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Django

3 Jul

“-¿Cómo te llamas?

-Django.

-¿Cómo se deletrea?

-D-J-A-N-G-O. La ‘D’ es muda.

-Lo sé.”

Amerigo Vesseppi y Django (Django desencadenado)

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Django

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Django

Año: 1966.

Director: Sergio Corbucci.

Reparto: Franco Nero, Loredana Nusciak, José Bódalo, Eduardo Fajardo, Ángel Álvarez.

Tráiler

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           En 1966, al calor de la popular Trilogía del dólar de Sergio Leone, nacía Django, una de las figuras emblemáticas que confirmarían la pujanza del naciente spaghetti western junto a otros como Ringo, Sabata o Sartana. Un personaje dueño de múltiples secuelas, reinvenciones y bastardías, y conquistador, al menos por nombre, de cinematografías foráneas como la japonesa (Sukiyaki Western Django, de Takashi Miike) y la hollywoodiense (Django desencadenado), encargada esta última, a través del idólatra Quentin Tarantino, de recuperarlo para el conocimiento de aquellos espectadores ajenos al correoso subgénero europeo.

           Parida con un presupuesto pírrico, la primera aparición de uno de los caracteres que contribuirían a marcar los cánones del antihéroe arquetípico del spaghetti western, reafirmaba en principio la senda trazada por Leone y sus justicieros anónimos, lacónicos, cínicos y con cierta aura sobrenatural, esculpidos para la posteridad por Clint Eastwood.

En una concepción genial, Django, semblante sombrío, traje oscuro de nordista, media barba y ojos de acero (Franco Nero, con carisma propio), surge de la nada a pie, sin caballo –elemento otrora imprescindible en todo western que se precie-, arrastrando un ataúd sobre el cual hace referencias a sí mismo, y en el que en realidad transporta una herramienta de muerte.

Es así un individuo que, desde su apariencia inicial de noble defensor de los marginados, se revela más tarde como un ser inescrutable, imperturbable, desafiante y casi invulnerable, entregado con fiereza monomaníaca a una misión que parece ser lo único que le retiene todavía en un mundo de los vivos al que no pertenece. No es casual por ello que el cruento desenlace transcurra en un cementerio donde las balas se dirían escupidas por las mismísimas lápidas.

          Django presenta, en definitiva, una mutación obsesiva y sanguinaria del forastero enigmático de Eastwood, de la misma manera que la trama del filme replica con algunas variaciones al de Por un puñado de dólares, a su vez apropiación del Yojimbo de Akira Kurosawa, tomado por su parte de Cosecha roja de Dashiell Hammett. Es decir, el extraño que con su presencia decide el equilibro de un pueblo miserable, todo barro, viento y mierda, asolado por dos bandos antagónicos pero equiparables en su carácter pestífero: en este caso, los racistas sureños del mayor Jackson, con parafernalia similar al Ku-Klux-Klan, y los andrajosos revolucionarios mexicanos en el exilio del general Hugo Rodríguez.

           Nos encontramos por tanto ante un western esquemático y ultraviolento, entregado a los instintos más primarios de un género devenido poco a poco en su propia caricatura. El tono, junto con la pobreza de la producción, determinan el estilo feísta y tosco de Sergio Corbucci, quien entraría merced a ésta y El gran silencio en el panteón de los grandes directores del spaghetti. A lo largo de la cinta llueven los zooms agresivos, los encuadres urgentes e imprecisos y el montaje peleón, que en ocasiones traban el relato de un argumento básico y tampoco particularmente emocionante en su desarrollo. Destaca en cambio la interesante banda sonora del argentino Luis Enríquez Bacalov, eso sí, cortada a tijeretazos para hacerla encajar en las escenas precisas.

           Desde su naturaleza de pasatiempo impulsivo e intrascendente, le perjudica su seriedad, la ausencia de trazos humorísticos, irónicos y autoconscientes de los que sí solía gozar la obra de Leone.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 5,5.

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