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Wichita, ciudad infernal

8 Sep

“El Cinemascope es el mejor de los formatos, incluso para una historia íntima. Desde que acabó el cine mudo, hemos tenido una cierta tendencia a olvidar la importancia de la composición pictórica; todos los esfuerzos se concentran sobre el texto, sobre la palabra. El Cinemascope obliga a componer.”

Jacques Tourneur

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Wichita, ciudad infernal

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Wichita

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Año: 1955.

Director: Jacques Tourneur.

Reparto: Joel McCrea, Vera Miles, Walter Coy, Keith Larsen, Edgar Buchanan, Lloyd Bridges, Carl Benton Reid, Wallace Ford, Walter Sande, Peter Graves, Jack Elam.

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            Por lo general asociado al cine negro y de terror de serie B –condición económica en muchas ocasiones diametralmente opuesta a la calidad del producto obtenido-, la filmografía de Jacques Tourneur revela el espíritu de un artesano omnívoro, poco selectivo a la hora de abordar nuevos proyectos de muy diverso cariz temático, presupuestario o de ambiciones.

            Wichita, ciudad infernal sería una de sus más destacadas incursiones en el western, territorio en que sin embargo no dejaría una huella significativa. Como ya había acontecido en su anterior El jinete misterioso, el realizador de origen francés contará con Joel McCrea para el papel principal de un relato que, por su parte, también posee puntos de contacto con la precedente, donde un forastero había de reconquistar la paz en un villorrio asolado por una horda de forajidos. Aquí, el antiguo galán, devenido ahora en héroe lacónico y crepuscular, encarnará a Wyatt Earp, figura legendaria del Oeste, protagonista de películas señeras del género como Pasión de los fuertes y Duelo de titanes gracias a su no menos mítico tiroteo en O.K. Corral.

El filme recoge un episodio previo en la biografía del pistolero –por entonces cazador de bisontes con modestas inquietudes empresariales-, el cual lo sitúa en la pujante Wichita, ciudad ganadera envuelta en un turbulento proceso de expansión económico y demográfico merced a su recién adquirida posición como nudo de comunicaciones ferroviarias.

            A medio camino entre la serie B –premura en el rodaje, guion que alterna síntesis con simple ligereza- y el western mayor –ostentoso uso del Cinemascope y el Technicolor-, Wichita surge como una película extraña y especial desde el mismo dibujo de Earp, en principio un sheriff a la fuerza que reniega de sus instintos y sus habilidades innatas para más tarde dar rienda suelta a su naturaleza de hombre de justicia. En una interesante labor de matización, el celo empecinado que demostrará el héroe en su defensa de la ley arroja una cierta sombra obsesiva e incluso cruel sobre sus actos, rasgo en el que incide su llamativa tendencia a meterse en jaleos de funestos resultados.

Producto del apresurado libreto, los secundarios gozan de una atención menor. De escaso relieve en su mayoría, se percibe algún personaje de pálida reminiscencia fordiana –el borracho lúcido y letrado en concreto-. No obstante, cabe mencionar aspectos reseñables del texto como el secuestro de la política por parte de los poderes fácticos de la localidad, una plutocracia que parece aparejarse sin remedio a la historia de la nación estadounidense en su conjunto.

Como vemos, este argumento conciso, libre de rodeos gratuitos o adornos de escritura, se ajusta a parámetros más realistas que grandilocuentes: los villanos esgrimen motivaciones verosímiles y comprensibles, mientras que el contenido desempeño del sheriff insiste en no regalar nada a la épica. También es cierto que el mayor brote de violencia del filme, espita que explosiona la tragedia, no es fruto de la maldad de un villano sin corazón, sino que procede de una parranda fuera de control.

Wichita es así una cinta en la que en ocasiones se echa en falta más intensidad, pero quizás por ello mismo esta citada violencia restalla hosca, seca y agresiva.

            Dadas estas características de base, Wichita resultaba un campo abonado para el lucimiento artístico de Tourneur, cineasta de gramática estilizada y precisa que huye de lo discursivo para potenciar la expresividad de la imagen. De este modo, la composición de los planos, más que la palabra, es la que define el carácter de los personajes –en el caso de Earp, conviene observar su primer duelo contra los hermanos Clements para percibir su imponente poder y dignidad-, al mismo tiempo que, de un vistazo, otorga significado a sus relaciones y pone la escena en su debido contexto dramático.

             Para los mitómanos, la película cuenta además con un cameo del gran Sam Peckinpah interpretando a un humilde cajero de banco.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

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