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Domingo negro

24 Ago

“Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego.”

Mahatma Gandhi

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Domingo negro

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Domingo negro

Año: 1977.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Robert Shaw, Marthe Keller, Bruce Dern, Fritz Weaver, Steven Keats, Michael V. Gazzo, Bekim Fehmiu.

Tráiler

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            Uno de los aspectos más sugerentes de todo duelo es aquel del enfrentamiento a pecho descubierto entre dos caras de la misma moneda. Dos figuras análogas pero, fruto del azar y las circunstancias, transformadas en opuestos. Su rastro puede apreciarse en casi cualquier mitología y tradición popular: el Bien y el Mal, la creación y la destrucción convertidas en un signo positivo y negativo respectivamente tan solo a causa del punto de vista del observador de turno, una postura frágil y mutable por definición.

            En 1973, Fred Zinnemann, inspirado por el ‘bestseller’ de Frederick Forsyth, llevaba a la pantalla Chacal, película en la que se establecía una deportiva y apasionante contienda entre un pulcro mercenario al servicio del mejor postor y un sobrio funcionario del gobierno especializado en cazar hombres.

Si en aquella el punto de contacto entre ambos rivales quedaba establecido a través de su impecable y minuciosa profesionalidad, en Domingo negro -basada esta vez en la novela de Thomas Harris, una nueva exploración del choque entre las cruentas organizaciones terroristas internacionales y los turbios servicios de antiterrorismo estatales producto directo de las convulsiones de los Juegos Olímpicos de Munich 1972-, la correspondencia que hace casi indistinguibles a héroes (es una manera de hablar) y villanos se construye a partir de su condición común de hijos del trauma.

Pese a las tentaciones épicas del clímax, no nos encontramos en absoluto ante una cinta optimista. Los setenta son una década cínica y decepcionada.

            John Frankenheimer, quien adopta en parte para el filme la estructura de Chacal, describe el recorrido en paralelo de una agente terrorista del Septiembre Negro (Marthe Keller) y un espía del Mosad israelí curtido en mil batallas (Robert Shaw) en su carrera hacia cometer o evitar un sangriento atentado contra una de las arterias socioculturales de los Estados Unidos: la Superbowl.

            El escenario supura pesimismo. La dilatada experiencia de David Kabakov, “La solución final” –irónico apodo para un judío que porta tatuajes de campos de concentración-, el implacable perseguidor, así lo intuye desde su tormento interno. Después de tantos años, asesinar solo le ha deparado las mismas guerras, los mismos enemigos, los mismos muertos.

Como decíamos, al igual que el propio Kabakov –su posible cautiverio en la Segunda Guerra Mundial, la herida abierta de la muerte de sus familiares, que se percibe violenta-, sus despiadados contrincantes son también mártires del monstruo humano.

Ella, una huérfana y exiliada de guerra, con sus padres asesinados y su hermana violada durante la expansión del Estado de Israel en Palestina -“es su creación”, le espetarán con sarcasmo a Kabakov-. Por su parte, el brazo ejecutor de sus cruentos planes es un renegado estadounidense (Bruce Dern) al que domina mediante calculadas artes de mujer fatal, y que encuentra su motivación en el rencor y la psicosis provocada por sus años de cautiverio en la Guerra de Vietnam, exacerbado además por el desprecio a su condición de veterano y héroe de guerra –empezando por su familia inmediata- una vez retornado a su país.

En definitiva, tres partes intercambiables de un círculo irreparable de desgracia y fatalidad.

            La citada narración paralela de ambas tramas, destinadas a confluir y explosionar en el desenlace, alimenta dicha sensación de semejanza, impulsada incluso por la reciprocidad de la metodología y los procedimientos, reconocidos y experimentados por igual desde uno y otro lado. La mezcla y contraste entre el magnetismo físico de Keller y el característico aspecto hosco de Shaw funcionan a la perfección para refrendar esa perturbadora ambigüedad que rodea a la película.

Con el estilo seco y tono taciturno identificativo del cine de espías de la época, Domingo negro traza asimismo otro pequeño círculo, aquel en el que se inserta la redención de Kabakov a partir de un error derivado de sus nuevos escrúpulos, la disipación de sus dilemas a la hora de apretar el gatillo gracias a la traslación de su cometido a una nueva dimensión personal -la de una venganza fresca y renovada-, que redunda una vez más en esa idea de destino repetitivo, funesto e inapelable que, por extensión, comprende a la humanidad por completo.

Que el relato decida agarrarse a esta última vertiente y, en aras de aumentar su espectro de audiencia, la emplee para componer un final de abierta espectacularidad, más próximo al cine catastrófico que por entonces arrasaba en las taquillas, supone en cierta manera la traición de su hastiado, borrascoso y atinado discurso precedente, toda vez que además acaba por plantear una abierta burla a los timoratos remilgos del FBI, representado por el agente especial Corley (Fritz Weaver), y su celoso respeto a la legalidad.

            Aparte de este factor argumental, la película acusa sobre todo el abultado volumen del metraje, superior a los 140 minutos, especialmente alargado en una conclusión llena de escenas abrumadoras –sobre todo aquellas del estadio-, aunque un tanto extenuante.

No obstante, Frankenheimer demuestra su nervio a la hora de controlar la tensión y los códigos del thriller, campo en el que fue consumado experto, lo que ayuda a construir una obra cuya agresividad explícita e introspectiva –e incluso su modernidad- resulta más impactante cuanto menos aderezo enfático contiene.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7,5.

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