Monte Walsh

9 Jun

“Dicen que no encajo en este mundo. Francamente, considero esos comentarios un halago. ¿Quién diablos quiere encajar en estos tiempos?”

Billy Wilder

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Monte Walsh

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Monte Walsh

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Año: 1970.

Director: William A. Fraker.

Reparto: Lee Marvin, Jack Palance, Jeanne Moreau, Mitch Ryan.

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            Nombrar el western crepuscular evoca las desoladas orgías de rabia y sangre de Peckinpah, la festividad operística de Leone, la aridez de la moral y la violencia de Siegel o las belicosas desmitificaciones de Penn. Los colosos de la era de esplendor del western, marginados o extintos, dejaban los grandes espacios abiertos a merced de los agónicos y sulfurados estallidos de un género que percibía el olor a muerte en sus propias carnes.

Sin embargo, entre el enmarañado tumulto de la descomposición, un filme olvidado en el dudoso cajón de las obras menores, armado por un operador de cámara, William A. Fraker, que no encontraría mayor gloria desde la silla de director en lo posterior, venía a ejemplificar esa crepuscularidad desde una sencillez y dignidad clásica que avanza en parte la sobriedad y el respeto de los westerns mayores de Clint Eastwood.

            No conviene dejarse engañar por la presentación formulada con música contemporánea, como en Dos hombres y un destino. En Monte Walsh, Lee Marvin y Jack Palance, gente con el rostro desbastado a mazazos por las duras batallas de la existencia, son dos vaqueros atrapados en unos tiempos en los que los otrora inabarcables ranchos han perecido por el invierno y la modernidad, adquiridos por compañías financieras del Este sin rostro humano que responden a nombres como ‘los contables’ y hablan por medio de una ininteligible jerga financiera. Tiempos en los que el ferrocarril extiende sus garras de civilizado acero depredando el territorio virgen, las mujeres pasean entre el polvo las calles como si fuera la cosa más natural del mundo, el cowboy está a disposición de las fluctuaciones del mercado y los viejos héroes de guerra se dedican a arreglar alambradas hasta que la desidia se los lleve por delante.

Conscientes del declive irreparable de su único modo de vida, los dos amigos, abatidos y desengañados, se contentan con malvivir por un sueldo regular en una ruinosa propiedad en la que los obsoletos vaqueros de antaño parecen apilarse, como haces de hierba seca, arropados por el calor de la llana camaradería masculina y los brumosos y adornados recuerdos de épocas de mayor gloria.

           Para obtener su sincero y sentido tono elegíaco, el filme entremezcla gotas de entrañable y amistosa comedia junto con una progresiva e intensa amargura, siempre envuelta en una mirada tierna y compasiva hacia unos protagonistas que ni en su propia casa parecen encontrar espacio, condenados por ello a figurar como fenómenos de feria en el mejor de los casos, como salteadores y asesinos en el peor de ellos. Es la ira del paria contra la injusticia que lo oprime, progenitora de una deriva que, con la debida templanza, aún se puede aliviar con arrebatos más inocuos, como reivindicarse destrozando todo un pueblo a lomos de un caballo bravo.

           Monte Walsh sabe erigirse como una cinta de notable capacidad emotiva, dulce y agria a partes iguales. También posee, todo sea dicho, una cierta tendencia a excederse en el subrayado mediante el verbo, los conceptos temáticos y el lenguaje visual de su intención de homenaje sentido y postrero.

No obstante, las excelentes interpretaciones hacen buena la esmerada construcción de sus otoñales, creíbles y empáticos personajes. Tipos de los que ya no quedan, por presencia y textura, como los espléndidos Marvin y Palance, se acompañan de un magnífico ramillete de secundarios entre los que se cuenta con Jeanne Moreau como benéfica presencia femenina –una prostituta sabia, fuerte y redentora digna de Ford o Hawks-, quien en su condición de belleza alejada de lo convencional, ojerosa, enigmática y sumamente magnética, contribuye del mismo modo a aderezar la obra ensalzando su sabor especial, inimitable, lleno de cuerpo.

            A ello se añade la inspirada realización de Fraker para ultimar una cinta de estilo contenido y melancolía desbordada, honesta, poética, frágil y doliente en su estudio de un género que se escoraba hacia su fase terminal.

A recuperar.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

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2 comentarios to “Monte Walsh”

  1. uraniaenberlin 9 junio, 2013 a 23:12 #

    Leyendo tu crítica de esta película (que desconozco totalmente) me recuerda a Los Profesionales (Richard Brooks) más que nada por ese retrato crepuscular del que hablas y sus dos protagonistas (curiosamente, también en la película de Brooks). No soy fan de este género (como lo es plared) y para más “inri” del período clásico, pero sí me gustan algunas cosas de mediados de los sesenta (incluido Leone) y años setenta (Eastwood…Cometieron Dos Errores, Infierno de Cobardes, Joe Kidd, El Fuera de la ley, Dos Mulas..). Con esas dos bestias pardas (Marvin y Palance) supongo que no hay que perdérsela y más con críticas tan redondas como esta.

    Saludos

    • elcriticoabulico 10 junio, 2013 a 10:14 #

      Ésta es más sobria y menos correosa que las que mencionas, aunque la sensación de encontrarnos ante un mundo que se apaga es la misma. La compañía de Marvin y Palance -enfrentados precisamente en Los profesionales– justifica por sí sola el viaje.
      ¡Gracias por pasarte!

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