Archivo | junio, 2013

Juntos hasta la muerte

20 Jun

“Luchar contra nuestro destino sería un combate como el del manojo de espigas que quisiera resistirse a la hoz.”

Lord Byron

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Juntos hasta la muerte

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Juntos hasta la muerte

Año: 1949.

Director: Raoul Walsh.

Reparto: Joel McCrea, Virginia Mayo, Dorothy Malone, Henry Hull, John Archer, James Michell, Harry Woods, Morris Ankrum.

Tráiler

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            Desde la pionera Asalto y robo de un tren, el cine descubrió que el western admitía cualquier tipo de género, inventado o por inventar, dentro de sus holgadas hechuras. Que se juntaran dos todoterrenos como Raoul Walsh en la dirección y W.R. Burnett en el texto, con amplio conocimiento y experiencia en el criminal, garantizaba que en el interior de un western como Juntos hasta la muerte concurrieran a la perfección, con naturalidad y densidad dramática, los símbolos y los espacios característicos del cine Oeste con los códigos y arquetipos del noir más pesimista.

           Más aún, el argumento del filme supone un remake en toda regla de El último refugio, rodada por Walsh ocho años antes, centrado por tanto en los preparativos previos a un arriesgado golpe, el último para un forajido hastiado del juego y con ansias de redención (Joel McCrea en este caso, bueno por naturaleza).

La tensa calma antes de la tormenta en la que, como en aquella, se le ofrece al protagonista dos vías de futuro divergentes con forma de mujer: una azarosa, indeseada y dolorosamente consecuente con la irreparable condición de paria del forajido, la de prostituta mestiza interpretada por Virginia Mayo; y una tranquila, anhelada pero improbable, la que representa la dulce señorita sureña encarnada por Dorothy Malone.

           Juntos hasta la muerte es un western que habla sobre el carácter inexorable de un destino que juega con las cartas marcadas, de la condena fatalista forjada por el propio pasado y manifiesta en cicatrices imposibles de cerrar o condenadas a repetirse una y otra vez, y de la peligrosa y decepcionante falsedad de las apariencias.

Elementos esenciales del cine negro, junto con la naturaleza marginal de sus protagonistas, que Walsh encierra en un territorio abierto y luminoso pero al mismo tiempo árido, desolado y fantasmagórico. Un ‘fin del mundo’, literalmente, donde aparecen incluso detalles atmosféricos de procedencia fantástica –la impresionante carcasa ruinosa de Todos los Santos como metáfora del microcosmos que habitan los personajes, los cantos indios como trance que pregona la muerte, la Ciudad de la Luna, tan ilusoria como los planes del honrado asaltador-.

           Es cierto el inconveniente del ligero pero desconcertante tono cómico del inicio y que McCrea, aunque no acometa mal su papel heroico y bondadoso -casi el único de su registro-, no posee ni por asomo la turbiedad, agresividad y desesperación que barnizaba el rostro del Humphrey Bogart de El último refugio y que tan bien le sentaba al personaje. Sin embargo, Juntos hasta la muerte consigue elevarse por derecho propio como una película más que aprovechable.

El guion, lleno de traiciones e intereses cruzados, se desarrolla en la pantalla con una admirable intensidad –la firme realización de Walsh acostumbra dar lugar a obras de vigorosa potencia narrativa-, que continúa in crescendo una vez libera toda su violencia e inflama su dimensión romántica.

Una violencia que, como en las grandes tragedias, explosiona con mayor crueldad en el plano emocional que en su aspecto físico para encumbrar, poco a poco, a la infausta, inolvidable y embetunada figura de Virginia Mayo.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Rififi

18 Jun

“De la peor novela que he leído, Dassin hizo la mejor película de cine negro que yo haya visto nunca.”

François Truffaut

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Rififi

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Rififi

Año: 1955.

Director: Jules Dassin.

Reparto: Jean Servais, Carl Möhner, Robert Manuel, Jules Dassin, Marie Sabouret, Janine Darcey, Marcel Lupovici.

Tráiler

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           Si la expansión del nazismo por Europa condenaba a muchos de los más hábiles hombres de cine del viejo continente a emigrar a Hollywood, las bochornosas listas negras del maccarthismo forzaban a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta a emprender el camino contrario a un buen puñado de artistas estadounidenses. Jules Dassin –nacido Julius-, firmante de películas tan poderosas como Fuerza bruta, La ciudad desnuda, Mercado de ladrones o Noche en la ciudad, formará parte de este grupo.

