Jardines de piedra

2 Sep

La presente entrada es una copia. La original, en la segunda parte del especial dedicado a Francis Ford Coppola en CINEARCHIVO.

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“En las guerras no puedo más que sentir dolor por ambos bandos. Muchísima gente inocente es sacrificada. El drama no se encuentra en la victoria o la derrota, sino en la pérdida de vidas jóvenes.”

Clint Eastwood

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Jardines de piedra

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Jardines de piedra

Año: 1987.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: James Caan, D.B. Sweeney, Anjelica Huston, James Earl Jones, Mary Stuart Masterson, Dean Stockwell, Dick Anthony Williams, Elias Koteas, Casey Siemaszko, Laurence Fishbourne.

Tráiler                                  

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            Francis Ford Coppola atravesaba un doloroso momento personal durante la concepción y rodaje de Jardines de piedra. El fallecimiento en accidente de su hijo Gian-Carlo terminó de resultar decisivo para la implicación del realizador italoamericano en el proyecto de llevar a la gran pantalla una novela autobiográfica de Nicholas Proffitt, veterano de la Vieja Guardia, el cuerpo de élite destinado a custodiar al Presidente de los Estados Unidos y a rendir honores militares a las víctimas de guerra sepultadas en el cementerio nacional de Arlington, en Washington D.C. Una llamativa vuelta de tuerca, por así decirlo, a la idea de “ministros de la muerte” que el icónico sargento Hartman imprimía a sus atormentados reclutas en la coetánea La chaqueta metálica.

Y es que, pese a rodearse del contexto bélico de la Guerra de Vietnam –parte de una fiebre que a finales de los ochenta llevaría a coincidir a cintas como Platoon, la mencionada La chaqueta metálica, La colina de la hamburguesa, Corazones de hierro, Good Morning, Vietnam y Nacido el cuatro de julio-, Jardines de piedra propone un retrato intimista y humano del ejército a partir de la figura del sargento Clell Hazard (James Caan), veterano oficial que sufre su semirretiro en este cuerpo ornamental, de patética solemnidad, con el profundo remordimiento de ver partir una y otra vez a nuevas hornadas de jóvenes hacia la muerte segura en un conflicto insensato donde “no hay nada que ganar, ni forma de hacerlo”. El cruel desmembramiento de su verdadera familia por causas incomprensibles e injustificadas.

Será sobre la figura de ese padre simbólico, destrozado por la impotencia que le produce no poder evitar el sacrificio absurdo de sus propios hijos, donde Coppola vuelque por completo su duelo.

            La pesadumbre y la melancolía son, por tanto, las sensaciones que dominan el tono de este filme en el que Coppola retornaba al cine marcial desde una óptica diametralmente distinta a aquellas que había desarrollado tanto en su etapa de guionista (¿Arde París?, la belicosa Patton) como de director (el megalómano, alucinado y perturbador descenso a los infiernos de la sinrazón de Apocalypse Now).

Decididamente antibélica y desprovista de ardores guerreros, Jardines de piedra presenta no obstante una mirada del todo comprensiva y compasiva hacia el estamento castrense, derivada más del aprecio a los férreos lazos humanos forjados por la convivencia en el microcosmos del cuartel y en el trauma de la batalla, que por la presunta respetabilidad que emanaría la institución misma; un ente, como casi todos aquellos constructos supraindividuales de la sociedad, cada vez más alejado del rostro humano que debiera poseer a causa de intereses espurios, egoístas e innobles. Indignos negocios saldados en este caso, para mayor desgracia, a cambio de preciosas vidas.

            De esta manera, el comienzo no podía ser otro que un emotivo funeral, el cual registra sin embargo una muerte en la que la posible gloria, el supuesto heroísmo, tan solo aparece como un frágil eco que se pierde al instante en el viento y el olvido. Mediante esta apertura, Coppola, que algo sabe de cine, sortea lo que de otro modo sería la previsible crónica de la adopción, tutelaje y pérdida de otro novato, soldado nato y vocacional, por parte del frustrado y escarmentado sargento Hazard. Al mismo tiempo, condena al relato a inscribirse dentro de una estructura circular que, en definitiva, actúa como la sangrante conformación de ese luctuoso fatalismo anunciado desde un principio, más triste y lacerante aún si cabe dado su carácter precognoscido. La sombra de la muerte, pegajosa y helada, planea así al acecho sobre todo el metraje.

Sin embargo, como contrapartida, este recurso supone por otro lado el vaciado de profundidad del personaje encarnado por D.B. Sweeney, reducido a la representación de un arquetipo, un dibujo plano y poco atrayente en lo psicológico si bien de relevantes connotaciones sociales. Fruto de ello, es significativo observar cómo disminuye el interés de la película en aquellas escenas en las que el fanatizado, ambicioso y cándido recluta goza de protagonismo absoluto. En este sentido, la florida interpretación de Sweeney, desafinada respecto al conjunto del reparto, tampoco es de gran ayuda.

            Es probable que el fallo se deba a conceder más carrete del que merecía a un personaje con funciones tan solo instrumentales respecto al verdadero núcleo del drama: la tragedia de Hazard y el homenaje, con ello, a los injustos sufrimientos del militar raso, desprovisto aquí de cualquier motivación política o influencia en el nacimiento, la evolución y el cruento fracaso de la Guerra de Vietnam. Él, que ha visto aquel “horror” que murmuraba el coronel Kurtz entre tinieblas, es quien con más legitimidad puede oponerse a la guerra, quien más sufre al ser no resignarse a su incapacidad de hacérselo comprender a la masa civil que lo vilipendia sin escucharlo, a los acomodados políticos y alto mando que lo utilizan como simple pieza reemplazable, a los ingenuos corderos que acuden animosos a ese matadero que aguarda sediento en una pesadilla lejana, ilógica pero muy real.

            Es en este aspecto donde la obra consigue su mayor esplendor gracias al sentimiento y la humanidad que insuflan vida al sargento Hazard, apoyado también en el notable trabajo de Caan -quien regresaba a la actividad tras cinco años de silencio-. Una cariñosa y estimable composición que se extiende en consecuencia a la naturalidad y simpatía de sus relaciones con otras antiguallas anacrónicas y decepcionadas del pelotón (James Earl Jones, que establece una excelente química con el anterior) y, en menor medida, a su insuficiente resarcimiento emocional por medio del romance con una periodista del Washington Post (Anjelica Huston), dueña de una visión todavía más crítica del conflicto en el sudeste asiático –contraste que no termina de explotarse más allá de un acercamiento más bien complaciente-.

            Filme más sentido que punzante, honesto y comprometido en lo emocional pese a la indulgencia un tanto ternurista que desprenden ciertos pasajes, Jardines de piedra recibiría en su estreno una tibia acogida por parte de crítica y público.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7.

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