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Fort Apache

11 Abr

“El trato que le hemos dado a los indios es una lacra en nuestra historia: nosotros les hemos robado, engañado, asesinado, masacrado,… pero en cuanto moría un hombre blanco, echábamos sobre ellos a todo el ejército.”

John Ford

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Fort Apache

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Fort Apache

Año: 1948.

Director: John Ford.

Reparto: Henry Fonda, John Wayne, John Agar, Shirley Temple, Ward Bond, Victor McLaglen, Pedro Armendáriz, George O’Brien, Anna Lee.

Tráiler

 

 

            Cualquiera que haya visitado este blog en alguna ocasión, sabrá que su autor no es aficionado a los westerns de caballería y que, además, el tufo a proselitismo militar le repele considerablemente. Y ni siquiera el mismísimo John Ford le convencería de lo contrario con La legión invencible, segunda pieza de su denominada trilogía de la caballería. Por ello, Fort Apache, primer filme de la mencionada saga, acusada tradicionalmente de militarista y que reproduce de manera ficcionada -pero muy aproximada- el descalabro de Custer en Little Big Horn, leyenda de la construcción de los Estados Unidos, constituye a priori un plato no del todo apetitoso.

Pero resulta que, como suele suceder -y bien claro lo dejaría siempre Ford, ese escéptico humanista y libertario más proclive a escrutar el alma a través sordas derrotas que con victorias grandilocuentes-, mito y realidad no se corresponden. Porque Fort Apache ni es una loa a los valores marciales, ni el estudio particular del maestro es condescendiente con el icono nacional, ni los indios se reducen a ser blancos de feria embetunados y con pelucón.

            Rodeado de un reparto compuesto por sus sospechosos habituales –Fonda, Wayne, McLaglen, Bond, Armendáriz,…- y con el escenario del relato en su coto privado de rodaje, Monument Valley, John Ford repasa en este ambicioso western de formas casi costumbristas, con una visión tierna y amarga a partes iguales, los últimos días de un batallón de recios supervivientes de la vida en los días previos a su enfrentamiento definitivo con los rebeldes apaches del jefe Cochise.

El Fort Apache epónimo, reducto literalmente abandonado en los confines del mundo, aparece, más que como una base militar, a modo de una pequeña comunidad familiar e irlandesa, tal y como refleja la llegada del joven teniente O’Rourke (John Agar), contrapuesta a la del encorsetado y académico coronel Thursday (Fonda), empeñado en imponer unos códigos y una conducta que nada tiene que ver con el terreno que pisa, personificado por el curtido y prosaico capitán York (Wayne).

            Ford compone así una historia coral centrada en la comunidad que puebla el fuerte, en la que confluyen las confrontaciones de personalidad entre la irreflexiva y herida megalomanía de Thursday y el pragmático y sensato juicio de York, el romance entre la hija del coronel (la ex niña cantora Shirley Temple) y el joven teniente –las escenas más insustanciales del filme- y las vicisitudes de la vida cotidiana del contingente, con el grupo de sargentos chusqueros actuando a modo de contrapeso cómico del conjunto –ese humor fordiano de borracheras y peleas a ratos sencillo y entrañable, como sucede aquí en su mayor parte, a ratos simplón a secas-; todo ello situado bajo los negros nubarrones de la amenazada de un probable ataque apache.

            Como decíamos, la película logra sobresalir de lo que podría haber sido una acumulación de tópicos épicos gracias a la cuidadosa construcción de sus personajes, de su contexto dramático y de la realización formal, en la que Ford despliega ejemplos magníficos de su lírica prosa, capaz, en su genialidad, de servirse de elementos casuales o imprevistos del escenario para crear imágenes tan poderosas como esas cargas y enfrentamientos que se resuelven, casi con notas de realismo mágico, en la invisibilidad, envueltos por un vendaval de polvo.

Siguiendo esta idea, el coronel Thursday, pese a su descripción inicial, no es un Custer de una pieza, sino que, apoyado también en el descomunal talento de Fonda, se perciben en él la enorme frustración de un destino injusto, la traducción de ésta en cegados arrebatos despóticos que responden a una redención mal entendida y que desembocan en un sacrificio que, no por consciente, ha de ser menos funesto. Víctima de las circunstancias –que acusan directamente a un estamento militar que, como veremos, desprecia y envidia éxitos ajenos-, pero también víctima de sí mismo.

De igual manera, sus antagonistas son personajes llenos de vida, complejos, con dobleces y cicatrices en su rostro, en su carácter y en su hoja de servicios; perdedores en un mundo desequilibrado y agresivo, pequeños héroes de sus propias aventuras relegados a un ostracismo al que, por el contrario, al que se resignan con estoicismo y sabiduría existencial.

          El magnífico guion, repleto de sutileza, sabe captar a la perfección la realidad caleidoscópica de este reducto marginal, sobre el que desarrolla una trama que avanza desde una sencillez solo aparente, que combina líneas de diálogo de deslumbrante expresividad con abrumadores aunque casi imperceptibles caminos subterráneos. Aquellos que en realidad definen la auténtica naturaleza y las relaciones de los personajes, caso especial de Thursday y el sargento Collingwood (George O’Brien), reencontrados compañeros de un pasado nebuloso y ambiguo.

           En consonancia, la parte estrictamente bélica del argumento tampoco caerá en lo rutinario sino que, al contrario de lo que ocurre en las epopeyas clásicas del género, no desplaza el rol de villano a la figura del extraño, del indio –respetable, inteligente, valeroso, cargado de razones,… hombres completos e iguales al occidental, en definitiva-, sino que devuelve una acusadora y agria mirada hacia el propio hombre blanco, único instigador de la desgracia en su origen y en su conclusión.

           El mismo desencanto se extenderá al desenlace a propósito de la creación de los héroes fundacionales del país norteamericano. Si bien es célebre aquella frase de Ford sobre que prefería los mitos a la realidad, Fort Apache destruye desde un silencio descreído y demoledor la autenticidad de esos mismos objetos de adoración que conforman el panteón histórico estadounidense. El mito es tinta y papel, señala Ford sin piedad; un retrato ilusorio, fantasioso y, sobre todo, interesado. Pura mentira.

Es ése el marco preciso en el que se encuadra el sentido homenaje no al ejército, sino al soldado raso, por boca de Wayne. Un tributo, en verdad, al sufriente hombre de a pie, aquel que no está destinado a figurar en los libros de Historia.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 9.

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