El establecimiento de su residencia en Francia, previo paso por Reino Unido, permitirá a Dassin continuar su obra con Rififi, cine negro de sensibilidad indiscutiblemente norteamericana pero ambientado en los bajos fondos de París, la gran urbe de su país de acogida, equiparable a la mastodóntica y hostil Nueva York o a la sórdida y heterogénea San Francisco.

Un paso más en el afianzamiento del noir en el lugar donde precisamente había sido bautizado como tal y que, andando el cine, cultivaría asimismo su propia versión del género, el polar.

           Dassin deshacía su maleta, llena de sombras, dudosos pactos de honor y deudas de sangre, de traidoras femmes fatales, de ciudades envueltas en mugre en la cara oculta de su luminosa monumentalidad, de planes de fugaz enriquecimiento y de destinos de miseria inquebrantable.

Un microcosmos sucio y desencantado en el que tipos de turbio pasado –expresado por el magnífico guion siempre a través de frases sueltas, detalles inconexos, miradas y reacciones- e inexistente futuro tratan de elevarse sobre la inmundicia a costa de un puñado de diamantes.

           Cimentado a partir del tópico del atraco perfecto –ya explorado en otras cintas de éxito como La jungla de asfalto-, Rififi, pese a lo que la desafortunada sonoridad de su título sugiere, es un filme hosco que desde una sensación de profundo pesimismo, mezclado con una inusitada rabia y agresividad, agarra por las solapas al público y no deja de agitarlo hasta su conclusión.

La mil veces imitada secuencia del robo -32 minutos sin diálogos y de respiración contenida- supone uno de los más grandes ejemplos de tensión narrativa del cine, producto de una inteligente planificación y, en especial, de un soberbio uso del montaje, que extiende sus aceradas garras a lo largo de las dos trepidantes horas de película.

            La ausencia en Francia del moralista código Hays permite que Dassin descerraje sin paños calientes su estilo naturalista -inspirado en el neorrealismo italiano y herramienta introductora de concienciados tintes sociales, parte indisociable de sus filmes criminales- para retratar con total crudeza el submundo del hampa parisina en el que se desarrolla el relato. Los guiños sexuales, la presencia de la drogadicción y sobre todo la despiadada violencia estallan en plena cara con sequedad y sin adornos, ya sea fuera de campo o ante los ojos atónitos del espectador, atrapado sin remedio por la vorágine.

            Impresionante película, viga maestra difícilmente igualable de todo un subgénero.

 

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,1.

 Nota del blog: 9,5.

Seducida y abandonada

17 Jun

“Ninguna mujer se ha perdido nunca sin que la ayudase algún hombre.”

Abraham Lincoln

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Seducida y abandonada

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Seducida y abandonada

Año: 1964.

Director: Pietro Germi.

Reparto: Saro Urzì, Stefania Sandrelli, Aldo Puglisi, Lando Buzzanca, Paola Biggio, Leopoldo Trieste, Umberto Spadaro, Oreste Palella.

Tráiler

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            Durante mi primera semana de Erasmus en Messina, recuerdo haber preguntado a un chaval siciliano por qué casi no había chicas en la calle a partir de las dos o tres de la mañana. Respondió que, por lo general, en Sicilia –al menos en Messina, que con todo y ello es la ciudad más próxima al continente- no se tiene en buena consideración –en realidad el término ‘puttana’ apareció en algún momento- a las mujeres que salen de fiesta hasta tan tarde. Tampoco a las que se emborrachan, ni a las que visten minifalda, ni a las que se dejan seducir por extranjeros (lástima, porque por ahí andaba una de las chicas más guapas que he visto nunca).

Aunque entonces me reí por lo que creí una exageración pintoresca destinada a impresionar al foráneo –cosa que solían hacer al hablar de todo lo respectivo a la mafia-, el paso del tiempo y la experiencia en la ciudad me desveló que quizás, en pleno siglo XXI, algo vivo quedaba de la Sicilia secular, patriarcal e irredenta. Aquella que divide a las mujeres entre ‘mamma’ y ‘puttana’, la de misa, crucifijo y lujuria, la Democrazia Cristiana, el comunismo y la Cosa Nostra, la de la inconmensurable belleza y la decadente ruina.

