El capital

13 Jul

Costa-Gavras contra el turbocapitalismo, originalmente en CINEARCHIVO.
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“¡¡Viva el mal! ¡Viva el capital!”

Bruja Avería (La bola de cristal)

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El capital

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El capital

Año: 2012.

Director: Constantin Costa-Gavras.

Reparto: Gad Elmaleh, Gabriel Byrne, Natacha Régnier, Céline Sallette, Liya Kebede, Hippolyte Girardot, Bernard Le Coq, Daniel Mesguich, Olga Grumberg.

Tráiler

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            “¡Viva el mal! ¡Viva el capital!”, exclamaba la visionaria Bruja Avería, deleitándose en su perfidia. “Seguiremos robándole a los pobres para dárselo a los ricos”, proclama el cartel promocional de El capital citando a su protagonista.

           La sutileza nunca ha sido la principal virtud del cineasta greco-francés Constantin Costa-Gavras, el último superviviente del cine del compromiso de izquierdas surgido en los años sesenta y setenta. Un rasgo que, sin embargo, no excluye que de entre su labor como concienciado cronista de la sociedad de su tiempo hayan surgido obras tan poderosas y subversivas como Z, cuyo mensaje, visto a día de hoy, revive con una pasmosa vigencia.

Además, bien es cierto que el objeto de crítica en el presente filme, la crisis global que asedia el planeta desde 2008, erigido en el acontecimiento más decisivo en el orden económico, social y cultural de Occidente en el nuevo siglo -incluso por delante del 11-S y la guerra contra el Terror, me atrevería a afirmar-, ha sido una sucesión de desgraciados episodios perpetrados de manera precisamente nada sutil. Las explicaciones constantes e ininteligibles, los eufemismos baratos y el grosero maquillaje que se le ha querido aplicar al turbulento asunto desde los poderes fácticos y desde los exitosos ideólogos del desastre, no hacen menos cierto su naturaleza turbia, calculada e indudablemente cínica y delictiva, sobre todo en vista de la descarada acaparación de indemnizaciones y créditos estatales y supraestatales por parte de aquellos mismos fulanos que en su momento, amparados en la absoluta falta de regulación legal y deontológica consentida por el sobornado poder gubernamental, habían provocado con su mala praxis la ruina de empresas, naciones y continentes enteros.

           Abierta la veda sobre todo desde el territorio del documental –Enron, los tipos que estafaron a América como ignorado anuncio pre-crisis, Inside Job, Capitalismo: una historia de amor,…-, e incluso desde los márgenes más comprometidos del Hollywood independiente –The Company Men, Margin Call-, el combativo Costa-Gavras, no podía por su parte permanecer callado ante semejante atropello, toda vez que más de un lustro antes había apuntado hacia los desmanes del deshumanizado ultracapitalismo en Arcadia a modo de acre advertencia. Narrada en tono de comedia negra, Costa-Gavras denunciaba ya en aquella la cruenta guerra contra sus semejantes a la que el ciudadano común se veía condenado por el sistema económico, promotor del egoísmo y el individualismo como indispensables herramientas de supervivencia; convertido de tal modo, en la versión última de semejante idea, en un implacable asesino de competidores.

            Ahora, en El capital, Costa-Gavras aúna el espíritu didáctico para desgranar desde su particular punto de vista las causas y orígenes de la crisis financiera, junto con el análisis crítico por medio de la sátira y el sentido del espectáculo indisociable al cine. Por ello, factor común en buena parte de su trayectoria -compuesta de películas donde estas agresiones a la sociedad equivalen siempre a procesos organizados a modo de conspiración-, el planteamiento del filme se constituye mediante los códigos definitorios del thriller.

           Escrita a partir de la novela homónima de Stéphane Osmont, El capital desgrana el imparable ascenso de un hombre grisáceo a la cima del escalafón económico francés/europeo. Sus armas: la maquiavélica falta de escrúpulos, una frialdad sociopática y una ambición desmesurada que se entremezcla con el rencor inconcreto propio de todo individuo acomplejado por la mediocridad real e insatisfactoria de sus verdaderos sueños y capacidades. Un tipo, en definitiva, que podría pasar por orgulloso hijo de aquel infame Gordon Gekko que había nacido en Wall Street como personificación de la codicia y como crítica a la inmoralidad del universo financiero, para terminar convirtiéndose gracias a su pseudofilosofía del éxito en icono e inspiración de varias generaciones de especuladores -cabe mencionar que, aprovechando la presente coyuntura, el viejo y malvado Gekko también resurgía de sus cenizas hace escasos tres años con el estreno de la segunda parte de sus andanzas-.

Gad Elmaleh, cómico por lo general, curiosamente pareja de la acaudalada Carolina de Mónaco, aporta al personaje su más inexpresiva e inescrutable cara de póker. No es casual la alusión a los naipes, puesto que su monomaníaca escalada al poder, al respeto de los elitistas plutócratas y a unas indecentes cantidades de dinero -que en realidad no parecen servir más que para lucir como ostentosas cifras en un papel-, no deja de ser un juego de niños malcriados, elevados a semidioses por una sociedad cuya corrupción ética, parida y criada por el ultraliberalismo y turbocapitalismo estadounidense, se expande por todo el globo como una peste contagiosa y nociva, arrasando con ella todo lo que no pueda traducirse en números verdes: principios, familia, sentimientos, solidaridad,…

           El veterano cineasta no ahorra en utilizar armamento pesado en sus diálogos, unas veces afilados, otras disparados a bocajarro y en todo caso contundentes. Una irregularidad patente asimismo en el hecho de que el carácter ligeramente plano y arquetípico de sus personajes y la trama –por ello un tanto fangosa en algún instante, con ciertas líneas argumentales mal rematadas, como la de la modelo-, no riñe en modo alguno con la credibilidad de los mismos. Así, términos como “depredadores”, “mafiosos”, “sectarios” y “cowboys” se convierten en sinónimo puro de “banqueros”, gremio ejemplificado en grado máximo por la figura de un mefistofélico Gabriel Byrne que parece repetir, con un carácter mucho menos benévolo esta vez, aquel papel de Satanás acometido en El fin de los días.

            De nuevo, como hiciera entonces en Arcadia, Costa-Gavras grita contra la sumisión del espíritu y los valores humanos frente a las falsas deidades adoradas desde unos medios de comunicación subastados y dirigidos: el sexo cosificado, el lujo como equivalente de la felicidad, la violencia normalizada, la autarquía individual frente a la armonía colectiva.

Un mensaje que, en definitiva, parece legar un notable poso de amargura y pesimismo, pese a las circunspectas gotas de humor negro destiladas a partir de tal recua de impresentables –más logradas que otros arrebatos cómicos manidos y más bien ineficaces como la representación fantasiosa de las ilusiones mentales del protagonista-. Conclusiones similares a las que señalaban con crudeza y desesperanza películas coetáneas como Margin Call o Wall Street, el dinero nunca duerme: la insaciable exigencia de sacrificios por parte del Dios dólar, el ciclo vicioso e irrompible del dinero en el que solo la cima permanece inmutable, la connivencia e hipócrita participación de una sociedad con sus raíces morales putrefactas.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

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