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Depredador

18 Abr

“Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de caza siempre glorificarán al cazador.”

Proverbio africano

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Depredador

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Depredador

Año: 1987.

Director: John McTiernan.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Carl Weathers, Elpidia Carrillo, Bill Duke, Jesse Ventura, Sonny Landham, Richard Chaves, Shane Black, R.G. Armstrong, Kevin Peter Hall.

Tráiler

           El cine de entretenimiento, en especial el de acción, tan menospreciado desde ciertas posturas elitistas, también puede hacerse con respeto, sabiduría cinematográfica y sentido de la decencia. Sus intenciones de ofrecer un vehículo de evasión, indiscutiblemente legítimas, no tienen por qué estar en discusión con la calidad en su concepción y elaboración, dentro de su mayor o menor peso trascendente (así como esta trascendencia tampoco debería reñir con el entretenimiento).

             De entre aquellos productos conmemorados a la adrenalina y la pólvora, concebidos a mayor gloria de los musculosos y mononeuronales dinosaurios del género de acción, Depredador –generalmente conocida por su título original, Predator– es uno de sus más gozosos ejemplos.

Una de esas cintas que, si se prefiere, bien podrían ostentar esa etiqueta tan de moda (y tan repelente) de ‘placer culpable’.

            El filme esgrime como excusa argumental una de las premisas más eficaces para el cine de aventura, admisible en incontables escenarios distintos: el retrotraimiento del hombre a su condición primigenia de atemorizada presa. La indefensión frente a la Naturaleza hostil, encarnada por el despiadado depredador, sea cual sea su rostro.

Evidenciado en su mismo epígrafe, el brazo ejecutor es en este caso una declinación sublimada y extraterrestre del infame conde Zaroff: el cazador implacable que se divierte seleccionando como víctima al mismísimo ser humano, orgullosa cima de la pirámide evolutiva.

Una criatura, mitad hórrida alimaña, mitad ser antropomorfo y racional que, alumbrada por imaginativas manos del legendario Stan Winston, da lugar a uno de los monstruos más icónicos de las últimas décadas, pese al posterior maltrato sufrido a lo largo de olvidables secuelas.

            Con acierto, la película se cimienta sobre una trama con la suficiente sencillez, abstracción y ulterior distanciamiento irónico como para no caer ni en complicaciones que puedan acabar malparadas ni en una pretenciosidad que, en esta llamada directa a la epidermis y la hormona, no sería sino contraproducente.

El titánico apretón de manos entre Chuache –inmerso por entonces en la batalla a bofetones con Stallone por el título mundial de rey de la acción- y Carl ‘Apollo Creed’ Weathers, Jesse Ventura mascando y escupiendo tabaco “sin tiempo para sangrar”, el desopilante armamento con ‘La Impaciente’ –una ametralladora de helicóptero desmontada para su uso manual- a la cabeza, el perenne sudor perlando unos cuerpos hipertrofiados, el tono marcial de la banda sonora, la actitud condenadamente macarra de sus protagonistas y, por qué no, la presencia testimonial de R.G. Armstrong, uno de los más recios integrantes de la troupe de Sam ‘Bloody’ Peckinpah.

No sin socarronería autoconsciente y desengrasante, Depredador clama por la testosterona.

            John McTiernan, uno de los artesanos más hábiles del cine de acción, imprime un ritmo trepidante a este primario duelo entre el hombre y lo salvaje, lo barbárico, lo extraño. La estupenda dirección, una apreciable composición de la atmósfera y la estimable interpretación de sus protagonistas –Chuache no es Laurence Olivier, pero no siempre es tan malo como se comenta- confieren a Depredador un carisma especial, que lo convierte en un más que bienvenido divertimento de saludable intrascendencia.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

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