto de vista y el tono general del relato, la estructura de la narración, organizada mediante dos mitades confluyentes, confiere al conjunto una contundencia feroz. Los monstruos surgidos de la bulliciosa imaginación infantil –extravagantes, caprichosos, hiperbólicos, volátiles- se encuentran frente a frente con los terrenales monstruos de la realidad adulta –cotidianos, indetectables, implacables, aterradores-.

Los ogros de verdad caminan a luz del día, desapercibidos a la vista, camuflados y protegidos por la masa, cobardes pero siempre al acecho en un mundo más hostil de lo que uno siempre puede imaginar a tan tierna edad –aunque en cierto modo lo intuya-.

              El cineasta Robert Mulligan, con Horton Foote a cargo de la adaptación del original y de nuevo aliado artísticamente con el aún solo productor Alan J. Pakula, se ciñe con fidelidad a la naturaleza de la obra de Nelle Harper Lee para conservar inalteradas sus virtudes poéticas, expresivas y críticas. Desde los hermosos títulos de crédito, perfecta introducción a la delicada atmósfera del filme, Mulligan desarrolla una obra que esconde un atroz dolor detrás de su sensibilidad, una desgarradora fiereza y gravedad detrás de su apariencia de leve aventura iniciática, una apabullante complejidad detrás de su aspecto sobrio, extendido al riguroso y melancólico blanco y negro de la fotografía.

Todo ello consigue que su discurso, directo y demoledor, no enturbie la franqueza de la cinta, heredera de un texto con un notable peso autobiográfico. El mejor paradigma de esta ausencia de impostura sería la encomiable espontaneidad de sus actores infantiles –factor decisivo en este tipo de filmes-, espléndidamente guiados por la mano de Mulligan y con la inestimable ayuda de Peck quien durante el rodaje, haciendo traspasar la respetabilidad de su papel al exterior de la pantalla, oficiaría como progenitor adoptivo de los niños.

            Un conmovedor ejemplo de valores humanos.

 

Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 8,5.

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