La ciudad sin ley

5 May

“Soy tan cobarde que hasta que no tengo un buen guionista no quiero hacer una película.”
Howard Hawks

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La ciudad sin ley

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La ciudad sin ley

Año: 1935.

Director: Howard Hawks.

Reparto: Miriam Hopkins, Joel McCrea, Edward G. Robinson, Walter Brennan, Brian Donlevy, Frank Craven, Harry Carey, Donald Meek.

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            El cine negro y el western, los dos géneros más cinematográficos y de incuestionable aroma americano, articulan universos paralelos. Sea en las sórdidas calles de las megalópolis estadounidenses, sea en los puebluchos de mala muerte espetados por los grandes espacios abiertos e indómitos, ambos suponen un escenario abstracto sujeto a códigos inquebrantables.

Es la cosmogonía de un país en la que arquetipos trágicos dirimen sus diferencias mientras que, al mismo tiempo, quedan sujetos a los designios inmisericordes de un destino que juega la partida con cartas marcadas.

             Aún precedente a la etapa de esplendor del noir y el western, Howard Hawks, cineasta todoterreno que ofrecería destacados ejemplos en los dos campos –Tener y no tener y El sueño eterno en el primer caso; Río Rojo, Río Bravo y El Dorado en el segundo-, proponía con La ciudad sin ley uno de los más perfectos ejemplos de hibridación temática y tonal entre uno y otro terreno.

El San Francisco en plena y salvaje germinación, parido de malos modos por la fiebre del oro de 1849, sirve como telón de fondo para un agreste drama de tintes épicos. Es el confín que sirve de improvisado reducto para que los Estados Unidos, inmersos en su perpetua construcción, pueda depurar el excedente de población aliviando, al mismo tiempo, la carencia de sueños que exigía su condición de país de las oportunidades.

Se trata por tanto de un espacio surgido en la anarquía, una tierra por conquistar sometida a la ley del más fuerte, en la que sus decrépitos moradores buscan saldar su miseria económica al precio rebajado de su integridad moral.

            Los tiempos previos al inefable Código Hays ayudan gustosos a la elaboración de la viciada y virulenta atmósfera del filme, empezando por el dibujo de su protagonista, una indisimulada prostituta arribada a California con sueños de riqueza (Miriam Hopkins, experta en historias triangulares y con ciertos dejes de sobreactuación propios del silente), así como el del brutal villano, un despiadado y estrafalario diablo tentador con los rasgos desdeñosos e implacables de Edward G. Robinson, no por nada rostro fundacional del gángster del cine de los años treinta con Hampa dorada. No obstante, para no mancillar en demasía el honor de los Estados Unidos más tradicionales, este furibundo malvado parece poseer raíces mediterráneas si se atiende a su apellido (Chamalis); es decir, ‘más extranjeras’ que el resto, explicitado también por medio de su estridente atavío coronado por un pendiente de oro –que Robinson ya había lucido como pescador portugués para Hawks en Pasto de tiburones-.

Así, nos encontramos ante un pacto de codicia y ambición sellado entre un cacique autoproclamado a fuerza de oro y sangre y una mujer -el único ‘objeto’ más valioso que el oro en este lugar exclusivamente viril- que adquiere entonces rasgos de auténtica femme fatale, capaz de controlar a su antojo el destino de los hombres incluso de manera literal, ya que maneja la ruleta en el casino de su a la vez dueño y cliente amoroso.

Prefigurados los estereotipos de la princesa y el dragón, el príncipe de inmaculada nobleza destinado a decidir la lucha entre el Bien y el Mal residentes en el interior de este dual personaje femenino será Joel McCrea, célebre galán, en el papel de un humilde, poético y estoico minero.

Son figuras en principio planas –al menos en lo que respecta a los contendientes masculinos-, pero que por ello mismo favorecen el carácter abstracto y universal de la narración.

            El trágico combate entre lo civilizado y lo barbárico en este nuevo capítulo del Génesis de la nación norteamericana –hasta se aventura con sorprendente semejanza el rol positivo que la prensa libre ostentará en otro episodio de la serie, la monumental El hombre que mató a Liberty Valanceevoluciona con enorme intensidad e inopinada violencia gracias a la férrea realización con la que Howard Hawks plasma el guion a cuatro manos de Ben Hecht, una de las más afiladas plumas de Hollywood, y Charles McArthur, uno de sus mejor avenidos colaboradores.

Ejemplo perfecto del contundente devenir de la trama son dos impactantes escenas que, andando el metraje, encontrarán su demoledora contrapartida en otro par de perturbadores pasajes. Por un lado, el juicio en el que Robinson hace ostentación de su intocabilidad y la constatación de la naturaleza de Hopkins por parte de McCrea; por el otro, el proceso sumario ejecutado por los vigilantes alzados en armas y el nuevo examen de la reprimida humanidad de Hopkins.

Dos pares de escenas en las que Hawks luce toda su expresividad como realizador, manejando a su voluntad la asfixiante densidad de la atmósfera con el sutil pero ensordecedor uso del sonido, la sugerencia del encuadre, su característico nervio en el montaje y la calibrada fuerza del diálogo y las interpretaciones.

            Puede que el ritmo trepidante conduzca a un desenlace un tanto forzado -aunque aún expresivo-, pero ni tan siquiera eso es capaz de minar la rabiosa modernidad de una cinta como La ciudad sin ley, perfecto equilibro entre el western y el cine negro.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

2 comentarios to “La ciudad sin ley”

  1. Dessjuest 5 mayo, 2013 a 18:31 #

    A cuentas de la frase del prólogo me surge una pregunta, ¿es posible hacer una buena peli con un mal guión?, ¿ejemplos?.

    • elcriticoabulico 5 mayo, 2013 a 20:02 #

      Muy difícil que así sea. Pero bueno, por citar un poco así al tuntún, Alfred Hitchcock no era un tipo que tuviera demasiadas contemplaciones a la hora de sacrificar la coherencia del guion en aras de provocar sensaciones y estímulos al espectador. Y eso no convertiría aún al guion en un mal guion, sino en un guion incoherente.

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