             A través de la exitosa trilogía satírica de Pietro Germi –Divorcio a la italiana, Seducida y abandonada y Señoras y señores– se puede apreciar ya cómo una mirada ajena a la isla, aun siendo igualmente italiana, y rescatada de los años sesenta, trata de desentrañar las pavorosas contradicciones e hipocresías de la cultura siciliana empleando el humor como estilete, ora con precisión y finura, ora con furia salvaje.

             Si en Divorcio a la italiana el espectador asistía entre atónito y descacharrado a las tribulaciones de un hombre casado de mediana edad en su intento de conquistar a su sobrina adolescente, en Seducida y abandonada –expresión popular extraída de las crónicas sociales de los periódicos sículos-, el cuestionable héroe de la tragicomedia es un padre que se desespera haciendo equilibrios para compensar la cuota de honor mancillado por su atractiva hija, embaucada sexualmente por el prometido de su hermana.

Y, claro, en realidad, la grotesca y desproporcionada tragedia del macho, soporte único de los pilares sociales fundamentales -el honor y la familia-, tan solo revela la absoluta indefensión de la mujer siciliana a nivel familiar, social e incluso legal –el abominable artículo 544, el ‘matrimonio reparador’, capaz de purgar por sí solo cualquier delito de género, vigente hasta 1981-.

            Por medio del tratamiento épico de los tejemanejes de Don Vincenzo Ascalone –los agresivos estallidos vocales y gestuales de Saro Urzì, los degüellos propios del spaghetti western, la música de solemne dramatismo, efectos para subrayar su estado emocional tales como explosiones-, Germi pone de manifiesto, con excelentes resultados cómicos, el sobredimensionado patetismo de los tormentos del sufrido pater familias, inscrito dentro de un éxtasis perpetuo conducente a un final feliz del todo despiadado.

Un desenlace sangrante que, en cierto modo, prosiguiendo con esa dolorosa sensación presente a lo largo de todo el metraje, prefigura una situación que abocaría sin remedio a cerrar el siniestro círculo de relaciones matrimoniales planteado por Germi, con la probable repetición futura por parte de sus personajes del argumento de esa anterior Divorcio a la italiana.

            De vuelta en el árido escenario de Sciacca -empleado asimismo en aquel espléndido western judicial que era En nombre de la ley– y arropado por un reparto de rostros habituales en su cine –el excelente Saro Urzì, Stefania Sandrelli ascendiendo un peldaño en su popularidad, el peculiar Leopoldo Trieste,…-, Germi desata una comedia rabiosa cuyo cáustico desenfreno, sin embargo, tiende a cargar las tintas en exceso a causa de su ocasional redundancia.

Tan divertida como malsana.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

El jinete pálido

16 Jun

“¡¡¡Shane!!! ¡¡¡Vuelve!!!”

Joey Starrett (Raíces profundas)

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El jinete pálido

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El jinete pálido

Año: 1985.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Michael Moriarty, Sydney Penny, Carrie Snodgress, Chris Penn, Richard Dysart, John Russell.

Tráiler

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            No solo de Leone y Siegel bebía Clint. El cineasta californiano retornaba al western seis años después de la magnífica El fuera de la ley para realizar El jinete pálido, la película con la cual el californiano iniciaría por fin la que unánimemente se consideraría su etapa de madurez como director, a dos pasos de ser confirmado como autor de prestigio a nivel internacional –esto es, desde la exigente crítica francesa- por medio de Bird.

En unos tiempos en los que el género norteamericano y cinematográfico por excelencia languidecía sin remedio -irreparable sobre todo a partir del legendario descalabro de La puerta del cielo, a pesar de sentidos homenajes como el de la coetánea Silverado-, Eastwood volvía la vista atrás para apropiarse de la silueta de uno de los grandes clásicos, la magistral Raíces profundas, y avanzar en su estudio del western desde una óptica y sensibilidad del todo particular, sin aspiraciones de imitar o recuperar un estilo pretérito y olvidado, ni ínfulas de abanderar la renovación universal del género.

            Nos encontramos por tanto ante una base tradicional, en la que el enemigo del pistolero no es el villano sanguinario sino el destino inexorable de soledad y violencia, y a la que de nuevo Eastwood agrega notas del spaghetti y el western sucio procedente de sus maestros de cabecera, haciendo aflorar con ello las pulsiones sexuales y agresivas del original y rebajando en parte los tormentos psicológicos de un protagonista sin redención posible. Porque el predicador de El jinete pálido, el forastero encerrado en un círculo irrompible de polvo y sangre con comienzo y final en la bruma de lo desconocido, adquiere una vez más las cualidades fantasmagóricas de sus personajes también anónimos de la Trilogía del dólar y de los vengadores implacables, al límite de lo sobrenatural, de sus dos primeras incursiones en el Oeste desde la silla de realizador, Infierno de cobardes y El fuera de la ley.

