Los coches que devoraron París

29 Abr

“Solo soy un artesano del cine.”

Peter Weir

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Los coches que devoraron París

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Los coches que devoraron París

Año: 1974.

Director: Peter Weir.

Reparto: Terry Camillieri, John Meillon, Melissa Jaffer, Kevin Miles, Chris Haywood, Bruce Spence.

Tráiler

 

            Australia, isla-continente hasta entonces prácticamente ignota en lo que al cine se refiere, experimentaba una florida primavera creativa en la década de los setenta. El soporte financiero de una importante campaña gubernamental y su conjunción con el talento y el atrevimiento de una nueva ola de realizadores con ganas y talento por contar cosas, daba sus frutos tanto a nivel local como, paso a paso, internacional.

Salía a la luz una producción cuya denominación de origen quedaba impresa en un fuerte aroma propio, producto de la combinación entre atrevidas películas de bajo presupuesto económico y elevado desparpajo creativo y lo que era, al fin, una cierta exaltación de la identidad nacional -a medio camino entre el orgullo y la ironía- que el país austral no había poseído en formato cinematográfico (y en casi ningún otro).

             Aunque atendiendo a su más bien clásica trayectoria posterior no lo pareciera, Peter Weir, el cineasta más relevante surgido durante estos años de vino y rosas, incluía su opera prima, Los coches que devoraron París, dentro de esta pujante y multiforme corriente de cine low cost y de explotación de cuño australiano festivamente caricaturesco y rabioso, caracterizado por una peleona mezcolanza de humor chusco, violencia macabra y delirantes notas de fantasía y ciencia ficción insertadas a puñetazos.

No obstante, mejor pensado, Los coches que devoraron París es, a su manera, otra visión alucinada y alternativa de la teóricamente anodina realidad australiana que Weir reflejaría andando el tiempo las más sofisticadas Picnic en Hanging Rock y La última ola.

            El vitriólico sarcasmo se encarga de hacer la presentación de la cinta con una secuencia de apertura de auténtica estética publicitaria –pareja de jóvenes guapos y pijos paseando en su descapotable en un día de sol mientras exhiben su tabaco de primera marca y beben Coca-Cola-, frustrada de manera agreste por un brutal accidente de tráfico; el paso previo para un el descenso a un escenario de trasfondo lisérgico que, paradójicamente, posee una apariencia más prosaica y realista.

El comienzo no es casual: entre las lecturas de Los coches que devoraron París se pueden leer subtextos que critican con malevolente sorna la sociedad del hiperconsumismo, concentrada en esos coches que ejercen funciones de fetichista objeto de culto y, a su vez, de amenaza barbarizadora y alienante -aventurando en cierto modo el Mad Max de George Miller-, idea aquí subrayada en unas escenas de tensión donde el ruido de los motores de esos automóviles de carrocería zoomórfica es sustituido por feroces rugidos animales.

Siguiendo con esta premisa, los cantos de sirena con los que los lugareños de un idílico pueblo que sobrevive de la caza y captura de los escasos coches que atraviesan sus carreteras serán una llamada a la gasolina barata y a oportunidades de trabajo en unos tiempos de ruina social y económica con cierto regusto de adormilado apocalipsis –secuelas de la crisis del petróleo de 1973, antecedente de la más pronunciada de 1979-.

             Un elemento de terror directo –una depauperada población rural que ejerce un metafórico canibalismo hacia los incautos y prósperos urbanitas- que permanecerá agazapado en lo posterior detrás de ese registro humorístico negro propio de la farsa para asestar de improviso sorprendentes zarpazos, surgidos del choque entre la pintoresca población nativa y una víctima (Terry Camilleri, perfecto pobre hombre) naturalizada por iniciativa del bonachón alcalde del pueblo (estupendo John Meillon capaz de presentar con hilarante y perturbadora espontaneidad la naturaleza cándida, temible, entrañable, tremebunda e incluso trágica de su personaje).

            Los ojos ajenos del personaje de Camilleri, trasposición de los del espectador, sirven para descubrir así una localidad que, pese a lo trastornado de sus métodos, no es sino la viva imagen de cualquier villorrio de medio pelo del Outback australiano o, posiblemente, de cualquier otra parte del mundo.

Esto es, una colectividad con sus propios desbarajustes –escasez de recursos y trabajo, irremediable tendencia al éxodo de población, impulsos de delincuencia por parte de una juventud ninguneada, desmotivada y rebelde- y sus señas idiosincrásicas reconocibles a nivel global pese a su deformación cómica –la comunidad cerrada y con papeles sociales definidos y estancos; el regidor cuya grandilocuencia de discurso e intenciones no oculta su condición pueblerina, de igual modo que París parece un nombre demasiado grande para semejante aldea dejada de la mano de Dios-, a mi parecer con cabida incluso en una versión siniestra, enloquecida y un tanto menos afilada del surrealismo de ropajes costumbristas de José Luis Cuerda.

            La golosa retranca con gotas de terror va funcionando a excepción de alguna secuencia concebida con menos tino –el guiño al spaghetti western, una caricatura dentro de una farsa; es decir, dos cosas distintas y no por qué bien avenidas-, hasta que, al final, Weir no tiene demasiado claro como desfacer todo el entuerto.

La catarsis implosiva con la que concluye Los coches que devoraron París acaba por ofrecer una sensación de apresuramiento evidenciada en especial por unas escenas rodadas con poca finura, en las que lo estrafalario no lo aporta la atmósfera, como sucedía en el resto del filme, sino su grotesco planteamiento y ejecución.

 

Nota IMDB: 5,5.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 7.

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