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Los valientes andan solos

2 Ago

Los valientes andan solos es mi película predilecta. Me gusta el tema del individuo que se esfuerza por ser persona ante una sociedad que le aplasta.”

Kirk Douglas

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Los valientes andan solos

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Los valientes andan solos

Año: 1962.

Director: David Miller.

Reparto: Kirk Douglas, Gena Rowlands, Walter Matthau, George Kennedy, William Schallert, Carroll O’Connor.

Tráiler

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            Un cowboy descansa plácidamente en una llanura pedregosa e inabarcable, piernas cruzadas, sombrero calado hasta los ojos, cabeza apoyada sobre su silla de montar. Levanta la vista y observa dibujarse en el cielo la estela vaporosa de dos aviones a reacción.

            La crepuscularidad de Los valientes andan solos es una crepuscularidad tardía. No es el pujante ferrocarril o siquiera el estruendo del motor de un coche el que ha de marcar el irremediable fin de una era. Es ya un mundo del todo ajeno a los centauros que vagan por un polvoriento camino sin fin, a las noches heladas alrededor de una hoguera y una taza de café, a la amenaza del indio en una tierra indómita y salvaje.

Es este un mundo de omnipresentes cercas, erigidas por la compañía eléctrica, por empresas de rostro desconocido e incluso por Estados recelosos del ser humano. Un espacio ajado por las atroces y oscuras cicatrices de las autopistas interestatales, estatales y comarcales. Un reducto corrompido, huérfano de calor humano, de sentido común y de libertad genuina.

            Los valientes andan solos expone la dolorosa y humillante confrontación entre un orgulloso anacronismo, John W. Burns -Jack para abreviar-, vaquero rescatado de otros tiempos –y otro país-, frente a los Estados Unidos que siguen a la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea, una nación mutilada, temerosa, desconfiada y que ha subastado su humanidad a un progreso que no se sabe muy bien hacia dónde se dirige.

Un inadaptado por pura convicción personal que se niega a atenerse a unas leyes absurdas, alejadas de la lógica natural del entendimiento directo y amistoso entre la gente. Desde su terca insumisión, Jack representa un ejemplo extraño y peligroso de libertad sin barreras. Por ello mismo, a partir de un par de nimios malentendidos que hubieran podido solucionarse con el intercambio racional de palabras, pasará automáticamente a convertirse en el objetivo a derribar en una despiadada cacería del hombre. Otrora concatenación y garantía de los valores morales de América, ahora el malo es él.

            El filme continúa la senda marcada por Vidas rebeldes -en la que el vaquero era una figura ridícula destinada a abastecer o participar en un añejo espectáculo circense-, y precede a otras enseñas elegíacas del subgénero crepuscular como Monte Walsh, El rey del rodeo y La balada de Cable Hogue, donde, a modo de finiquito brutal y definitivo, el hombre del Oeste acababa por ser literalmente atropellado por un calamitoso automóvil.

Esta agresiva imagen simbólica se erige como heredera directa del discurso de Los valientes andan solos, quien ocupa su primer tercio en reafirmar –quizás con redundante insistencia- el carácter marginal, solitario e irreductible de su protagonista.

            David Miller, director especializado en melodramas, se encarga de llevar a la pantalla la novela de Edward Abbey, traducida al guion por Dalton Trumbo. Sin embargo, la película pertenece de pleno a la iniciativa particular de Kirk Douglas quien, en la cúspide de su popularidad, mostraba ya interesantes inquietudes hacia la producción de películas de carácter personal, lo que incluía desde la propuesta argumental hasta la selección detallada del equipo técnico -caso de Trumbo, a quien en un acto de osadía había rescatado de la lista negra para el libreto de Espartaco-.

Douglas pues, rejalado, carismático, creíble, encuentra una gloriosa inspiración y se adueña de un personaje de inocente e innegociable optimismo, por ello mismo arrinconado, desahuciado y arrastrado hacia un destino de desgracia por una sociedad intransigente hacia cualquier tipo de anomalía.

El realismo impuesto en la ambientación, registrado mediante un solemne y precioso blanco y negro, funciona entonces como un factor más en la desmitificación, un violento puñetazo a la concepción romántica del vaquero honesto, indómito y libérrimo, desterrado ahora a la categoría de despreciable forajido y acosado por frías e implacables máquinas a lo largo de una huida tan ingenua como patética.

            Planteados en feroz contraste con los finos trazos de humor que dosifica el libreto y el contenido pero abrumador sentimiento que embarga las escenas intimistas –la relación de Jack con el eterno amor imposible de todo cowboy errante, el decepcionante contraste con su viejo amigo de tiempos mejores, la sincera admiración en la lejanía del sheriff perseguidor e incluso la entrañable complicidad del proscrito con su terca yegua-, la crueldad del enfrentamiento entre el hombre a caballo y el atronador helicóptero, así como la hiriente resolución del relato –otra poderosa alegoría sobre la defunción de tan admirado arquetipo-, escenifican los picos de máxima intensidad en la profunda melancolía, el agrio desencanto y la inconsolable tristeza que infunde un filme a recuperar.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8,5.

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