Sin tregua (End Of Watch)

12 Jul

La versión original, en CINEARCHIVO.

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“Nosotros no percibimos ya la realidad, sino, en su lugar, la representación televisiva de la realidad. Nuestro horizonte de experiencias es muy limitado. Lo que sabemos del mundo es poco más que el mundo mediático, la imagen. No tenemos realidad, sino un derivado de la realidad.”

Michael Haneke

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Sin tregua (End of Watch)

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Poster 700x1000 AF

Año: 2012.

Director: David Ayer.

Reparto: Jake Gyllenhaal, Michael Peña, Anna Kendrick, Natalie Martínez, America Ferrera, David Harbour, Frank Grillo, Maurice Compte, Yahira Flakiss García.

Tráiler

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            El ultrarrealismo, ese reto de credibilidad tantas veces planteado en el cine, adquiere visos de auténtico desafío en estos tiempos contemporáneos de realidad virtual extrema, de exhibicionismo exacerbado y continuo vía telerrealidad, redes sociales y YouTube, y de generalización, democratización y vulgarización del filmado a causa de la sobreabundancia de instrumentos de grabación y emisión.  Un contexto que hubiera hecho las delicias de cualquier Gran Hermano que se precie –si es que no lo hace, en vista del férreo control cibernético ejercido desde los Estados Unidos-.

El cine de terror es quizás el género que, en aras de conseguir un mayor impacto en sus producciones, con mayor avidez ha tratado de explotar esta búsqueda, empleado para ello recursos como el falso documental –muy aprovechado también en la comedia por sus efectos desconcertantes- o el ya muy sobado truco del ‘metraje encontrado’ (El proyecto de la bruja de Blair, REC, Paranormal Activity, Monstruoso,…). Modos de explotar la credulidad del público que, a su vez, trazan una línea de evolución lógica desde el grand guignol, el cine mondo y cintas como Holocausto caníbal.

Más interesante es, sin embargo, el acercamiento al ultrarrealismo como medio de alcanzar una verosimilitud dramática que de otro modo sería complicada; como herramienta con la que hacer aún más partícipe al espectador de la experiencia, ficticia o verdadera, narrada ante él. En este sentido, cabe destacar los logros de Paul Greengrass en obras tan vívidas e impactantes como Bloody Sunday y United 93, además de interesantes investigaciones metalingüísticas como la planteada por Brian de Palma, devoto formalista, en Redacted, reflexión acerca de la posibilidad de conocer la verdad en la era de la sobreinformación.

            Sin tregua parte de premisas formales similares a aquellas propuestas precisamente en Redacted: el uso ininterrumpido de imágenes procedentes de video-diarios, cámaras de seguridad, videocámaras digitales, cámaras ocultas,… Imágenes tomadas en primera persona y que responden a los puntos de vista y reacciones de los protagonistas de la acción, alter egos sensoriales del espectador por momentos. Un intento por parte de David Ayer de aportar algo de frescura, originalidad y autoría a un género tan trillado como el policíaco.

            La idea es loable; la ejecución, por completo deshonesta. Esta renovadora apuesta formal no es sino el disfraz que Ayer emplea para enmascarar una historia del todo rutinaria, escrita a vuelapluma y prolija en estereotipos. De esta manera, la utilización de esas tomas de apariencia improvisada y resultados enmarañados –una excusa útil para no molestarse en componer un plano que tenga sentido y mensaje-, se traiciona con insertos de rodaje convencionales destinados a arrancar cierta espectacularidad visual y emocional, a lo que se añade el empleo de otros aderezos y potenciadores como la banda sonora.

Así las cosas, las aspiraciones de máxima verosimilitud restan insatisfechas a causa de la falta de coherencia de Ayer, deformadas en ocasiones hasta cotas ridículas –sobre todo cuando la escena parece surgida de un videojuego de disparos en primera persona- o, cuanto menos, exigentes sin necesidad, contradictorias con la condición accesible al gran público del fondo del relato.

            Por otro lado, Sin tregua presenta una historia que encaja a la perfección dentro de las inquietudes de su director y guionista, quien, desde el reconocimiento obtenido por el libreto de Training Day, ha venido desarrollando su trayectoria a través de filmes que responden a unos cánones bien definidos: el entorno urbano caótico y amenazador, la adrenalina y la testosterona como forma de vida, la moralidad ambigua o directamente corrupta en sus personajes principales, el buen oído para el lenguaje de la calle, expuesto sucio y sin censura, el agresivo reflejo de la violencia y la amistad masculina como tabla de salvación frente a la hostilidad de este pequeño universo, casi lindante con las fantasías de plomo, sangre y homoerotismo de John Woo.

            A pesar de la naturaleza decididamente noble de sus protagonistas -una mirada más comprensiva y terrenal hacia los maltratados servidores de la ley respecto a lo que acostumbra el cineasta-, el presente filme no es una excepción a estas reglas. La megalópolis de Los Ángeles sirve de nuevo el escenario donde una pareja de policías (Jake Gyllenhaal y Michael Peña) describen su rutina en medio de una soleada Babel que se desmorona, un mundo de cemento y mierda inmerso en su sordo e irremediable apocalipsis.

Ya que las situaciones de peligro no superan la sensación de estar ante un capítulo en exceso preparado del longevo reality Cops y dado el desbarajuste último del argumento en su forzado y barato intento de imprimir dramatismo a la película, la excelente química entre los actores y el retrato de su convivencia por medio de conversaciones en principio intrascendentes se erige, por fin, en lo más veraz, genuino y disfrutable de la función.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 4,5.

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