Rasgos que se acentúan en esta ocasión, dado que Eastwood aparece directamente invocado por una oración apocalíptica, a modo de milagro salvador o mortífera plaga divina, y alrededor del cual la referencia a la muerte –las pavorosas marcas de su espalda, sus apariciones fugaces y providenciales, las reacciones incrédulas de vestigios de su pasado- serán constante durante todo el metraje.

            Al igual que en Raíces profundas, el predicador errante de Eastwood, hierático, adusto y enigmático, ejerce, como parte de su trayecto determinado por los hados, a modo de decisivo intermediario entre los litigios de un poderoso cacique minero y una pequeña colonia de esforzados extractores de oro, liderados por un obstinado pero impotente aldeano (Michael Moriarty).

A su vez, el lacónico sacerdote-pistolero surge como foco de fascinación para la mujer de éste (Carrie Snodgress), quien parece ver en su porte independiente una sombra de un pasado que debiera olvidar –expresado con menos sutileza, más brusquedad y mayor fisicidad que en la película de George Stevens-, y la hija adolescente de ella (la bellísima Sydney Penny), quien a causa de su sobrehumana autosuficiencia lo idealiza hasta el estatus de padre ausente o marido necesario y deseable.

            Eastwood continúa con su aprendizaje, refinando su estilo, cada vez más próximo a la lírica prosa invisible y elegante de Ford, férreo desde el raudo uso del montaje paralelo en el ataque inicial, impregnando toda la obra de esas tonalidades oscuras y atmósfera tenebrosa que más tarde envolverán el crepúsculo definitivo de su arquetipo en Sin perdón.

La intensidad de este western de interiores –las inexpugnables montañas parecen constituir otra pared que encierra al pueblo en sí mismo- se combina con placer con la violencia seca a lo largo de un crescendo que conduce al estallido del clímax: una redención mezclada con la venganza personal frente a un despiadado asesino a sueldo y su banda de ayudantes (John Russell, el Lee van Cleef que no pudo ser a causa del alcoholismo del veterano actor) y, por supuesto, la confirmación del fatalismo inherente al cosmos dramático de su protagonista.

Un nuevo paso adelante de Clint.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Kon-Tiki

15 Jun

“No he hecho nada por ansia de aventura, todas mis expediciones han tenido un objetivo científico.”

Thor Heyerdahl

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Kon-Tiki

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Kon-Tiki

Año: 2012.

Directores: Joachim Rønning, Espen Sandberg.

Reparto: Pål Sverre Hagen, Anders Baasmo Christiansen, Tobias Santelmann, Gustaf Skarsgård, Odd Magnus Williamson, Jakob Oftebro, Agnes Kittelsen.

Tráiler

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            Uno, que en su día estudió para arqueólogo, sabe un tanto acerca de la abismal distancia  existente entre ser Indiana Jones –figura recurrente en las justificaciones de tan especial materia frente a escépticos extraños, que en mi caso era sustituida por eventuales encuentros con una sosias de Lara Crofty realizar un trabajo de campo real, todo rutina y paciencia excavadora, mundano devaneo cerebral e incontables horas de laboratorio, lectura y moreno de flexo.

Sin embargo, de vez en cuando surgen ejemplos que reconcilian al arqueólogo con su espíritu aventurero. La expedición de la Kon-Tiki, la más célebre muestra de arqueología experimental, es uno de esos casos deslumbrantes.

Con ella, el antropólogo noruego Thor Heyerdahl trataba de probar la posibilidad de que la colonización de la Polinesia hubiera sido efectuada por parte de oriundos de Sudamérica y no de Asia, como sostenían las principales corrientes teóricas del momento. El método de investigación: navegar a la deriva los 8.000 kilómetros que separaban el puerto peruano de El Callao de los atolones coralinos de la PolinesiaRaroia acabaría por ser su destino- a bordo de una balsa de troncos. 

