Los leales 47 ronin (Los cuarenta y siete samuráis)

27 Mar

“El samurái nace para morir. La muerte, pues, no es una maldición a evitar, sino el fin natural de toda vida.”

Bushidō

 

 

Los leales 47 ronin (Los cuarenta y siete samuráis)

 

Los leales 47 ronin

Año: 1941.

Director: Kenji Mizoguchi.

Reparto: Chojuro Kawarasi, Kanemon Nakamura, Kunitaro Kawarazaki, Daisuke Kato, Mitsuko Miura, Mieko Takamine, Mantoyo Mimasu, Yoshizaburo Arashi.

 

 

            Kenji Mizoguchi, al que las instituciones militares en el poder habían apartado de un cine comprometido con los dramas de la sociedad japonesa del presente tras el escándalo producido por películas como Elegía de Naniwa o Las hermanas de Gion -ambientadas en el mundo de la prostitución-, recuperaba entonces, en plena Segunda Guerra Mundial y dentro de una serie de obras alejadas de su mirada crítica y realista aunque lírica, una de las leyendas más importantes del país del sol naciente: Los 47 ronin, la exaltación absoluta del Bushidō, el inquebrantable código del samurai, cristalización del Japón ancestral y orgulloso.

            Los leales 47 ronin –también traducida como Los cuarenta y siete samuráis o La venganza de los cuarenta y siete samuráis no es por tanto la película que mejor representa las inquietudes temáticas de uno de las indiscutidos maestros del cine nipón –acaso la imagen del abnegado sacrificio femenino en el desenlace, un tanto metido con calzador-, pero sí ofrece en cambio una buena muestra de su estilo, caracterizado por un ritmo pausado que se contradice con unas imágenes para nada estáticas o teatrales, sino dibujadas mediante casi continuos movimientos de cámara, fluidos y elegantes. Tomas largas y delicadas, posibilitadas por una compleja y cuidada puesta en escena, entre las que sobresalen los planos secuencia, recurso estético y temático que convierten al espectador en testigo privilegiado de los hechos recogidos por el objetivo del realizador.

            Un estilo que, a priori, parece entrar en contradicción con la canónica histeria coreografiada en la puesta en escena y montaje propios del jidaigeki –filmes de época- y el chambara –cine popular de samuráis- de las décadas precedentes. La explicación para ello es que Mizoguchi no realiza una cinta de acción, una epopeya en la que el samurái impone su sentido de la justicia por medio del arrojo en el combate –en este sentido, el principal acontecimiento épico aparecerá mediante la narración del mismo en tercera persona-.

Los leales 47 ronin propone por contra una mirada poética y nostálgica hacia una debacle interior, casi intimista: el desgarrador drama personal que supone para el chambelán Oishi la injusta condena al seppuku –suicidio ritual- de su señor feudal, víctima de las intrigas palaciegas del pérfido, cobarde y avaricioso funcionario Kira, y la subsiguiente venganza imprescindible para limpiar con sangre el honor mancillado de su nombre.

            Con rasgos de superproducción, auspiciada con fondos gubernamentales, Los leales 47 ronin se distribuiría en Japón dividida en dos películas que abarcan unas maratonianas tres horas y media. Pese a haber sido estrenadas con meses de diferencia, ambas no componen filmes independientes entre sí, a pesar de que difieran en algunos elementos como el hecho de que la segunda parte comienza en momentos cronológicamente anteriores al final de la primera, con su narración gravitando en el comienzo alrededor de personajes ajenos que ofrecen un punto de vista externo al del chambelán Oishi, protagonista principal del resto del metraje precedente y posterior.

           Oishi, el héroe, líder de los 47 ronin rebeldes, representa desde su fidelidad al Bushidō una postura de firme preeminencia moral frente a un mundo que se desmorona, sin principios, ni honor, voluble, adocenado, farsante y traidor.

El tortuoso camino de la venganza, que exigirá en su consecución humillaciones físicas y psicológicas de todo calado –estas últimas necesarias para mimetizarse en la decadencia del Japón en paz-, celebra la victoria de la obediencia moral a los principios éticos que definen a la sociedad japonesa, un modo de entender la vida que comprende en su interior más profundo, de manera indisociable, el belicismo como elemento conservador de sus fundamentos esenciales. Son, al fin y al cabo, 47 hombres muertos a los que, para descansar en la eternidad, tan solo les queda un postrero e indispensable acto de violencia.

            La pasión manifiesta del filme, sorda, soterrada, impresa en los fotogramas con lirismo, sutileza y contención, sin concesiones populistas, queda no obstante trabada en buena medida por la farragosa exposición de la trama -producto de la marea de lugares y personajes difíciles de identificar-, y, sobre todo, a causa de la enorme exigencia que supone el desmedido metraje de la obra –la particular cadencia de su director no justifica tamaña extensión, que deriva en la aparición de cierta tendencia a redundar innecesariamente en algunos conceptos-. Defectos que quizás son solo el producto de la intransferible sensibilidad de un cine que aún permanecía, de igual modo que diversas corrientes de su cultura y sociedad, de espaldas al barbárico, anárquico e innoble Occidente.

           Se encuentra pendiente de estreno una nueva versión de la leyendasería la sexta-, por primera vez de producción estadounidense, rodada en tres dimensiones y protagonizada por Keanu Reeves.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

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