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Pink Floyd: The Wall

13 Ago

“Todos saben que yo estaba descontento con los públicos numerosos. Sentía que el negocio se apoderaba de nosotros. Me sentía cada vez peor cuando el público gritaba durante dos horas en vez de escuchar lo que tocábamos.”

Roger Waters

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Pink Floyd: The Wall

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Pink Floyd The Wall

Año: 1982.

Director: Alan Parker.

Reparto: Bob Geldof, Kevin McKeon, David Bingham, Christine Heargraves, Eleanor David, Jenny Wright, Bob Hoskins.

Tráiler

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            He de reconocer que en su día, pese a ser fan incondicional de The Dark Side of the Moon, no hacía excesivo caso por el contrario a The Wall, el otro buque insignia de la discografía de Pink Floyd. En este sentido, he de agradecer a la adaptación al cine de dicho LP el redescubrimiento de una obra capaz de despertar en mí profundas sensaciones a pesar de que su fondo y sus letras siempre han tendido a parecerme un tanto afectados y victimistas de más.

             Bajo la dirección de Alan Parker –realizador atento a la música como parte del cine, como demostró con su uso de los Bee Gees en Melody, el ‘revival’ del disco en Fama, la realización del sueño obrero vía soul en Los Commitments o su posterior musical Evita-, la película deconstruye en imágenes los temas originales del álbum, lo que transporta a una dimensión todavía más explícita y visual la ópera sobre la alienación del ídolo del rock –premisa por cierto ya expuesta en el séptimo arte por el filme Privilegio–  concebida por la mente torturada de Roger Waters –responsable de la partitura del guion como escritor de la mayoría de los himnos del vinilo y los fotogramas-.

Al ritmo de las composiciones de la legendaria formación británica, algunas de ellas remezcladas y regrabadas para la ocasión –incluye también una pieza original, When the Tigers Broke Free-, The Wall se sumerge en la desafección del huérfano de guerra, la anulación personal ante la sobreprotección familiar, la supresión de la sensibilidad e identidad del individuo provocada por el estricto sistema educativo británico, las traiciones afectivas de la vida romántica, el desarraigo frente a la hipocresía y la uniformidad propia de la sociedad contemporánea y la soledad, la frustración y la psicosis autodestructiva intrínseca al ‘show business’.

Es decir, los metafóricos ladrillos que erigen el muro de aislamiento y protección del artista, transformado en tirano, frente a su público, equivalente a una masa informe e irracional.

           Una opresiva colección de angustias existenciales –las estrellas también tienen derecho-, traducidas a la pantalla por medio de alucinaciones tormentosas cuyo cénit se encuentra en los impactantes insertos animados fruto de la retorcida imaginación del caricaturista político Gerald Scarfe. Son sin duda los momentos más poderosos y perturbadores –en contraste con otras metáforas más obvias y flojas, como la del procesamiento fabril de los niños- dentro de un filme que acostumbra a moverse entre amenazadoras sombras y perspectivas forzadas.

Esta construcción de la atmósfera, perfecta representación del tono asfixiante, apesadumbrado y catárquico de su matriz, compensa el cierto estatismo que presenta el desarrollo argumental parejo a la música –por cuya causa la película no acaba de librarse del todo de su regusto a videoclip largo-, paralelo a la escasa aptitud de Bob Geldof -cantautor y activista político irlandés, sin experiencia previa en la actuación- para afrontar el protagonismo de la cinta.

           Buena inmersión a una de las obras más destacadas de la música contemporánea.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7,5.

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