            Arqueología épica, realizada por un equipo de convicción sobrehumana -aparecen entre los tripulantes héroes de la Segunda Guerra Mundial como Torstein Raaby, partícipe en el hundimiento del acorazado Tirpitz, y Knut Haugland, que había saboteado la creación de la bomba atómica alemana en Telemark-, y que necesariamente era carne de Séptimo Arte. Prueba de ello es su conexión con los Oscar por medio de Kon-Tiki, filmación del periplo por sus partícipes y galardonada en 1950 con el premio a mejor largometraje documental, y la nominación de esta segunda Kon-Tiki, ya relato de ficción y parte de la terna seleccionada para la estatuilla a mejor película de habla no inglesa en la última gala de la Academia.

            Todavía pendiente de estreno en las salas españolas, Kon-Tiki recupera con firmeza, estilo, buen pulso y alguna que otra licencia dramática la epopeya marina de estos intrépidos escandinavos.

El apreciable –que no espectacular- sentido aventurero, superviviente del posible acartonamiento derivado de la cuidada atención estética y la aridez propia de su reducido escenario y argumento, convierte al filme en un entretenido acercamiento a esta hazaña científica moderna, en la que se identifica al descubridor con una obstinación y perseverancia privilegiada pero que posee el reverso amargo de la soledad sentimental.

La aventura como pulsión existencial e innata, la vida como búsqueda incesante e insaciable.

           No alcanza toda la trascendencia metafísica que se podría extraer de esta odisea homérica, del conflicto del hombre contra barreras colosales como son los elementos naturales o las convenciones científicas y sociales, mientras que la exploración de personajes queda en el bosquejo superficial, pero ello tampoco es óbice para disfrutar de este interesante y didáctico relato.

           Finalmente, las hipótesis de Heyerdahl sobre la colonización sudamericana de la Polinesia serían refutadas.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

21 Black Jack

14 Jun

“Soy un escritor de Hollywood, así que me pongo mi chaqueta deportiva y me quito el cerebro.”

Ben Hetch

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21 Black Jack

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21 Black Jack

Año: 2007.

Director: Robert Luketic.

Reparto: Jim Sturgess, Kate Bosworth, Kevin Spacey, Aaron Yoo, Liza Lapira, Jacob Pitts, Laurence Fishburne, Josh Gad, Sam Golzari.

Filme

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            El giro sorprendente de guion compone uno de los elementos imprescindibles en el cine de picaresca y timos; esto es, aquel en el que un grupo de personas aspira a conseguir por pura habilidad intelectual un cuantioso botín que, por otros medios –intimidación física, acción expeditiva, tecnología puntera- sería imposible de obtener. Robos de intrincada y limpia cirugía que fascinan y atrapan sin remedio –El golpe, Nueve reinas,…- pero cuyo satisfactorio resultado cinematográfico depende de un valor contradictorio a lo que se expone en su trama: la honestidad de esos citados giros argumentales, la ausencia de argucias, que el guionista no se convierta en un simple pícaro más que roba la cartera al espectador distrayendo su atención con un truco barato.

            21 Black Jack presenta un atractivo número de feriante: un cruce entre los espectaculares asaltos a casinos de la saga de Ocean’s Eleven, entremezclado con las habilidades matemáticas de Rain Man y la reivindicación (seria) del nerd sin vida social de las comedias juveniles de los ochenta.

Chicos guapos que, bajo el liderazgo carismático de Kevin Spacey -enrollado profesor de ecuaciones no lineales y antiguo contador de cartas de Las Vegas-, conocen los inalcanzables lujos del sistema regido por el dios dólar gracias a la estafa cometida contra las desopilantes catedrales de neón de la ciudad del pecado. Un escenario de sueño dorado de la MTv que Robert Luketic, artesano a disposición de productos por lo general precocinados y de consumo rápido, compone en consecuencia con un estilo de gusto contemporáneo, videoclipero.

            El arco dramático que dibuja 21 Black Jack le aleja de los turbios procesos de ascenso, caída y redención del cine de fascinación gangsteril marca Scorsese, ya que prefiere echar el ancla en el moralismo por medio, en primer lugar, de la justificación teleológica de los actos del protagonista –el robo por necesidad, fruto de la elitista educación norteamericana que rechaza el intelecto y solo admite el talonario-.

Presupuestos que conforman un viaje iniciático, con sus respectivas tentaciones, desvíos del camino inicial, posteriores aprendizaje y rectificación, que lo asemejan más en su desarrollo a los ejemplarizantes esquemas argumentales de la Disney y sus personajes que pasan de la nada al todo, ‘from zero to hero’.

