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Rollerball

11 Jul

“¿Cómo se puede hacer un alegato sobre la violencia sin mostrar violencia?”

Norman Jewison

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Rollerball

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Rollerball

Año: 1975.

Director: Norman Jewison.

Reparto: James Caan, John Houseman, Maud Adams, John Beck, Moses Gunn, Pamela Hensley, Ralph Richardson.

Tráiler

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           Si atendemos a las enseñanzas del cine, el futuro es una mierda, pero al menos podremos gozar de ocio como Dios manda. Ver por televisión una nueva prueba mortal de Perseguido, seguir online las cacerías humanas de Battle Royale, La isla de los condenados o Los juegos del hambre, comprar entradas para la próxima competición de La carrera de la muerte del año 2000, perder toda la tarde entre partidas de Gamer, llevar a la familia a los cuartos de final del campeonato del mundo de Rollerball entre Houston y Madrid,…

            No recuerdo quién mencionaba hace poco -creo que era a raíz del comunicado de Neymar, supuesta estrella díscola e indolente, en defensa de la sanidad y educación pública brasileña y en contra de su recorte presupuestario a favor del próximo mundial de fútbol- que aquellos que reclaman que el deporte no debe nunca mezclarse con la política son fuerzas conservadoras, acérrimas de la máxima de pan y circo y temerosas de la influencia subversiva del icono mediático sobre la sociedad. Gente que mira con recelo la valerosa oposición de Albert Richter al nazismo en auge, el peso de Muhammad Alí en su lucha por la igualdad racial en Estados Unidos, el visionario empleo del rugby por parte de Nelson Mandela como herramienta de unidad nacional en una Sudáfrica bipolar, y tantos otros ejemplos de dignidad.

El caso es que, en Rollerball, es Jonathan E., astro absoluto del sangriento deporte rey del momento, quien se erige como figura rebelde contra el todopoderoso Estado-Corporación que controla hasta el mínimo detalle los designios humanos –incluido una especie de derecho de pernada- en esta distopía próxima. Una curiosa organización totalitaria que, en plenos años setenta de decepción y Guerra Fría, presenta características intercambiables entre comunismo –supresión de toda iniciativa particular, regulación estatal de economía, sociedad, cultura y costumbres– y capitalismo –la prosperidad económica y la felicidad material como único objetivo, la clase ejecutiva como élite ultraprivilegiada-.

            Jonathan E. (James Caan) aparece entonces, al negarse a ser retirado de su carrera por los dictámenes de la televisión y los poderes fácticos, como último adalid del extinto esfuerzo individual. Es, cabría decir, una declinación deportiva y célebre del gris funcionario Winston Smith, quien en 1984 trataba de plantar cara al monstruoso e hipertrofiado Estado reivindicando su personalidad diferente e investigando la realidad y la memoria fuera de la versión oficial impuesta.

            Para ambientar ese mundo venidero sumido en una permanente decadencia romana, narcotizado por el lujo, la droga, la destrucción y la banalidad, Norman Jewison, realizador frecuentemente encuadrado en la artesanía del mainstream, envuelve el relato en una lograda atmósfera hipnótica, compuesta de magnéticas y expresivas imágenes lindantes con lo onírico e incluso lo surrealista –las peleas entre el olvidadizo ordenador central y su amoroso programador-, en fiero contraste con la atractiva y cruenta espectacularidad de las escenas de acción destinadas a la taquilla.

Como hiciera Stanley Kubrick en 2001: Una odisea del espacio, el cineasta canadiense imagina el futuro con música clásica. La gravedad de la Tocata y fuga en re menor, BWV 565 de Bach marca el compás con el que se inicia la liturgia de ese circo despiadado que es el rollerball, mezcla de patinaje, fútbol americano y combate de gladiadores; el Adagio Albinoni es la luctuosa sintonía musical que preside las relaciones sentimentales, establecidas siempre bajo contrato y de duración finita.

            Rollerball introduce así al espectador en un universo corrupto y dominado mediante la asepsia, la letargia y la violencia, si bien (cada vez más) reconocible. A pesar de que la evolución del protagonista quede en ocasiones algo dispersa, el buen hacer desde la dirección y el acertado guion dan lugar a una inquietante película repleta de tenue melancolía, profundo pesimismo y, por qué no, un apreciable poso de lucidez filosófica que la hace verdaderamente interesante.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 8.

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