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El malvado Zaroff

22 Ago

“Caza es un eufemismo cobarde que se asigna al asesinar de modo especialmente cobarde a criaturas indefensas. La caza es una especie de enfermedad mental.”

Theodor Heuss

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El malvado Zaroff

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El malvado Zaroff

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Año: 1932.

Director: Irving Pichel, Ernest B. Schoedsack.

Reparto: Joel McCrea, Fay Wray, Leslie Banks.

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            Con frecuencia, retrotraerse hasta la raíz de un relato no significa la simplificación del mismo. Es más, en muchas ocasiones, esta sencillez primigenia redunda en el incremento de su abstracción y de la posibilidad de desarrollar renovadas relecturas a propósito de su sugerente simbolismo conceptual.

El malvado Zaroff, por ejemplo, presenta el esqueleto de una historia mil veces revisada, retorcida, alterada, deformada,… Un punto de partida de primitivo esquematismo y de imponente sugerencia atávica que conecta duro y directo, como un martillazo, con el subconsciente profundo del ser humano: su reducción a presa vulnerable en un mundo poblado de amenazas. La caza del hombre.

Idéntica fórmula primordial que fructificará en multitud de variantes, concretas o alegóricas, en las que el brazo ejecutor de la Naturaleza despiadada bien puede mutar en las formas de la bestia salvaje, el indio, el bárbaro, la criatura monstruosa, el robot o, siguiendo el ejemplo propuesto por la presente –si bien atemperado por su carácter extemporáneo y extranjero-, el propio hombre presuntamente civilizado.

             En este sentido, el que convierte en literal la máxima del hombre como lobo para el hombre, El malvado Zaroff arroja al ser humano ante su reflejo aberrante: su condición de alimaña destructiva y ponzoñosa que sustenta su existencia sobre el ejercicio de la muerte y, dado su contacto cotidiano con ella, es capaz de minimizarla a la categoría de juego o deporte.

Retornando a un contexto contemporáneo, sería lógico entonces su conversión en espectáculo para las masas, tal y como muestran películas como Battle Royale o Los juegos del hambre.

             El argumento, por tanto, es sencillo en su brutalidad y brutal en su sencillez. Robert Rainsford (Joel McCrea), náufrago en una remota isla del Pacífico, tiene un día de plazo para sobrevivir a su propia cacería por parte del refinado y pérfido conde cosaco Zaroff (Leslie Banks).

Que el trofeo a derribar sea precisamente un experimentado cazador y que la preparación de su desgracia parezca un castigo divino parangonable a aquellos de la mitología griega –en el justo instante del accidente se jacta de su privilegiado poder como depredador invencible-, no hace sino subrayar esta idea de dualidad. De hecho, según la lógica del conde, sus papeles habrían de ser intercambiables.

A tal efecto, una escena resulta especialmente clarificadora: Zaroff le ofrece a Rainford un puesto como acompañante en sus saludables actividades cinegéticas. Ambos se encuentran dispuestos frente a frente, como el reflejo opuesto el uno del otro. En medio del intercambio de primeros planos entre el rostro de galán intachable de McCrea y las facciones de Banks, torvas y deformadas por las sombras, éste parece dudar antes de expresar su categórica negativa.

             La adición de un personaje ausente en el cuento corto original de Richard Connell, la scream queen Fay Wray, introduce además una apreciable carga sexual a la contienda, subrayada además por las rotundas referencias verbales de Zaroff.

En parte, esta premisa parece traspasar el trasfondo temático para impregnarse en el ritmo de la cinta. El obsesivo crescendo de la cacería humana a través del bochorno tropical sigue los pasos del éxtasis del feroz conde, plasmado en su rostro, cada vez más desencajado; en la velocidad del montaje, cada vez más frenética y de imágenes más desenfocadas, y en el vestuario de la heroína, cada vez más desgarrado. En esta ocasión, el juego de planos y contraplanos no se establecerá entre Rainford y su Némesis, sino entre Zaroff y la muchacha. Incluso en el momento álgido de la persecución por entre el espeso follaje de la jungla, el zoom le busca a ella y no al que sería el oponente real del perseguidor. El contraste con la calma posterior a la secuencia es de igual modo significativo.

            Detrás de este aparataje temático y artístico se halla el núcleo esencial del equipo –el director Ernest B. Schoedsack, Merian C. Cooper, aquí productor, el guionista James Ashmore Creelman, Fay Wray, Robert Armstrong,…- que un año más tarde entregará King Kong, legendaria obra también enriquecida por una mayor complejidad de la que dictan sus apariencias, filmada en paralelo a ésta y con el empleo de buena parte de sus decorados, los cuales a su vez podían intuirse en otra tercera producción de la RKO con David O. Selznick al frente, Ave del paraíso, de King Vidor, igualmente protagonizada por McCrea.

             A pesar de pequeños detalles que evidencian el inexorable paso del tiempo –el caso concreto de la caricaturesca interpretación de Banks-, El malvado Zaroff descerraja una parábola que aún sobrecoge, repleta de una ácida violencia tan explícita como psicológica.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nora FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

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