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Argo

29 Jul

“Ayatollah, no me toques la pirola.”

Siniestro Total (Ayatollah!)

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Argo

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Argo

Año: 2012.

Director: Ben Affleck.

Reparto: Ben Affleck, Bryan Cranston, John Goodman, Alan Arkin, Tate Donovan, Clea DuVall, Scoot McNairy, Kyle Chandler, Victor Garber.

Tráiler

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           Hollywood, fábrica de sueños, es un ser optimista por naturaleza. Acaso por esta razón, en esta época contemporánea de descrédito del espionaje y recrudecimiento de las tensiones y el antiamericanismo en Oriente Medio, la última edición pasada de los premios de la Academia favorecieron a Argo, donde la realidad supera a la ficción -heroísmo incluido-, en perjuicio de la otra gran contendiente, La noche más oscura (Zero Dark Thirty), la cual, en su descripción de la triunfal caza de Osama Bin Laden, Satán encarnado, dejaba por el camino un nada desdeñable reguero de torvas sombras y charcos pestilentes.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que Argo sea una mala película. Es tan solo la constatación de una posible tendencia anímico-política y el sumario de los sentimientos que despierta dicho filme.

            Es cierto que Argo alude sin ambages a ese acto de auténtico neocolonialismo que fue el derrocamiento por parte de Estados Unidos y Reino Unido del Primer Ministro de Irán Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente, y su sustitución por el Sha Reza Pahlevi, calificado en la cinta como el primer golpe que inicia una pelea en la que tan solo sangrará sin remedio, pese a los puntuales y llamativos daños colaterales, el sufriente pueblo iraní.

Pero también es verdad que la sensación general, extrañamente complaciente viniendo de parte de dos de los abanderados del ala izquierda de la industria como Ben Affleck y George Clooney –director y productor y productor ejecutivo respectivamente-, se corresponde más a las alegorías que ofician la apertura y el cierre del filme: un storyboard con apariencia de viñeta superheroica –inspirado por el falso filme empleado como engaño para la misión de rescate- y un significativo último plano que, aunque no importe revelar, dejaremos al visionado del lector.

Quizás se trate de una muestra de apoyo al admirado liderazgo de Barack Obamasu esposa Michelle sería de hecho quien descubriese desde la Casa Blanca la estatuilla a mejor película– ante la proximidad de un nuevo proceso electoral.

Ambas imágenes, junto a la repetición de la misma metáfora en diversos tramos del metraje –alusiones al cine de espías más popular e inverosímil, enfoques incluidos a fotografías de Roger Moore, el 007 en el momento en el que se sitúa la acción-, establece una equiparación directa del espía ‘basado en hechos reales’ con el arquetipo de héroe de acción característico de la ficción cinematográfica, todo ingenio, decisión, honestidad, atrevimiento y un pelín de tormento y duda interior, si bien siempre con un agradecido margen de redención.

            De cualquier modo, si dejamos de lado este romántico punto de vista de base -un fondo más que cuestionable, por mucho fundamento histórico y factual que pretenda tener-, Argo constituye un fornido y elegante thriller en el que su Affleck madura un paso más allá lo aprendido en sus solventes filmes previos, Adiós, pequeña adiós y The Town (Ciudad de ladrones), con los que conseguía ese reconocimiento crítico del que había carecido, con razón en la mayoría de casos, en el transcurso de su trayectoria como actor.

Por primera vez a uno y otro lado de la cámara, Affleck reconstruye uno de los episodios críticos de la política exterior estadounidense reciente: el secuestro entre 1979 y 1981 de un cuerpo de civiles, diplomáticos y militares norteamericanos en el Teherán bajo el régimen de los ayatolás -encumbrado al poder en 1979 de la mano de la Revolución iraní-, y que a la postre, sumado a algún que otro factor añadido, tendría consecuencias decisivas en la evolución política del país tales como la no reelección de Jimmy Carter para la presidencia, considerado blando e ingenuo en su actuación a nivel internacional.

            Una buena historia capturada en un buen guiontambién galardonado con un Oscar– sin perder un ápice de atractivo. Argo logra mantener el interés y el ritmo durante todo el filme. Paradójicamente, los preparativos de la acción terminan por resultar más seductores, originales y suculentos que la acción misma, la cual tampoco es en modo alguno despreciable, bien calculada, ágil y tensa. Ayuda a ello de manera inestimable el genio interpretativo de dos titanes como John Goodman y Alan Arkin, un estimulante diseño de producción y la sorna e irreverencia –no exenta de ternura y gigantesco amor propio, por supuesto- con la que Hollywood se mira a sí mismo.

            Así pues, Argo se erige en definitiva como una obra menos interesante en su lectura política –más bien blanca y un tanto patriotera- que como narración pura, con la que disfrutar de un relato bien contado y con todos los ingredientes necesarios –emoción, drama, humor, acción, estética nostálgica, orgullo nacional– para triunfar.

Exactamente lo que hizo.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

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