Archivo | 15:10

Sidney

23 Mar

“La idea de ser director de cine fue algo muy personal. Digamos que vino de mí. Probablemente fue mi madre la que más me animó a dedicarme al cine. Recuerdo que tras ver Rocky le dije, para su disgusto, que quería ser boxeador. Y ella me dijo algo muy inteligente: ‘Ten en cuenta que Rocky también rodó la película’. Así, desde los siete años ya tenía clara mi vocación de cineasta. Nada más. Nunca he tenido plan B. Por mi parte, creo que era algo psicótico incluso. No es que fuera lo único que quisiera hacer, es que, en realidad, no hubiera podido hacer nada más.”

Paul Thomas Anderson

 

 

Sidney

 

Sidney

Año: 1996.

Director: Paul Thomas Anderson.

Reparto: Philip Baker Hall, John C. Reilly, Gwyneth Paltrow, Samuel L. Jackson.

Tráiler

 

            Hay un veterano jugador de vuelta de todo, un pardillo con el que se establece una relación de tutoría, una femme fatale de vida turbia que rompe con sus encantos el próspero equilibrio de los hombres y un sombrío pasado que se muda al incierto presente para cobrar con creces su ineludible deuda de sangre.

            Sidney, estreno en el largometraje de Paul Thomas Anderson, parece cine negro de manual. Pero no hablamos de un realizador cualquiera, sino del director de su generación que posiblemente más amerite el apelativo de autor. Es un hombre de cine que se implica en todas las fases del proceso de construcción de la película, desde la concepción de su historia hasta su escritura en imágenes con identificable estilo, pasando también por el control de una banda sonora a menudo compuesta antes del filme pero con unas intenciones bien definidas, conformada por pistas que se asemejan más a una amalgama de registros sonoros que a una melodía destinada al subrayado de estados emocionales.

            Por mucho que sus premisas indiquen lo contrario, no estamos hablando, por tanto, de cine negro de manual. Lo que propone Anderson en Sidney, opera prima pequeña pero ambiciosa, es una serie de claves clásicas del género de las que hace acto de apropiación, con las que juega desde una óptica particular e intransferible, retorciendo sus fundamentos, trasteando con sus convenciones, rechazándolas, reformulándolas, amoldándolas o incluso afirmándolas desde un proceso de revisión íntima y privada de las mismas.

            El eje vertebrador del relato, el Sidney del título (Philip Baker Hall, con el carisma impreso en los insondables surcos de su rostro), surge como un etéreo ángel de la guarda, aunque también como esa figura tan clásicamente cinematográfica que es forastero del western, que emana de la nada, cambia la vida de la gente allí por donde transita y regresa al amparo de una oscuridad enigmática que podría definir, con ligeras pero sustanciales variaciones –un halo turbio, benefactor, embaucador, redentor-, tanto su pasado como su futuro.

Sidney supone de este modo una figura magistral y paterna de inescrutables motivaciones que enmienda y encauza, apuestas en Las Vegas mediante, al joven John (John C. Reilly, acertada elección por su aspecto cándido), un personaje que por su parte ostenta todas las cartas que definen la jugada existencial de un perdedor.

Una reinterpretación del correspondiente estereotipo que Anderson extenderá asimismo y en consecuencia a la figura de la dulce y lánguida femme fatale de eterno rimmel corrido encarnada por Gwyneth Paltrow, cuyo poder de desestabilización sentimental y material proviene de actos involuntarios y accidentales, víctima inconsciente de sus desfavorables circunstancias. Un recorrido acaso paralelo al de John que obligará al protagonista, una vez más, a ejercer de enigmática fuerza sanadora.

            Sostenido y desarrollado sobre la base de unos diálogos sugerentes, intensos y perfectamente planificados, el filme se contagia de la sutileza y mesura de su personaje principal, que parece levitar sobre el escenario. El atractivo guion se conjuga entonces con una realización de cuidada puesta en escena, repleta de movimientos de cámara suaves y elegantes, con escasos cortes de montaje y un ritmo sosegado y fluido que dota a la obra, con una notable abstracción ya de por sí, de un aura especial, hipnótica; un estilizado atrevimiento que no cede ni ante la violenta llamada del clímax en su desenlace.

             Un debut decididamente fuera de la norma, tan atípico, y estimulante como su creador.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

A %d blogueros les gusta esto: