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Conspiración de silencio

20 May

“Los actores no tienen cabida en política, punto. Recuerden quién disparó a Lincoln.”

Spencer Tracy

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Conspiración de silencio

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Bad Day at Black Rock

Año: 1955.

Director: John Sturges.

Reparto: Spencer Tracy, Robert Ryan, Walter Brennan, Lee Marvin, Ernest Borgnine, Anne Francis, John Ericson, Dean Jagger.

Tráiler

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            La paranoia del mccarthismo se desmoronaba víctima de sus propios excesos. Llegaba la hora de rendir cuentas. El cine, el más visible chivo expiatorio de la opresión política ultraconservadora a causa de la infame Caza de brujas, comenzaba entonces, de la mano de muchos represaliados en el proceso y de una nueva ola de jóvenes realizadores procedentes de la televisión, una etapa de responsabilidad hacia las libertades políticas y civiles de la sociedad norteamericana. Es la generación del compromiso.

Sin embargo, algunas películas tenían la osadía de abrir la veda aún en tiempos de incertidumbre. Afiladas parábolas que ponían los mejores recursos del séptimo arte al servicio de la denuncia concienciada.

            Conspiración de silencio, filmada por John Sturges en 1955, reutiliza una historia publicada un par de años después de la Segunda Guerra Mundial –por tanto todavía previa al red scare-, para arremeter con virulencia contra la pavorosa y vergonzante enajenación política dominante en el país en la primera mitad de la década de los cincuenta. Tiempos oscuros en los que, paradójicamente, Estados Unidos procedía a ultrajar con alevosía su naturaleza democrática y defensora de la libertad en aras de salvaguardar esa misma esencia original a través un mal entendido -¿acaso hay otra manera?- patriotismo de manifiestos tintes fascistas.

            El western vuelve una vez más a hibridarse con el cine negro, géneros definitorios de la tortuosa construcción del país. Un forastero (Spencer Tracy) se apea en un poblacho aislado en medio del desierto. Herencia del espíritu fronterizo del salvaje Oeste, el forastero es, en su condición de ‘extranjero’, culpable hasta que se demuestre lo contrario, toda vez que además da rodeos a propósito de los motivos de su visita y que, de manera sospechosa, algo le une a la figura de un granjero americano-japonés desaparecido en los días posteriores al ataque a Pearl Harbour.

La intriga de tintes antirracistas sirve una malintencionada excusa para diseccionar la siniestra y sicótica América del mccarthismo: el líder carismático erigido por su discurso interesadamente populista y su agresividad intimidatoria; los secuaces, criminales soterrados que como ratas se liberan al calor de la violencia; la autoridad civil sometida a los antojos del autoritario poder fáctico; el pueblo que presa del miedo no ve, no oye y no habla.

            Signo común de estas alegorías políticas, Conspiración de silencio suele tender a lo discursivo, marcada también por una escenificación de reminiscencias teatrales, con escasos y un tanto estáticos escenarios y abundancia de duelos dialécticos que dejan amplio espacio para el lucimiento de actores de incontestable presencia: Spencer Tracy, que ya había hecho frente a la masa deshumanizada en Furia; un villano clásico con la piel del menos dotado Robert Ryan, tipos hoscos, imponentes y tan poco recomendables como Lee Marvin y Ernest Borgnine o el contrapunto decepcionado y condescendiente de uno de los mejores secundarios de la historia, Walter Brennan.

Rasgos que, sin embargo, no merman la potencia del alegato, sino que, en buena medida, lo sitúan por el contrario en un ambiente abstracto y universal.

             La tensión se apodera del filme desde la detención del tren, recibido por los locales como un acontecimiento tan extraño como amenazador. La calma vulnerable pero obstinada del forastero, bastión mesurado, valeroso e inamovible frente al atropello de unas circunstancias embebidas por una irracionalidad exaltada. Las actitudes y conversaciones que, esquinadamente, desnudan capa a capa el verdadero y execrable rostro de una comunidad cualquiera del corazón mismo de los Estados Unidos. El constante duelo psicológico entre la firmeza de los valores morales y humanos contra la atrevida e ignorante brutalidad de la turbamulta, embravecida por los engaños cicateros y los chantajes del embaucador líder popular.

            Escenas y secuencias tempestuosas, dotadas de una contundencia que trascienden la superficie de su tortuoso suspense, y que componen así una seca, firme y necesaria metáfora. Porque “con que tan solo exista un ejemplo en todo el país –afirma lúcido y rotundo Tracy-, el mal ya estará hecho”.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8.

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