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El fuera de la ley

18 May

“Clint es un especialista en proteger a la gente, y un especialista en elegir a la gente a la que desea proteger.”

Sondra Locke

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El fuera de la ley

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El fuera de la ley

Año: 1976.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Sondra Locke, Chief Dan George, Bill McKinney, John Vernon, Paula Trueman, Geraldine KeamsSam Bottoms.

Tráiler

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            Clint Eastwood aún creía en el western, inmerso en el principio del fin de su decadencia como género, y Clint Eastwood creía en Clint Eastwood, denostado como director durante sus inicios al achacársele injustamente su imagen estereotipada como actor a su labor tras las cámaras: tosca, expeditiva e inexpresiva.

Nada más lejos de la realidad. Si bien todavía no había pulido del todo su estilo, Clint Eastwood era ya capaz de entregar obras de la categoría de El fuera de la ley, segunda incursión como realizador en el western tras la también meritoria Infierno de cobardes.

            Acorde a su tiempo, en el que el western, en paralelo a la sociedad americana de los setenta, atravesaba su rabiosa agonía embadurnado por un pegajoso limo de suciedad, decepción y escepticismo, El fuera de la ley emerge como un filme taciturno, sombrío, dominado desde sus escondidas raíces por una ira queda y soterrada, entremezclada con el rencor y la repugnancia hacia un mundo sin Dios ni humanidad.

Con el preludio de un trueno, prolongado por el tétrico retumbar de los cascos de las monturas de un grupúsculo de sádicos asesinos legitimados por la guerra, el bestial homicidio de la familia de Josey Wales (Clint Eastwood) enciende la espita de una venganza adherida a la sangre, sorda pero insaciable, transformada en el único impulso vital de un hombre sin fe, ni patria, ni hogar. Una venganza que además, andando las traiciones del conflicto, será doble.

            En una demostración de talento, Clint compone la atmósfera a partir de ese estremecedor trueno admonitorio. Una luz azulada, fría y mortecina baña el amanecer del relato, inserto en las sangrientas postrimerías de la Guerra de Secesión, infernal escenario donde fantasmagóricas manadas de cuatreros dirigidos por líderes de nombres sobrecogedores –Bill el Sanguinario- se arrogan prerrogativas divinas administrando justicia y muerte con la soga y el plomo. Sin ideales, sin ley, sin clemencia.

            La fotografía de Bruce Surtees -hombre de confianza de Don Siegel, amigo y referente de Eastwood, y Sam Peckinpah-, dota de una tonalidad espectral al relato, brumosa, difuminada, a contraluz en muchas ocasiones. Junto a ello, la fisicidad de la venganza como único resorte vital de un Wales que rezuma hastío –hecho materia en unos memorables y petrolíferos esputos de tabaco-, convertido en ángel de la muerte, remite a esa apariencia de vendetta de ultratumba que dominaba la atípica Infierno de cobardes.

La luminosidad parece regirse por la lógica del día a lo largo de un filme que, siguiendo los pasos de violenta redención del protagonista, asume poco a poco los rasgos de un cuento, con su mismo aire de tenue y letárgica irrealidad.

A lo largo su particular odisea, El fuera de la ley incorpora de manera natural dulzura y lirismo a la crudeza y melancolía características de las miserias de la posguerra, describiendo un camino de resarcimiento cuyo poder sanador pasa por la formación de una nueva y singular familia –idea que Eastwood retomará en obras posteriores como Million Dollar Baby o Gran Torino-. Es así éste un núcleo sustitutorio y humanizador creado por la acumulación de personajes tan marginales como el propio Wales, aún atrapado, si bien cada vez menos, por ese impulso obsesivo y nihilista que se manifiesta en la basta cicatriz que deforma su rostro, exclamado de cuando en cuando por medio de estallidos de seca e inmisericorde violencia.

            A pesar del sobresaliente dibujo de caracteres general –el inolvidable anciano cherokee interpretado por el jefe Dan George merece una mención especial-, no toda esa galería de desclasados posee la misma química. La inadaptada joven encarnada por Sondra Locke –la eternamente lánguida amante del cineasta-, y su intrépida abuelita (Paula Trueman), una caricatura más tópica, rompen parte del encanto de una cinta que extrae su mejor rendimiento cuando furia y ternura permanecen en equilibrio.

           El guion perfila con trazos épicos y elegíacos –y a la vez desmitificadores- la mística del forajido, guardián del espíritu norteamericano de independencia absoluta y, por ello, individuo condenado por vocación o a la fuerza a la solitaria periferia de la sociedad.

Su autor, Philip Kauffman, asimismo realizador en primera instancia y más tarde despedido por Eastwood por diferencias de apreciación –lo que demuestra la gran implicación personal del californiano con el filme-, entreteje una formidable colección de sentencias lapidarias que, en su cruda brutalidad, definen con precisión el ambiente, los personajes, su contexto y su evolución dramática, que en el caso de Wales se evidencia en la diferenciada resolución de sus dos sendas de venganza.

Primera obra mayor del Clint director.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

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