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Centauros del desierto

18 Ago

“John Wayne podría interpretar a un personaje malvado, pero nunca a un antihéroe.”

Joel McCrea

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Centauros del desierto

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Centauros del desierto

Año: 1956.

Director: John Ford.

Reparto: John Wayne, Jeffrey Hunter, Vera Miles, Ward Bond, Natalie Wood, John Qualen, Olive Carey, Henry Brandon.

Tráiler

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            John Ford disponía de la autoridad suficiente y necesaria para dinamitar una y otra vez las solemnes reglas del cine del Oeste, terreno predilecto y triunfal del director estadounidense y género capital del séptimo arte. Si con La diligencia había transportado al western a la categoría de arte mayor, con Centauros del desierto Ford procedía a abrir una nueva vertiente oscura, obsesiva y traumática que anticipaba la venida de unos tiempos de escepticismo, suciedad y valores morales licuados.

            Dos puertas, una que se abre y otra que se cierra, trazan un círculo en el que John Wayne, otrora héroe mítico, honesto y decidido, resurge transformado en llaga supurante después de tres años de vagar por el limbo turbio y fantasmagórico de la derrota, entregado con ansia desmedida a un rencor irracional con el que, sin conseguirlo, trata de calmar su violenta turbación interna.

La incapacidad de readaptarse tras el conflicto fratricida, enquistado en un racismo visceral contra el indio -la otra cara de la moneda de tiempos salvajes y pasados-, se encuentran en el sustrato de Ethan Edwards, uno de los personajes más desgarrados, ambiguos y amargos de la filmografía de Ford.

Un individuo con madera de héroe, embarcado en una misión a priori igualmente heroica, pero que en realidad acomete una odisea antiépica en la que actúa como una alimaña nociva capaz de disparar por la espalda a los obstáculos que se interponga en su camino, de mutilar sádicamente un cadáver, de aniquilar manadas de bisontes con ferocidad psicótica para exterminar de hambre al enemigo, de arrastrar con su desarraigo y su ardiente desprecio a inocentes que poseen esa calma de espíritu que él mismo no logra saciar por medio de su brutal venganza de motivaciones difusas e inconcretas, de superponer el odio al amor hasta sus últimas y sangrientas consecuencias.

La búsqueda de su sobrina, raptada por los comanches tras arrasar la granja familiar, queda entonces convertida en la caza psicótica e implacable por parte de un depredador herido y rabioso, espoleado en cierto modo por la angustia de su propia agonía como arquetipo a extinguir. Como confiesa su joven sobrino, mestizo y adoptado aunque lúcido a la hora de determinar los vínculos que realmente definen a una familia, personificación de un futuro libre de las cicatrices de la guerra y de la muerte acechante de un país sin civilizar, su misión acompañando al tío Ethan no consiste sino en frenar al monstruo.

            A pesar del retrato del comanche, la visión del hombre blanco que arroja Centauros del desierto a lo largo de su turbulento recorrido no es en absoluto más positiva. Sin embargo, dejando al margen su condición casi indiscutida de obra maestra, uno termina con la sensación de que Ford, autor independiente y arrojado como pocos, no se atreve a desatar por completo la malsana intensidad que parece exigir su agrio protagonista, figura que dentro de ese argumento de aspecto lineal y monomaníaco –si bien en realidad poderoso y profundamente trágico-, propicia dilemas tan tormentosos como su actuación posible respecto al ansiado reencuentro con su sobrina.

En este sentido, los ocasionales insertos cómicos, bañados con la ingenuidad humorística marca de la casa Ford, rompen con el agresivo tono del filme en vez de actuar como contrapeso para descargar su hosca gravedad –cabría salvar al reverendo de Ward Bond, una construcción de pomposa excentricidad cormaquiana perfectamente ajustada a la atmósfera apocalíptica del relato-. Quizás era demasiado pronto todavía…

            En cualquier caso, poco lugar al cuestionamiento deja el enorme dramatismo que arrancan constantes recurrentes en la obra del autor, como la necesidad de pertenencia a unos vínculos familiares/comunitarios o la condena a la solitaria marginalidad y el sacrificio autoimpuesto del perdedor.

Tampoco es posible discutir algunas de las mejores muestras de la arrolladora fuerza visual de su narrativa –los momentos previos al ataque comanche, la revista a las mujeres rescatadas, Ethan alzando en brazos de nuevo a Debbie, el expresivo uso de la elipsis y la metáfora- y de su extraordinaria sutileza artística, ejemplificada por la impresionante potencia con la que se sintetizan las relaciones sentimentales y el abisal interior de sus personajes, definidos en buena medida a través de la sugerencia de la mirada y los gestos de apariencia cotidiana –mención aparte merece esa fugaz, casi imperceptible pero recordada conexión emocional entre Ethan y su cuñada-.

            Otro hito fundamental en la historia del western.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 10.

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