            Como decíamos, la historia, bastante convencional y ya por momentos difícilmente creíble –extraño que ningún miembro de la plantilla de algún casino se pregunte porqué los siempre mismos tipos ganan tanto, siempre van juntos y siempre hacen tanto gesto raro-, trata de evitar la previsibilidad absoluta mediante la anteriormente mencionada trampa, el indeseable as en la manga. Lo malo es que el mago no es bueno, el truco está muy gastado, se le ve venir a la legua y el público ya pasa del número.

            Que al menos no sea aburrida a pesar de lo poco interesante de su propuesta, permite a 21 Black Jack conservar el estatus básico de película de usar y tirar.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5.

Feos, sucios y malos

13 Jun

“No siento amor por Italia. No la odio, pero me invade la tristeza por ella.”

Ettore Scola

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Feos, sucios y malos

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Feos, sucios y malos

Año: 1976.

Director: Ettore Scola.

Reparto: Nino Manfredi, Giovanni Rovini, Maria Luisa Santella, Francesco Anniballi, Adriana Russo, Alfredo D’Ippolito, Marina Fasoli.

Tráiler

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            El cine, fiel cronista de la evolución histórica, social y emocional de Italia, había experimentado el paso desde el Neorrealismo de posguerra, defensor irreductible de la regeneración moral tras la vergüenza y el trauma de la Segunda Guerra Mundial, hasta el denominado neorrealismo rosa propio de los años de bonanza y progreso económico de la década de los cincuenta, aún afianzado sobre la realidad de su tiempo pero más amable y humorístico en su aproximación.

El posterior ocaso de los presupuestos humanistas del Neorrealismo y el estancamiento del fulgurante y desigual enriquecimiento económico, unido a una incertidumbre política entremezclada sin solución de continuidad con la corrupción, la violencia y el crimen organizado, encontraba su contrapartida cinematográfica en la aparición de un tipo de comedia amarga, la commedia all’italiana, en la que la tendencia al costumbrismo grotesco, la sátira destructiva y la máscara interpretativa servían como avinagrado y burlesco rostro de la decepción y furibunda denuncia del reverso oscuro de los oropeles del progreso socioeconómico del país transalpino.

            Ettore Scola, uno de los principales nombres de esta renovación generacional del cine italiano, ya había certificado el proceso de defunción de los presupuestos neorrealistas en Una mujer y tres hombres: creímos que íbamos a cambiar el mundo y el mundo nos cambió a nosotros. Ahora, siguiendo la senda empedrada por cintas como Sembrando ilusiones o Aventuras y desventuras de un italiano emigrado, Scola se sumaba con brutal entusiasmo al siniestro crepúsculo de la commedia all’italiana para dinamitar los códigos morales y las convenciones sociales italianas mediante salvajes andanadas de escatología y humor negro con Feos, sucios y malos.

            Como un feroz y esperpéntico negativo de los ideales neorrealistas, la familia retratada en Feos, sucios y malos bien podría haber protagonizado un relato de descarnada y prosaica heroicidad en el cine de contenido social de Vittorio de Sica. En este microcosmos paupérrimo de las chabolas suburbiales de Roma, la única solidaridad posible entre los parias del sistema surge a raíz del acuerdo de asesinar a sangre fría al avaro y rijoso pater familias, dueño de una millonaria pensión de invalidez que se niega a empeñar en la mejora de las deplorables condiciones de vida de su madre, mujer, hijos, nietos, yernos, nueras o, siquiera, él mismo.

Ya no quedan seres admirables en el desastre, ejemplos de dignidad a partir de los cuales reflotar la maltrecha y eternamente inacabada nación. La miseria y deformidad de los personajes de Feos, brutos y malos -poco más que alimañas capaces de cualquier atropello ético y racional en pos de aligerar un poco su penosa desdicha cotidiana-, es al mismo tiempo una hereditaria patología física y una contagiosa enfermedad moral.

            Feos, brutos y malos ofende y desternilla al mismo tiempo que infecta su profundo descreimiento y desesperanza a través de una colección de fisionomías que, capitaneadas por el poderoso Nino Manfredi y a juego con el estilo formal impuesto por Scola, hacen honor al epígrafe de la obra en conjunto con una correlativa batería de actos aberrantes, cuya hilarante atrocidad aproximan la sátira al más asilvestrado surrealismo.

            Despiadada e impactante lectura de la fea, sucia y malvada Italia del momento.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7,5.

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